martes, 6 de junio de 2017

Garrapatas y dragones


Así es cómo se las arreglan para controlarnos. Seguro que lo sabes. Eres demasiado listo como para no saberlo. Llenan el mundo de sombras y les dicen a los demás que no se alejen de la luz. Su luz. Sus causas. Sus opiniones. Nos cuentan que en la oscuridad hay dragones. Pero no es verdad. Podemos demostrar que no es verdad. En la oscuridad hay hallazgos, hay posibilidades... en la oscuridad hay libertad cuando alguien la alumbra.

El Capitán Flint en el último episodio de esa pequeña joya que es “Black Sails”.




  

Al pasear por los bosques cercanos a mi actual residencia hay que tener mucho cuidado con un animal especialmente. No es un oso, ni es un lobo sino un pequeño insecto. Se trata concretamente de una variedad de garrapata que puede llegar a causar la muerte. No de forma inmediata, por supuesto. Su peligro se basa en que tras morder la carne y pegarse a algún recóndito rincón del cuerpo segrega un veneno que genera infecciones y además, de forma simultánea, libera una sustancia analgésica que enmascara el dolor de la picadura, la cual resulta así indetectable para el sistema nervioso. De esa forma pueden pasar días o semanas hasta que el huésped humano descubre al parásito. El problema es que para entonces el daño suele ser ya irreversible.

En España no hay garrapatas como esas, pero lo anterior no impide que existan problemas en parte similares. A ver si soy capaz de explicaros uno que tengo en la cabeza, porque es más grave de lo que parece pese a lo cual la mayor parte de la población española ni siquiera es consciente del asunto. Como si de la picadura de una gigantesca y maligna garrapata se tratara.

En teoría en las sociedades libres y democráticas existen varias cortapisas a la corrupción y en última instancia al abuso por parte de los poderosos. A saber, la cacareada división de poderes, también por supuesto el imperio de la ley, así como la atenta vigilancia de que todo lo anterior se cumple llevada a cabo por los medios de comunicación en general. Esto último es muy importante porque dentro de un sistema democrático regido por elecciones periódicas es necesario que la población disponga de información veraz a la hora de tomar la decisión de a quién o qué votar.

  Ahora bien. Cuando hablamos de que la población ha de poseer una información fiable a la hora de tomar decisiones colectivas de gran calado tenemos tendencia a centrarnos en el corto plazo y pensar que los intermediarios en ese proceso han de ser los periodistas profesionales en exclusiva. Sin embargo lo cierto es que resulta imposible que una sociedad sepa interpretar la información pública y tomar luego decisiones racionales a partir de ella si no se dispone previamente de un buen sistema educativo que fabrique ciudadanos cultos, honrados y capaces, lo que deposita gran responsabilidad en los maestros que pilotan dicho sistema. Con frecuencia olvidamos que una sociedad con buenos periodistas pero pésimos educadores no puede funcionar. 

Asimismo es importante no perder la perspectiva del “tiempo largo”. La información que importa no siempre es la relativa al suceso y a lo inmediato sino que en ocasiones la información verdaderamente relevante tiene relación con el pasado lejano y sus procesos. Y ese campo no es competencia de los periodistas, ni de los profesores propiamente dichos, sino de los historiadores.  

Yendo al grano. En todos los países el aparato estatal de gobierno produce regularmente ingentes cantidades de información. Algunos fragmentos de la misma resultan especialmente relevantes ya que detallan los motivos, inconfesables a veces, secretos en la mayoría de los casos, que en su momento llevaron a adoptar tal o cual camino a los dirigentes de turno. Pero incluso las piezas de información que no parecen importantes de por sí, puestas en conjunto e interpretada por profesionales en el análisis del pasado, pueden servir a veces para articular y ofrecer a la población un discurso alternativo al relato oficial de los acontecimientos.

Por supuesto las montañas de papeles confidenciales que las burocracias de los Estados producen a diario no pueden ser consultadas de inmediato por personal ajeno a la propia Administración y por tanto esos documentos atraviesan un período de varias décadas durante las cuales son considerados material clasificado de acceso muy restringido. Pero en los países normales, de forma automática, pasados 20 o 30 años desde su fecha de emisión ese tipo de expedientes en manos del Estado pasan a ser de acceso público. En países normales ningún documento, por importante que sea, puede permanecer secreto indefinidamente. Claro está toda traza de los hechos realmente inconfesables suele ser eliminada en su momento, pero lo importante es que el resto, la documentación que pueda quedar, fluye de las oficinas gubernamentales a los archivos y de ahí al público a través de los historiadores de forma más o menos automática, reglada y periódica. Y a veces entre esa documentación quedan rastros de eventos que el poder de antaño quiso ocultar o borrar de la memoria colectiva.

Por poner un ejemplo. En EE.UU. la rutina es que los documentos clasificados pasen a ser públicos a los 25 años de haber sido redactados. Si el papel en cuestión contiene una información juzgada como demasiado sensible o que puede poner en peligro la seguridad nacional entonces el secreto dura 50 años, momento a partir del cual es desclasificado por sistema. Por su parte en el Reino Unido el plazo standard para que un documento pase a ser automáticamente de libre consulta son 30 años y se debate ahora reducirlos sensiblemente. Plazos similares a los que operan en los países escandinavos o Alemania por ejemplo.

En Francia en cambio son un poco más restrictivos. Pero en general en casi todos los países de nuestro entorno existe el consenso de que pasados 50 años un documento oficial se ha convertido en un documento histórico y por tanto ya no lo ampara tal cosa como el “secreto de Estado”.

En España sin embargo NO sucede eso. 

En lo que hoy nos concierne una de las muchas cosas que impiden a España ser un país normal es que, por mucho que todo el mundo insista en silenciarlo o ignorarlo, resulta que parte de la legislación emitida por una odiosa dictadura militar de tinte fascista sigue en vigor. Peculiaridades de nuestra “Transición”. 

Por ello entre otras cosas en ese país la piedra angular sobre la que se sustenta el sistema de archivos, y en general del acceso público a los registros internos que documentan la actividad del Gobierno, es una increíblemente arcaica y restrictiva ley emitida en 1968, la cual en su momento poseía toda la lógica, justo es reconocerlo, ya que a fin de cuentas el propósito de la misma consistía en proteger al aparato represivo de una dictadura (el Régimen franquista en el poder por entonces), blindando el acceso del público a cualquier material sensible sobre los altos niveles de la Administración, el servicio diplomático y, por supuesto, el aparato policial y de seguridad, así como todo lo relativo a los servicios de inteligencia del Régimen.

