domingo, 18 de febrero de 2018

Contra Calvino

  
Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia.

Guillermo de Baskerville en “El nombre de la rosa”





Stefan Zweig fue un novelista austriaco de orígenes judíos nacido en Viena en 1881. Por entonces dicha ciudad, esplendorosa capital del hoy desaparecido Imperio austrohúngaro, era un hervidero de artistas y pensadores y por tanto podía ser considerada, quizás, como la segunda capital cultural de Europa tras París. Tal es así que en las siguientes décadas hasta el estallido de la Gran Guerra habitaron allí desde Theodor Herzl, el fundador del moderno sionismo, a poetas como Rainer María Rilke, así como también muchos músicos, algunos más clásicos y otros un poco más modernos como Arnold Schoenberg. También pintores, si bien normalmente de menor fortuna y talento que los asentados por entonces en París o Londres, e igualmente diversos jóvenes que con el tiempo se convertirían en famosos en sus respectivas disciplinas como Sigmund Freud o el filósofo Ludwig Wittgenstein. Viena era en aquel tiempo una colmena de mentes de excepción plagada de cafés en los que se reunían ocasionalmente a intercambiar opiniones variopintos grupos de intelectuales. 

El problema es que esa fue también la Viena que albergó a un joven Hitler o a múltiples revolucionarios exiliados y nacionalistas furibundos que contribuirían a prender fuego al siglo veinte mano a mano con el joven Adolfo. Individuos como unos jóvenes Stalin y Trotsky, o el futuro mariscal Tito que en sus tiempos mozos trabajó como obrero en una primitiva fábrica de automóviles marca Daimler al Sur de la ciudad.

De esa forma tras la desintegración del Imperio, a medida que avanzaban los años del período de entreguerras posterior al final de la Gran Guerra, el ascenso del nazismo en la vecina Alemania en paralelo a la difusión de ese tipo de ideas en Austria (hasta desembocar en el Anschluss de 1938) provocó que el ambiente vienés se fuera haciendo cada vez más opresivo. 

Por ello en 1934 Zweig, como otros intelectuales de raíces judías, se vio obligado a exiliarse, concretamente a Inglaterra. Y allí en 1936 escribió un libro hoy completamente olvidado pero cuya memoria me interesa recuperar aquí porque se trató de un curioso ensayo histórico a mi juicio muy de actualidad. El libro en cuestión se tituló Castellio contra Calvino y a lo largo de sus páginas un intelectual cada vez más desengañado como Zweig se dedicó a hablar de la intolerancia, del fanatismo, de sus raíces en el mundo católico y de sus ramificaciones posteriores dentro del mundo protestante donde hizo acto de aparición presentándose como todo lo contrario. 

En realidad no hace mucho ya escribí una entrada dedicada en concreto a la génesis del movimiento protestante, la cual estaba enfocada a comentar algunos de sus puntos oscuros. Si bien lo anterior no debe hacernos olvidar por completo que el origen del protestantismo estuvo en la lucha contra la intolerancia y la corrupción de la Iglesia católica. Y debemos asimismo tener en cuenta que, como hoy sabemos, fue en las sociedades protestantes donde con el tiempo se gestaron cuatro elementos que sirvieron para llevar a cabo la transición desde la retrógrada mentalidad feudal hacia el mundo moderno: me refiero a la mentalidad capitalista, la revolución científica, la revolución industrial asociada a todo lo anterior y en última instancia la evolución hacia el pensamiento político liberal base de las democracias parlamentarias modernas.  

Esos progresos se debieron, entre otras cosas, a que dentro del naciente mundo protestante rápidamente ganó peso, por razones teológicas, la consideración del enriquecimiento como una señal del favor divino, por tanto un signo de predestinación a la salvación eterna. Y en relación con ello el comercio, el préstamo de dinero, o el trabajo manual, dejaron de ser actividades estigmatizadas, a diferencia de lo que ocurría con el pensamiento cristiano medieval. De esta forma una serie de nuevos grupos sociales dentro del ámbito protestante encontraron el estímulo para acumular capitales pero a la vez para desarrollar un estilo de vida austero, lo que aparentemente resulta un contrasentido. La consecuencia de lo anterior fue un progresivo énfasis en la inversión productiva de la riqueza en detrimento del gasto en pura ostentación. De esa manera, tras la Reforma, el ahorro y la inversión despegaron en la Europa del centro y el Norte, fundamentalmente a manos de una nueva burguesía comercial de cuño protestante mientras que en la Península Ibérica los reinos (católicos) que habían tenido acceso privilegiado a las riquezas del Nuevo Mundo paradójicamente empezaban a experimentar un tremendo estancamiento productivo y económico ya que las élites sociales que allí captaban la mayor parte de la riqueza no manifestaban ningún interés en reinvertirla de forma creativa. 