En cambio llama la atención y dice mucho de la auténtica naturaleza de nuestra “Transición” el que la esencia de dicha ley siga siendo respetada aún hoy pese a las modificaciones efectuadas por la Ley reguladora de Secretos Oficiales de 1978 la cual, por cierto, pese al clima de “apertura” que supuestamente impregnó aquellos años en el fondo lo que hizo fue añadir a la Ley del 68 todavía más compartimentos estanco, es decir designar nuevos ámbitos protegidos de todo posible escrutinio. De esa forma se consagró por entonces como principio en el engranaje jurídico del Régimen de la "Transición" que la potestad de calificar una información como secreta en España sea una competencia reservada en exclusiva al Consejo de Ministros y a la Junta de Jefes de Estado Mayor.

Esto que al ciudadano corriente no le importa lo más mínimo y en todo caso puede parecerle inocuo tiene sus consecuencias porque implica varias cosas inquietantes. Entre ellas que en España en realidad no hay un plazo, por largo que sea, a partir del cual la información interna que han manejado los sucesivos Gobiernos, así como el registro de sus actividades diarias o del proceso de toma de decisiones, se desclasifica de forma automática. Y esto a su vez supone que haya cosas que jamás podrán formar parte del debate público en base a algo más que la pura especulación porque no es posible conocerlas a ciencia cierta. Pero sigamos. 

El caso es que en 2013 se publicó a bombo y platillo una Ley de Transparencia. Todo lo que rodea a la misma es otro perfecto ejemplo de cómo funcionan los entramados legales tejidos por el Régimen de la “Transición”. En primer lugar por su incoherencia manifiesta.

Para que entendáis de qué hablo pensad por ejemplo en la Constitución, ese texto sacrosanto obra magna de unas mentes preclaras a juzgar por el relato que documentales y libros de texto hacen de su génesis. En su conglomerado de artículos se implementa una figura en teoría innovadora y justiciera como la del Defensor del Pueblo, la cual luego resulta que no tiene definidas claramente unas atribuciones lo que la convierte en la práctica en un puesto decorativo donde cobrar un buen sueldo (a costa del erario público) y hacer currículum. Asimismo se establece como principio básico la igualdad de sexos pero a la vez se mantiene la sucesión por vía masculina en el ámbito de la Corona. Se atribuye al Senado un papel de representación territorial que en realidad no ejerce, ya que de hecho carece casi por completo de competencias propias al margen del Congreso. En otros artículos se habla de la separación de poderes mientras se consagra un sistema donde son los partidos los que proponen a los miembros del Tribunal Constitucional e influyen también en el Consejo General del Poder Judicial (el órgano de gobierno de los jueces). España en el fondo se define por ese tipo de cosas. Por la acumulación de incongruencias a medio camino entre lo espontáneamente chapucero y lo astutamente conveniente. 

Conveniente para algunos. Claro.

No debe extrañarnos por tanto descubrir que la Ley de Transparencia del 2013 y la Ley de Secretos Oficiales de 1968 chocan entre ellas y se da la situación rocambolesca de que la que tiene primacía es la implementada por la Dictadura, tal y como reconoce el articulado de la propia Ley de Transparencia que, por tanto, nunca pretendió serlo. En su artículo 12 dicha Ley cacarea que “todas las personas tienen derecho a acceder a la información pública”, pero dos artículos después el texto detalla montones de excepciones debido a las cuales… ya NO tienen derecho a ello.

Así que en la práctica lo que ocurre en España es lo siguiente. Los materiales más sensibles archivados por el Ejército, los servicios de inteligencia, las cancillerías diplomáticas en el exterior o la cúspide del Gobierno jamás se desclasifican. Da igual que pasen 30, 40, 50, 60, 70 años… los que sean. Siguen siendo secretos y por tanto esos papeles no son habilitados para la consulta pública. De esa forma pasan su vida almacenados en los sótanos de edificios pertenecientes a diversas instituciones hasta que los legajos en cuestión tienen a bien pudrirse y desaparecer al fin para que así nadie pueda meter las narices en ellos.

Existen canales para intentar acceder a dicha documentación. Faltaría más. Pero en general de cara a lograrlo resulta necesario en primer lugar saber que dicha información existe, o al menos intuirlo, y luego elevar una petición expresa para la desclasificación de tal o cual documento a los organismos competentes, algo que en última instancia deja la decisión en manos de los burócratas y políticos de turno. Llegados a ese punto en el mejor de los casos la autorización solo va a llegar en caso de buena voluntad, porque como digo el aparato estatal tiene la potestad de interrumpir sine die la desclasificación de documentos comprometedores. 

Y en el peor de los casos (que es el que se da más frecuentemente) el razonamiento suele ser tal que así: intuyo que tal o cual papel deja mal a una figura señera del partido en el Gobierno, o de nuestros amigos de la oposición, o al abuelo del rey, o al tío de mi jefe, así que no lo desclasifico y punto.  

Debido a todo lo anterior España es un país con un vacío archivístico muy extraño. Y dicho agujero documental, el período del que los historiadores apenas disponen de información o la que disponen es con cuentagotas, mire usted qué casualidad, comienza más o menos en 1936 (parece que la información sobre períodos anteriores da un poco igual, no me explico la razón). Desde entonces hasta la actualidad está prácticamente todo clasificado como materia reservada o confidencial. Casi todo lo importante al menos, pese a que en países normales el grueso de los documentos generados por los Gobiernos del pasado hasta más o menos bien entrados los años 60 es de dominio público desde hace tiempo, incluso cuando hablamos de papeles comprometedores relativos a la participación en golpes de Estado en el extranjero y otra serie de cuestiones no muy decorosas.  

Pero aquí no. Por eso, si uno se fija, la mayor parte de obras historiográficamente relevantes que se han publicado en las últimas décadas sobre la Guerra Civil española o el Franquismo al final resulta que tienen como fuentes las entrevistas orales a antiguos combatientes, documentos desclasificados por archivos rusos después de 1991, documentos desclasificados por los Servicios secretos británicos o estadounidenses, documentación de archivos alemanes, o bien bibliografía escrita por historiadores alemanes e hispanistas ingleses. Es todo muy extraño porque documentación en español, consultada en España, y que aporte algo nuevo o diferente, hay bastante menos de la que debería haber por analogía con otros casos. Esto explica en parte además la relativa insignificancia de los historiadores españoles tanto en su propio país como fuera de él en comparación con las “bombas” que de vez en cuando desvelan sus colegas alemanes, ingleses o franceses. En España los investigadores especializados en Historia contemporánea en el fondo a lo más que pueden aspirar es a discutir sobre la fallida industrialización en el s. XIX, realizar biografías por encargo o debatir sin fin una y otra vez los mismos temas sobre la Guerra Civil, para más humillación basándose sobre todo en lo que van publicando autores extranjeros. Es lo que hay. Las revelaciones importantes las hacen periodistas de vez en cuando y a través de entrevistas directas y contactos personales. Los historiadores del mundo "actual" (es decir los dedicados a fechas alejadas solo algunas décadas del presente), condenados por su dependencia del papel, en España cuentan poco y aportan menos.

La Historia reciente de España según el relato oficial.
No es de extrañar. A este ritmo todo lo relativo a las decisiones adoptadas tomadas por el Franquismo en sus años duros, las charlas en los Consejos de Ministros durante los momentos clave en que se decidieron condenas a muerte o represiones de huelgas, la documentación referida a la peculiar Restauración de la familia Borbón a la cabeza del Estado, así como todo lo relacionado con las simpáticas decisiones clave tomadas en aquel paraíso de bondad y progresismo que fue la “Transición”, jamás saldrán a la luz pública. Es muy simple, como he intentado explicar a diferencia de otros países más normales en España no hay un plazo claramente definido cumplido el cual se abre la posibilidad de consultar una información determinada. Para el caso la archivada por los servicios secretos en los momentos previos al 23 de Febrero de 1981, por decir una fecha totalmente al azar. 

Según la legislación actual dentro de cien años dicha documentación, en caso de continuar existiendo, podrá seguir siendo hurtada del escrutinio público por los altos poderes del Estado, los cuales hasta el día de hoy han mantenido al respecto de estos temas de forma sistemática una política de absoluto secretismo independientemente del partido en el poder. A fin de cuentas el peculiar ordenamiento legal que blinda el Régimen de la Transición así lo respalda. ¿Pero si todo lo que rodeó la instauración del mismo fue tan glorioso y limpio como cuentan nuestros actuales manuales de historia, por qué esa obstinación en proteger del escrutinio de los profesionales de la historia gran parte de lo ocurrido entre bambalinas en aquellos momentos?

Siendo malpensados uno puede relacionar el celo con preservar al menos los secretos del Régimen Franquista con el Partido Popular, pero por ejemplo en octubre de 2010 el gobierno socialista de Zapatero blindó aún más todos los informes en posesión del Ministerio de Exteriores. Así en general. No se puede consultar prácticamente NADA de lo sucedido en una cancillería española en el exterior en los últimos ochenta años. Nada de lo relevante, claro, las facturas del catering y esas cosas sí. Faltaría más. Que somos un país libre. 

Resumiendo, en España no solo no hay un plazo definido a partir del cual se tiene derecho a consultar documentos clave en poder del Gobierno sobre múltiples cuestiones relevantes en el pasado de este país, sino que ni siquiera existe un órgano independiente para decidir qué se puede desclasificar y qué no. Es el poder político el que guarda celosamente dicha prerrogativa entre sus manos. 

Uno puede esperar que pasen estas cosas en Venezuela. Pero dentro de la supuestamente moderna y liberal UE lo cuentas y suena como raro.

Por si fuera poco a lo anterior se suman otros problemas. En España, debido al peculiar sistema de taifas que subyace bajo el "modelo autonómico", la documentación se encuentra atomizada, repartida en una confusa maraña de depósitos dependientes a su vez de diversos organismos y administraciones. Y luego hay excepciones que no suponen un alivio. Porque existen conjuntos documentales en manos de instituciones privadas que se reservan la potestad de autorizar la consulta de la documentación en sus manos solo a personas afines a su ideología. Un caso sangrante es el de la Fundación Francisco Franco, entidad que recibe cuantiosas subvenciones estatales (en suma, procedentes del dinero de todos) con la finalidad de pagar el mantenimiento los materiales que alberga, pero que solo autoriza la consulta de forma discrecional a historiadores de un determinado perfil ideológico.

¿Os imagináis que en Alemania parte de los documentos redactados por Adolf Hitler estuviesen en manos de sus descendientes y admiradores y estos a su vez tuviesen el derecho de elegir qué tipo de personas pueden leerlos? Quizás se sostendría aún la idea de que fue un señor muy amable con tendencias ecologistas. ¿O que en EE.UU. ningún documento relativo a sus servicios de inteligencia pudiese consultarse… nunca? Bueno, pues esto último es lo que ocurre en España con la documentación del CNI. Y así con muchos otros temas. Desde las actuaciones de la Brigada Político-Social o los datos concretos sobre el número de represaliados durante los años 40 que fueron utilizados por empresas en trabajos forzados, hasta las posibles presiones y contactos mantenidos por el Gobierno en torno al acceso a la OTAN, la documentación de los Consejos de Ministros o de la embajada en Marruecos durante los años de confrontación por el control del Sáhara occidental, así como las conversaciones con el Gobierno francés en torno a ETA… Todo eso y muchas otras cosas son oficialmente secretas sin fecha prevista para que dejen de serlo. Quizás se pueda consultar un día algún documento al respecto, si es que nadie lo ha quemado o tirado antes (algo que, por supuesto, en España no tiene prácticamente consecuencias judiciales por lo que podemos suponer que es práctica corriente en según qué organismos) pero la posible publicación solo se producirá si alguien de algún Gobierno del futuro tiene a bien dar el visto bueno, aunque en este momento estamos muy ocupados y no tenemos tiempo de analizar esa petición. Vuelva usted mañana. Su tabaco. Gracias.

Todo muy normal. ¿Verdad?   

Asimismo las partidas presupuestarias dedicadas a sufragar la clasificación de dicha documentación, o para pagar el trabajo de los archiveros encargados de gestionarla y controlar el acceso a la poca que puede ser consultada, son siempre muy exiguas. Por lo cual los tiempos de espera resultan larguísimos, el extravío de documentos en el proceso y otros problemas similares son muy abundantes, y en definitiva la suma de factores, aunque sea de forma inintencionada y chapucera, reafirma aún más el carácter casi inviolable de los secretos del Estado español. Quién lo diría. En investigación no somos tan buenos.