O quizás, simplemente, el capitalismo, el maquinismo y el parlamentarismo encontraron mejor acomodo en las sociedades protestantes que en las católicas no tanto por su mayor apertura de miras como por el hecho de que la confiscación de las tierras de la Iglesia o el cierre de conventos que siguieron a la Reforma sirvieron para estimular la actividad económica, trasladando brazos ociosos hacia labores productivas. Tal vez eso, y no una ideología concreta, fue lo que en última instancia convirtió a las sociedades protestantes en más ricas y dinámicas que las católicas. Es posible que los cambios iniciales detrás de la Reforma simplemente trastocasen, siquiera sin pretenderlo explícitamente, el orden social salido del medievo, dando cada vez más poder, en detrimento del clero, a una nueva clase social burguesa que con el tiempo teorizó nuevas ideas políticas no solo porque fueran más justas sino sobre todo porque alterar el vigente reparto de poder convenía a tales clases sociales. 

De cualquier forma lo importante es que, de la mano de la Reforma, la implantación de un nuevo orden religioso y social en muchas zonas de Europa abrió la vía a muchas modificaciones positivas, desde un mayor papel de las mujeres en las cuestiones religiosas, hasta el replanteamiento de los conceptos de Estado y de soberanía. Pero no por ello, insisto, la imposición del protestantismo estuvo carente de sombras.

En ese sentido poco después de la irrupción de Lutero la enseñanza y la doctrina protestantes empezaron a diversificarse y evolucionar de forma independiente, al margen del núcleo teutón organizado en torno al pensador alemán. Es así como aparecieron en escena líderes como Zwinglio (1484-1531), inicialmente muy activos y numerosos sobre todo en los territorios de la Confederación Helvética, en tierras de la actual Suiza. De tal forma en esa región nacieron muchas nuevas ideas que luego se difundieron por los Países Bajos, Francia (con los llamados hugonotes), Escocia (presbiterianos) y en el s. XVII por Inglaterra (puritanos), y desde allí pasaron a Norteamérica gracias a la emigración a aquellos territorios durante el s. XVII de diversos grupúsculos sectarios mal vistos en las islas.

En lo tocante a los primeros tiempos de todo ese proceso hoy nos resulta de especial interés un ciudadano nacido en el Norte de Francia, de nombre Jehan Cauvin (1509-1564), que pasaría a la historia por su nombre latinizado, Calvinus, debido precisamente a la influencia que alcanzó en esos territorios helvéticos de los que antes hablé.

Pero de cara a entender lo que significó su figura hay que partir de asumir que el “calvinismo” apadrinado por él, pese a tratarse de un movimiento "rupturista" en el fondo era un movimiento socialmente conservador, particularmente adaptado a los intereses de la burguesía urbana y que adolecía de la contradicción fundamental que se podía achacar desde el principio a todo el pensamiento de Lutero. A saber: un movimiento nacido en torno a la lucha por la libertad religiosa que una vez triunfante de cara a imponerse y sobrevivir (como todas las grandes ideas de la historia, desde el cristianismo hasta el nacionalismo contemporáneo, pasando por el comunismo) negó tal derecho a todo disidente del credo propio. De esa forma en las tierras que poco a poco comenzaron a emanciparse de la "opresión papista" pronto empezó estar severamente restringido el profesar ideas políticas o religiosas (bien de cuño católico o incluso ideas afines a variedades del protestantismo diferentes a la hegemónica en el territorio de turno) contrarias a la ideología protestante de base en cada región.

Es así como la “liberación” que proporcionó el triunfo del protestantismo en algunas zonas no fue sino el pistoletazo de salida a nuevas persecuciones de brujas, católicos, judíos o sectas protestantes de nuevo cuño.