Esto además contribuye a generar una cultura de opacidad y descuido respecto a la conservación de la información relevante de cara a una eventual desclasificación futura (que en el aparato de la administración nadie desea ni a nadie importa). Lo preocupante es que además esa cultura se ha extendido a muchas otras instituciones españolas. Desde las antiguas empresas que formaron parte del INI hasta las Cajas de Ahorros pasando por las Universidades públicas, las cuales apenas guardan o publican información relativa por ejemplo a los procesos electorales internos o los antiguos concursos “públicos” para contratar docentes. Algo que, a su vez, favorece el clima de corrupción imperante en tales organismos.

Recuerdo cuando hace años vi por primera vez esa magnífica película que es La vida de los otros. No me cabe duda de que en su momento el guionista y director quería hablar sin segundas intenciones del totalitarismo y, más en concreto, de las miserias del comunismo en la Alemania del Este. Con el tiempo sin embargo no se me escapa que, por pura casualidad, dicha película sirve también para hablar de muchas de las cosas que vinieron después de la caída de dichos regímenes. A fin de cuentas nosotros vivimos en un mundo que en determinados aspectos no se diferencia tanto de aquel como cree la mayor parte de la gente. Los Gobiernos de las democracias liberales del presente también nos bombardean con propaganda, también nos manipulan, también espían de forma masiva a sus ciudadanos. De hecho ya ni siquiera se esfuerzan en negarlo. Solo que todo eso que he mencionado lo hacen de formas mucho más complejas, elegantes y menos invasivas o violentas que las empleadas en el pasado por los rudos regímenes totalitarios. Al final es una cuestión de tecnología, buenas relaciones públicas, supermercados bien abastecidos, Twitter, videoconsolas y teléfonos móviles de diseño a precios accesibles lo que puede marcar la diferencia. Parece que casi todo el mundo tiene un precio y los sistemas liberales capitalistas pueden pagarlo. 

   Tal es así que el nuestro es un mundo mucho más opulento pero también más injusto, menos violento, pero más hipócrita, abarrotado de información y sin embargo no mucho más transparente. Llegado un determinado momento histórico casi todos los habitantes de los antiguos regímenes comunistas sabían perfectamente que su Gobierno estaba completamente corrupto y que, entre otras muchas cosas, se dedicaba a espiarlos y a mentir y ocultar la información por sistema. Los historiadores comunistas jugaban su papel en aquella mala obra de teatro. Sus análisis resultaban tanto más acendrados cuanto más se alejaban de su propia realidad. El materialismo histórico solo parecía servir para analizar sociedades no comunistas porque a fin de cuentas no había nada que analizar en la sociedad propia, dechado de virtudes como supuestamente era.

Hoy en día en cambio dentro de nuestro paraíso todo va bien. Y sin embargo podría argumentarse que los niveles de espionaje, manipulación, propaganda y secretismo en el seno de nuestras sociedades “abiertas” no tienen casi nada que envidiar a los sostenidos por regímenes represivos del pasado. De hecho los mecanismos de control social actuales son más peligrosos en tanto que se encuentran en un estadio de evolución mucho más avanzado. Y los historiadores como siempre, en este caso no por miedo sino por conveniencia, siguen mirando para otro lado mientras aseguran hacer lo contrario. Pero lo más preocupante de todo es que en el mundo en el que vivimos la manipulación y el secuestro de la información por parte del poder ha alcanzado mecanismos tan sofisticados que nos resulta imperceptible, incluso lucrativa en algunos casos y, por tanto, aceptable.

No obstante no voy a pontificar mucho más. Para el que no lo vea así, o no esté interesado en problemáticas de escala tan enorme, hoy me he centrado en una cuestión muy concreta y particular que se da en España y se refiere a la falta de transparencia del Gobierno español a la hora de desclasificar información sobre el pasado reciente. Es un tema poco conocido, aparentemente inocuo, que en realidad representa una rareza (una más) legada por una dictadura y en consecuencia algo totalmente anormal, si bien no parece que muchos españoles sean conscientes de ello. Esa rareza, pese a que inicialmente solo afecta a unos oscuros historiadores, a la larga extiende sus consecuencias a toda la sociedad al dificultar el acceso a la información no solo sobre la actualidad (lo cual en determinados casos posee lógica y ocurre en todos los países) sino también sobre el pasado reciente (algo menos habitual y menos justificable en aras de la "seguridad nacional"). Un tipo de información, esta última, imprescindible para iluminar y hacer públicos aspectos importantes de nuestro modelo social desde hace décadas los cuales bien analizados pueden servir para explicar las causas profundas de los problemas del presente. 

Por lo que sea a la mayor parte de la población española esta cuestión no le preocupa en demasía, pese a lo cual yo confío en que algún día se impondrá la lógica. No obstante, hasta que eso ocurra, al volver a casa después de cada paseo campestre nos tocará palparnos en busca de molestas garrapatas que puedan haberse adherido de forma inadvertida a zonas recónditas del cuerpo. 

Con el tiempo hasta le coges el gusto.



domingo, 21 de mayo de 2017

Los coleccionistas


No podemos saber quiénes somos si no nos conocemos y entendemos quién fue Goya y por qué pintó lienzos como “El fusilamiento del 3 de mayo”. Tampoco podemos comprender el siglo XVII sin obras como “El Quijote” de Quevedo.

(Genoveva Casanova al recibir un premio por promover la cultura como directora de proyectos de la Casa de Alba).




En las últimas semanas han ocurrido cosas interesantes en las subastas de arte. Hace un par de días este cuadro sin título de Basquiat se vendió por 99 millones de euros (a los que habrá que sumar comisiones e impuestos). 



   Sin duda se trata de una obra impactante. Ha sido adquirida por el millonario japonés Yusako Maezawa, el cual se dedica al comercio electrónico a través de internet. El anterior dueño del cuadro había pagado por él 19.000 dólares en 1984. Es decir que el cuadro en cuestión se ha revalorizado a un ritmo cercano al 200% al año desde entonces. Eso es lo que se llama una buena inversión. 

   La semana ya había empezado fuerte porque el pasado día quince esta obra de Picasso fue vendida por 41 millones de euros. 



   Pura belleza. El mismo día esta escultura barnizada en bronce de más abajo, obra del rumano Constantin Brancusi (1876-1957), alcanzó los 52 millones de euros pese a que ni siquiera es una pieza única ya que forma parte de una serie de media docena de obras iguales, las cuales a su vez son copia de una gran cabeza en mármol que se encuentra en un museo estadounidense.  



   Sin embargo a mí me interesa otra venta de una escultura, en parte parecida a las de Brancusi, aunque mucho más antigua. En concreto el día 28 del mes pasado salió a la venta esta pieza de la colección Guennol y rápidamente se vendió por más de 13 millones de euros. 



Se trata de una extraña figurilla religiosa elaborada entre el 3.000 y el 2.200 a.n.e. en tierras de la actual Turquía y que se conoce como “El astrónomo Guennol”. En el mundo existen solo quince de estas esculturas (conocidas como ídolos de Kiliya), las cuales pertenecen a un período y una cultura de la que no se sabe gran cosa. El resto de estatuillas parecidas existentes o se encuentran en museos o se han vendido por cifras muy inferiores, en torno al millón de euros. Sin embargo en este caso podría decirse pese a todo que la compra ha sido una "ganga" (vamos a obviar por una vez el tema de la evidente inflación de los precios del arte porque en este caso hablamos más bien de un resto arqueológico). De hecho en el año 2007 esta otra estatuilla de la misma colección, al parecer la representación de una ¿diosa? irania de hace 5.000 años y conocida como la “Leona Guennol”, alcanzó en subasta un precio de 40 millones de euros.


Así que hoy se me ha ocurrido hacer una entrada rápida para explicaros brevemente qué es eso de la colección Guennol, de la que seguro que los interesados en estas cuestiones seguiremos oyendo hablar en el futuro.

La "colección Guennol" nació en 1947 y es simplemente un conjunto de piezas reunidas de forma privada por el matrimonio formado por Alastair Bradley Martin y su esposa Edith Park. El nombre de la misma proviene de una palabra galesa, gwennol usada para referirse a varias cosas, entre ellas a un pájaro que nosotros llamamos "golondrina", creo. El caso es que la palabra en cuestión gustó mucho a la señora Martin durante su viaje de luna de miel por aquellas tierras y por eso acabó denominando al pasatiempo favorito del matrimonio durante los siguientes años: su colección de objetos de arte.

Hay que decir que la pareja podía permitirse adquirir obras de arte casi a voluntad porque tenía dinero, mucho dinero. Y tiempo libre para gastarlo. Alastair en concreto fue un exitoso hombre de negocios de los EE.UU. descendiente de una importante familia de la costa Este (su abuelo fue socio de Andrew Carnegie). Además era una persona que no se limitó a centrarse en el mundo de los negocios, ni mucho menos, tal es así que incluso llegó a ser toda una personalidad en el mundo del tenis amateur. De tal forma Alastair sumó a la posesión de dinero una energía y una buena estrella muy particulares que brillaron con luz propia en lo referido a sus actividades lúdicas y filantrópicas, entre las que empezó a incluirse la adquisición de piezas de arte a finales de los años 40 como ya expliqué.

Llegados a este punto podría argumentarse que reunir montones de obras de arte no es algo para nada extraordinario, muchos millonarios han hecho lo mismo y lo siguen haciendo en la actualidad. Por ello lo que separa la colección Guennol de otras es su enfoque muy particular y el desmedido éxito del mismo, producto quizás del buen gusto, quizás de la suerte.

En primer lugar el matrimonio renunció a coleccionar pintura moderna, como empezaba a resultar habitual ya en aquella época y es muy común en la actualidad. En cambio los Martin se centraron en piezas de valor arqueológico a la vez que artístico, sobre todo piezas de cerámica, orfebrería y esculturas del período Calcolítico y la Edad de los Metales en general, a las que con el tiempo sumaron también objetos procedentes del medievo, esculturas de obsidiana precolombinas, o de jade realizadas en Asia, e incluso arte africano, siempre con preeminencia como digo de esculturas realizadas en bloque y de pequeño tamaño con formas próximas al arte abstracto de nuestro tiempo pero que en muchos casos fueron manufacturadas hace varios siglos o milenios.
  







  

Más allá de ese criterio muy general el matrimonio Martin prescindió de cualquier enfoque organizado, no se centraron en períodos concretos ni en una cultura determinada. En cambio se dedicaron a comprar piezas sueltas, no demasiadas, del orden de cinco o diez cada año hasta que les fueron surgiendo nuevas pasiones (por ejemplo la pareja se interesó durante los años 70 por la protección de los animales), todo ello mientras mantenían como principal criterio el que sus adquisiciones fuesen básicamente “bonitas” según su opinión particular. 

Lo anterior les llevó por ejemplo a adquirir algunas piezas que en aquel momento estaban en el mercado al no conocerse en detalle su origen o su período de elaboración y a las que por tanto casi nadie prestó atención. Y lo inesperado es que con el tiempo, tal vez debido al puro azar o quizás porque el matrimonio poseía un oculto sexto sentido para identificar obras notables, lo cierto es que la mayor parte de objetos reunidos en la colección han ido adquiriendo un renombre, un valor y, en ocasiones, un interés histórico importante. Con ello la cotización de algunas piezas se ha disparado a muchos millones desde las cifras a veces irrisorias (en bastantes ocasiones apenas varios cientos de dólares de la época) pagados en su momento por el matrimonio para hacerse con ellas.

Finalmente Edith falleció en 1989 y Alistair murió en 2010 por lo que desde hace un tiempo la colección se desintegra poco a poco entre cesiones a varios museos y el interés de los herederos por obtener "cash" de vez en cuando.

Por ello deseo aprovechar para dejar constancia aquí de mis ambivalentes sensaciones al respecto de esta colección que me resulta fascinante pese a sus matices un tanto perversos e inmorales. A fin de cuentas se trató del capricho de dos pijos de la alta sociedad con ínfulas artísticas que se dedicaron a adquirir restos antiguos casi al azar, sin pretensión de centrarse en el legado de civilización alguna, ni importarles demasiado el contexto en que habían aparecido los objetos en cuestión (por ejemplo el Gobierno turco piensa impugnar la venta en subasta de “El astrónomo” lo que va a dar lugar sin duda a un pleito interesante). En ese sentido su colección transpira un espíritu casi próximo a los “gabinetes de curiosidades” que poseían algunos nobles y monarcas europeos de hace varios siglos, cuando los jerarcas reunían en sus palacios, acumulándolas sin aparente lógica, piezas diversas pertenecientes a períodos y lugares variados, siempre bajo el único común denominador de que los objetos en cuestión les resultaban hermosos o intrigantes.

Resulta muy extraño ver en pleno s. XX  algo así, tan caótico, pero lo cierto es que paradójicamente este enfoque, por lo que sea, dio lugar a una colección bastante más interesante que otras reunidas siguiendo métodos mucho más científicos y cartesianos.

Por otro lado todo esto me trae a la mente otras reflexiones. A fin de cuentas en fechas todavía no muy lejanas las clases privilegiadas aspiraban, con mayor o menor éxito, a diferenciarse del "maloliente populacho" no solo a través del control de la riqueza sino también mediante la posesión de cultura, entendida como un signo distintivo más. De ahí que las élites de ciertos países (en ese sentido las élites ibéricas y latinoamericanas desde hace tiempo se han distinguido de otras por su vulgaridad y desgana hasta en lo relativo a este aspecto) entendiesen casi como algo consustancial al mantenimiento y justificación de su posición privilegiada la necesidad de dotarse de unos conocimientos mínimos sobre arte, historia, literatura o filosofía (campos de conocimiento sin una utilidad inmediata a los que no podían bajo ningún concepto dedicar su tiempo las personas "vulgares" que debían trabajar para ganarse la vida) y a la vez realizar de vez en cuando actos de evergetismo y de cierto "buen gusto" relacionados con esa dimensión cultural de la que hablo: desde el pago de una nueva biblioteca para una institución educativa a la donación de una colección de arte al final de sus vidas. "Desgraciadamente" durante las últimas décadas el acceso masivo a la educación, incluso universitaria, por parte de los hijos de la "plebe" ha devaluado a los ojos de esas castas dirigentes la posesión de una amplia base cultural como signo distintivo y muestra de sofisticación. Tal es así que hoy en día las universidades de élite sirven a esos grupos apenas para establecer redes de contactos, no tanto para adquirir una pátina de refinamiento humanístico que a los retoños de la aristocracia capitalista ya no les resulta indispensable al modo en que lo era para las élites victorianas o austrohúngaras de antaño. 

   Por eso, desde hace un par de décadas, estamos evolucionando hacia un mundo chabacano donde los grupos sociales que controlan el grueso de la riqueza ya no sienten siquiera la necesidad de distinguirse de sus siervos manteniendo la ficción de una pretendida superioridad intelectual en sentido amplio, es decir relacionada con la posesión de una cierta erudición o el papel de guardianes de un legado inmaterial. Muy al contrario, ahora los grupos sociales que acaparan los recursos entienden que, antes que dedicarse al patronazgo cultural, es mucho más útil para sus intereses hacerse por ejemplo con el control de los medios de comunicación o con la dirección de franquicias deportivas como vía que les proporcione popularidad, beneficios, y a la vez contribuya al mantenimiento de una paz social muy conveniente para sus intereses. 

En fin. Dejadme por tanto con mi nostalgia irracional y probablemente incoherente de una época en que a buena parte de los amos les interesaba al menos de forma ocasional el ejercer como mecenas de artistas realmente talentosos o adquirir objetos antiguos y bellos. Hoy somos todos tan libres e iguales que nuestros dueños ya ni siquiera necesitan gastar unas monedas en esas cosas salvo para blanquear partidas de dinero dudosas o lograr exenciones fiscales. Así que son malos tiempos para todo el que no sea un mediapunta talentoso o no sepa gruñir con ritmo mientras muestra a cámara su hermosa y blanca sonrisa. 

                       

viernes, 5 de mayo de 2017

Siempre hay tres en la colina


Sé exactamente a que te refieres. Déjame decirte por qué estás aquí. Estás aquí porque intuyes algo. No lo puedes explicar, pero lo sientes. Lo has sentido toda tu vida. Hay algo equivocado en el mundo. No sabes lo que es, pero está ahí, clavado como una astilla en tu mente, volviéndote loco. Es este sentimiento el que te ha traído hasta mí. ¿Sabes de qué estoy hablando?

Morfeo en “Matrix”


Llamémoslo serendipia, aunque no es un término exacto de cara a definir el fenómeno en cuestión. El caso es que cuando uno comienza a interesarse de verdad por el pasado histórico y dedica muchos años a leer sobre ello inevitablemente acumula un respetable volumen de información que le permite proyectarse sobre ciertos acontecimientos de tiempos pretéritos, visualizar escenas, ambientes, realidades... y tomar nota de algunos aspectos peculiares que se intuyen tras todo ello.  

Una de las ideas que primero se asumen al respecto, después de mucho repensar sobre la lógica de la Historia, es que el mundo no solo se divide entre ricos y pobres sino que de una forma un poco más sutil se encuentra dividido entre las personas que cuentan, las que están llamadas a pasar a la Historia, por un lado, y por otro las personas irrelevantes como tú y como yo, es decir los individuos con existencias que, lo admitamos o no, resultan totalmente irrelevantes cuando se piensa en el global de la Humanidad.

Lo interesante, lo curioso, es que cuando además uno escarba en las biografías de esas personas que cuentan comienza a apreciar algo parecido a una tendencia, como una regularidad: y es que la mayor parte de tales individuos se conocen entre sí desde su más tierna infancia.


Por supuesto existen factores que lo explican. Os podéis imaginar. Desde siempre existen linajes de privilegiados ocupando la cúspide de la pirámide social y los retoños de tales grupos suelen estudiar y frecuentar los mismos ambientes, establecer ya desde ese momento redes de contactos y una vez llegan a la edad adulta perpetúan dicho estado de cosas de forma natural. En todos los países se puede rastrear esto porque es algo que ocurre desde la noche de los tiempos. Más o menos desde cuando un puñado de alumnos instruidos por Aristóteles en la corte macedonia de Pella acabaron repartiéndose el mundo helenístico e iniciando diversas dinastías centenarias.   

Pero no es necesario irse tan lejos en el tiempo para hablar de estas cosas. Hoy en día en Francia todo el mundo conoce el poder de los énarques. Es decir los graduados en la prestigiosa Ecole Nationale d’Administration (ENA). La mayoría de los políticos y grandes empresarios franceses, da igual su afiliación política, han pasado por esa escuela en algún momento de sus vidas. Desde Alain Juppé a Michel Rocard, Lionel Jospin, Laurent Fabius o Edouard Balladur. Todos estudiaron en la ENA. 

Por eso resulta muy gracioso analizar el panorama político francés de hace algunos años y de repente descubrir que Francois Hollande, Segolene Royal o Dominique de Villepin no solo proceden todos de la misma institución educativa, es que además fueron compañeros de aula. De hecho será casualidad pero entre los más o menos 80 compañeros que se licenciaron el mismo año que ellos (camada que se conoce bajo el apelativo de promoción Voltaire), nada menos que otros cuatro acabaron siendo ministros (Jean-Pierre Jouyet, Renaud Donnedieu de Vabres, Michel Sapin y Frederique Bredin). Además en su clase también estaba gente como Michel Cadot, actual prefecto de policía de París; Yvon Robert, alcalde de Rouen; Marie-Françoise Bechtel, ahora diputada; Philippe Carré, antiguo embajador de Francia en Austria; Jean-Maurice Ripert, quien ha ocupado diversos puestos de diplomático y embajador, entre ellos representante de Francia ante la ONU y también ante la Federación Rusa. Una trayectoria en parte parecida a la de Pierre Duquesne o Henri Fissore, Sylvie Hubac, Jean Pierre Hughes, Michel Gagneux, Jean Lefebvre de Laboulaye, Pierre-René Lemas, Pierre Mongin o Jean-Maurice Ripert, todos ellos altos embajadores, diputados, o políticos de trayectoria, en muchos casos colocados a dedo en sus puestos por otros compañeros de colegio suyos. Mientras tanto en el mundo empresarial entre los compañeros de estudios de los anteriores aparece gente como Henri de Castries, hasta hace poco presidente de la aseguradora Axa, o Jean Marc Janaillac, de Air France.


¿A que no ocurrió lo mismo con vuestros compañeros de Universidad?

Lo cierto es que la ENA fue creada en 1945 como una institución teóricamente meritocrática, dentro de lo posible. Tal es así que en los años cincuenta más o menos uno de cada tres estudiantes en sus aulas pertenecían a las clases bajas. En los años 90 sin embargo ese porcentaje ya era inferior al 10% y seguía bajando en la medida en que los ecos de su éxito llevaron a la Ecole a ser colonizada por los hijos de las "mejores" familias galas como una plataforma desde la que acceder al control del Estado. De hecho el ahora de moda Emmanuel Macron, cómo no, también es un enarca, ya que se licenció en la ENA en 2004, igual que Najat Vallaud, la actual ministra de Educación, o Gaspard Gantzer actual consejero de comunicación de la presidencia de la República. 

Y si eso pasa en un país oficialmente poco "clasista" como Francia imaginaros lo que ocurre en Gran Bretaña donde la práctica totalidad de su élite política y de sus hombres de finanzas estudiaron en Harrow o bien en Eton (casi 40.000 euros de matrícula por curso ejercen de barrera frente a los plebeyos en cuanto al acceso a este y otros centros parecidos) y luego pasaron por las universidades de Oxford o Cambridge. Allí es por tanto normal advertir que casi todos los que cuentan y/o tienen dinero fueron compañeros de clase en algún momento de sus vidas.



En España ocurre algo parecido con los compañeros de estudios de Jose María Aznar, pero también con los de Alfredo Pérez Rubalcaba. Todos ellos exalumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, un centro privado católico ubicado en Madrid del que han salido nueve ministros, una docena de embajadores, un par de presidentes de Telefónica y otros tantos directores generales de RTVE, así como numerosos altos cargos y grandes empresarios de este país. Por dicho colegio pasaron Juan Villalonga, Alberto Cortina, Javier Rupérez, Fernando Schwartz, Antonio Garrigues Walker, Álvaro del Portillo, Jaime Lissavetzky, Javier Solana, Pío García Escudero, Rafael Arias Salgado, Mikel Buesa, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Javier Elorza, Juan Miguel Villar-Mir, Juan Abelló, Alberto Alcócer, Luis María Ansón, Juan Luis Cebrián, Alfonso Ussía, Jaime Lamo de Espinosa, Fernando Savater o Fernando Sánchez Dragó entre otros muchos.


Uno podría pensar que la Transición en el fondo se explica perfectamente si tenemos en cuenta que una gran parte de las élites políticas, judiciales, económicas y también intelectuales (esto último siempre lo olvidamos) que dieron forma al actual "sistema" en el fondo estudiaron juntas y a título personal son buenos amigos más allá de sus supuestos enfrentamientos públicos de cara a la galería. A fin de cuentas gran parte de los dirigentes de UCD, AP, luego del PP, también del Opus Dei, pero asimismo del PSOE y de los principales periódicos españoles de hace unos años fueron todos compañeros en los mismos colegios privados que alojaban a los retoños de las escasas clases medias y altas de la España de los años 50 y 60, colegios como el de Nuestra Señora del Pilar ya citado, o el de Santa María del Pilar por el que pasó gente como Ignacio Wert o Luis de Guindos.

A ese respecto me llama la atención una cosa un tanto sorprendente, al menos si analizamos el fenómeno desde una cierta ingenuidad. A fin de cuentas la moderna “izquierda” española que dio forma a la Transición en el fondo muestra orígenes igual de endogámicos que sus contrapartes de la derecha. Me refiero a que buena parte de los integrantes de la cúpula socialista hasta hace bien poco procedían de colegios como los mencionados, o bien formaron parte de los personajes que figuraron o estuvieron en su momento relacionados con la famosa foto de la tortilla tomada en unos pinares de Puebla del Río en 1974 y en la cual podemos distinguir entre otros a unos jóvenes Alfonso Guerra, Felipe González, Manuel Chaves y Luis Yáñez (además la persona que hizo la foto fue Manuel del Valle, que luego sería alcalde de Sevilla), cuando ya conspiraban para suplantar a los dirigentes históricos del socialismo español (aquellos que de alguna manera sí habían luchado contra el franquismo) con la intención de ponerse ellos en su lugar y repartirse la tortilla, que ya por entonces se intuía suculenta.  


Y sin embargo yo no he venido hoy a hablar solo de esto. Porque todo lo anterior en el fondo ya lo sabemos. Lo podemos observar cada día a nuestro alrededor aunque luego pretendamos ignorarlo para poder descansar por las noches. En cambio este es un blog complicado, retorcido, desgraciado, tortuoso. 

A donde quiero llegar es que las cosas en realidad no son sencillas porque a veces en la historia encontramos el azar. O peor que el azar, lo intangible, lo ilógico, lo incomprensible. Algo que no sigue las reglas, o que sigue reglas que no deberían existir.

Por ejemplo, cuanto más estudio el pasado más me convenzo de que existe una especie de atracción invisible entre las personalidades geniales o los idiotas llamados a ser importantes, igual da. Hay un algo intangible e inextricable que tiende a unir y aproximar las personalidades fuera de lo común, a juntar los destinos excepcionales, para bien o para mal. Por eso, de cara a explicar tal misterio, no basta recurrir a la lógica de la afinidad entre miembros de los mismos grupos sociales, o de las personas con las mismas ideas, o a los procesos que hacen que escritores, músicos o pintores de estilos semejantes que conviven dentro de una misma época acaben formando movimientos intelectuales organizados y relacionándose y estableciendo vínculos entre sí. Tampoco es suficiente con tomar en consideración la existencia de movimientos menos conocidos, dentro de la ciencia o las universidades, tendentes a hacer converger en grupúsculos a las élites del pensamiento públicamente aceptado de cada momento de forma un tanto parecida a como lo hacen sus homólogos en los mundos de la política o la empresa.


(La imagen de encima es una foto de la llamada Conferencia Solvay celebrada en octubre de 1927. Diecisiete de las personas en esa fotografía han pasado a la historia como ganadores del Premio Nobel de Física o Química).

Aquello de lo que hablo es más complicado y extraño todavía. Algo muy irritante para una mente fría y lógica como la mía atada a los imperativos impuestos por la demografía o la infraestructura productiva.

Por ejemplo. En 1842, Nathaniel Hawthorne, quien llegaría a ser considerado uno de los principales escritores estadounidenses de aquel siglo, contrajo matrimonio y se mudó a Massachusetts. Dio la casualidad de que precisamente en la misma barriada sin especial interés en la que compró su casa vivían por entonces Ralph Waldo Emerson y un tal Henry David Thoreau el cual daba clases a los niños de la vecindad y ejercía de jardinero. Con el tiempo resulta que ambos personajes estaban llamados a ser también dos de los principales escritores y pensadores estadounidenses de esa época. 

   A comienzos del año 1900 en una colina de Sudáfrica tuvo lugar una batalla entre británicos y afrikaners en el contexto de lo que se conoció como Segunda Guerra Bóer. Resulta que uno de los poco más de 20.000 hombres que combatieron allí era Louis Botha, quien luego sería presidente de la moderna República de Sudáfrica y uno de los padres del racismo contemporáneo. Simultáneamente, ejerciendo como enlace de inteligencia y correo del bando británico, se encontraba en la zona un jovencísimo Winston Churchill. Mientras que como oficial médico también participó en la batalla un tal Mohandas Gandhi. Tres de las principales figuras políticas del siglo XX, por muy distintos motivos, en cierta forma puede decirse que empezaron su vida adulta, esa que los llevaría a ser mundialmente conocidos, durante las semanas en que sin saberlo coincidieron por casualidad en una abandonada colina del interior de Sudáfrica.

Poco después en la Realschule de Linz, contra toda lógica, Ludwig Wittgenstein y Adolf Hitler acabaron siendo compañeros de estudios cuando ambos tenían quince años de edad. Wittgenstein era un niño rico de ascendencia en parte judía, hijo de un industrial del acero por cuya casa era frecuente el paso de intelectuales y artistas de todo tipo como Brahms y Mahler. Pasados los años, mientras Adolf Hitler accedía al poder, Ludwig Wittgenstein se convirtió en uno de los intelectuales más enigmáticos del s. XX, quizás uno de los principales filósofos contemporáneos, pero también un matemático y lingüista notable. 

Antes de eso, a comienzos de 1913, Adolf Hitler se desplazó a residir en Viena y en ese breve período hizo acto de presencia en la ciudad, de incógnito, un tal Joseph Dzhugashvili (luego conocido como Stalin), con la intención de visitar a un revolucionario ruso que vivía exiliado allí desde hacía seis años, un tal Lev Bronstejn (más conocido como Trotsky). Durante unas semanas todos ellos y un joven inmigrante yugoslavo, de nombre Josif Broz (Tito), el cual trabajaba por entonces en una factoría de las afueras, coincidieron en la ciudad, apenas a unos kilómetros de distancia unos de otros. En mayo Tito entró en el ejército austrohúngaro y Hitler se fue a vivir a Munich, pero antes de eso probablemente se cruzaron alguna vez en el centro de aquella urbe, obviamente sin darse cuenta de la ironía.   

No se cómo explicarlo, pero cuanto más estudio el pasado con una actitud cartesiana y racionalista, intentando explicar las cosas con lógica y en base a grandes dinámicas socioeconómicas, más convencido estoy de que además de lo anterior, como para compensar, hay un azar no azaroso, como una fuerza parecida a la atracción gravitatoria, pero que en este caso tiende a aproximar entre sí a aquellos individuos llamados a convertirse en personas "que cuentan". Existe algo parecido a un impulso misterioso que lleva a los hombres y mujeres llamados a ser especiales no solo a frecuentar cuando son adultos o famosos las mismas tertulias culturales y los mismos movimientos políticos, porque eso a fin de cuentas tiene cierta lógica, sino también a por ejemplo vivir en los mismos lugares y cruzarse en la calle de las mismas ciudades mucho tiempo antes de ocupar su papel en la historia. 

Asimismo algo ajeno a ellos mismos les hace acabar compartiendo pupitres o aulas en el colegio, como Mick Jagger y Keith Richards, o a escoger las mismas aficiones, a manifestar excentricidades equivalentes, o a frecuentar los mismos lugares de ocio aún antes de que sean una moda. Como cuando el 4 de junio de 1976 en un garito de Manchester unas cien personas asistieron a la actuación de una banda alternativa y aún no muy famosa llamada Sex Pistols y con el tiempo resultó que entre los por entonces anónimos espectadores que estaban allí aquel día un poco por casualidad se contaban los futuros impulsores de al menos otras tres bandas famosas y el que sería el creador de una de las principales discográficas del período.

Hay algo que se me escapa que lleva a algunos individuos a encontrarse una y otra vez hasta casi chocar, siempre en el instante preciso en el lugar oportuno, siempre en el centro del tornado, en el origen de la tempestad. O quizás todo es producto de la estadística, de las leyes de la probabilidad. Pero me da que detrás de todo esto que hoy os he contado hay al menos alguna cosa que no encaja en los parámetros de la normalidad.  

Desgraciadamente por el momento lo único que he podido deducir de tal revelación es que vosotros y yo nunca seremos protagonistas de ello, solo testigos pasivos condenados a contemplar en silencio el gran espectáculo desde las gradas en penumbra reservadas para los que no importamos.