En otras palabras. En el mundo protestante se gestó el liberalismo parlamentario moderno. Cierto. Pero también en su seno se gestaron muchas de las ideas que desembocaron en el nazismo o el apartheid sudafricano (implantado en época contemporánea por los descendientes de colonos neerlandeses calvinistas). No lo olvidemos. A fin de cuentas los humildes y piadosos pioneros ingleses que llegaron a América del Norte huyendo del acoso de sus conciudadanos, también protestantes, acabaron exterminando a los nativos que encontraron en el nuevo territorio. Es la lógica de la historia, la cual no progresa desde el mal hasta el bien, sino desde un mal muy grande a otro ligeramente menor. Donde los oprimidos hoy solo tienen dos salidas, desaparecer, o bien imponerse de forma brutal y tras ello convertirse a su vez en opresores, como por ejemplo los líderes proletarios rusos que hicieron la revolución, o los sionistas judíos que fundaron Israel.

Volviendo con el movimiento iniciado por Calvino. Como ya dije su doctrina política, pese a ser la de un “revolucionario”, en el fondo expresaba ideas muy conservadoras y parecidas a las de los pensadores católicos en todo lo relativo, por ejemplo, a apuntalar un aumento de la tendencia autoritaria de los gobernantes. A ese respecto Calvino defendía que la autoridad política temporal procede de Dios y por ello se le debe obediencia a los gobernantes incluso cuando quien ejerce la autoridad es un tirano, con la posible excepción de que éste ordene algo que vaya claramente en contra de la voluntad de Dios (interpretada desde un punto de vista calvinista, por supuesto). Sólo entonces sería lícita la desobediencia o el tiranicidio. Es más, Calvino poseía por así decirlo un pensamiento político de cuño todavía medieval, ya que situaba a la Iglesia (la suya, la que hoy denominamos "calvinista", por supuesto) por encima del gobierno temporal pues, según él, la principal misión del Estado sería simplemente encaminar a los hombres hacia la salvación.

En definitiva, si bien la irrupción del protestantismo en Europa desencadenó una serie de procesos históricos que acabaron desembocando en mejoras sociales y políticas, en su origen muchos de estos cambios fueron inatendidos y estaban lejos de ser buscados por los primeros líderes protestantes, los cuales toleraban casi igual de mal que sus contrapartes católicos cualquier forma de crítica u oposición a sus ideas.

Bajo esas premisas no es de extrañar que pronto el sistema calvinista implantado en Ginebra se convirtiese en un régimen casi totalitario en forma de dictadura religiosa, una teocracia que miraba con desaprobación hasta el uso de instrumentos musicales y uno de cuyos momentos álgidos fue la condena a muerte del pensador protestante hispano Miguel Servet, quemado vivo en la ciudad en 1553, entre otras cosas por cuestionar la idoneidad de bautizar a los niños pequeños y plantearse si no sería mejor esperar a la edad adulta (pocos años después el italiano Bernardino Ochino tuvo que escapar de Zurich por posicionarse a favor de la inconcebible idea del divorcio).  

Y en base a todo ello, cuatro siglos después, un Stefan Zweig cuyos libros empezaban a ser perseguidos por los nazis, se decidió a rescatar a través de un somero estudio histórico la figura de Sébastien Châteillon, más conocido como Castellio (1515-1563). Que es el personaje del que realmente yo quiero hablaros hoy.

Castellio, al igual que Calvino, nació en Francia y recibió una amplia formación académica y teológica para luego convertirse al protestantismo en su juventud, en torno a los veinticuatro o veinticinco años más o menos, casi igual que Calvino. Con posterioridad ambos hombres se conocieron en Estrasburgo en torno a 1540 y poco después Castellio, al igual que Calvino, viajó a Ginebra, en su caso para trabajar como director del Collège de Genève (hoy llamado Collège Calvin) por entonces la institución educativa más prestigiosa de la región. Allí, con motivo de una terrible plaga ocurrida en 1543 se dedicó a cuidar personalmente a los enfermos, con gran peligro de su vida, mientras Calvino y el resto de influyentes miembros de consejo de la ciudad se refugiaban en sus mansiones sin atreverse a mantener contacto con sus conciudadanos más desafortunados en aquella hora de necesidad. De hecho Calvino justificó sus actos declarando con cinismo que, dado que su vida resultaba preciosa para el triunfo de la Reforma, no podía, a su pesar, arriesgarla.

Castellio sobrevivió y la gratitud de muchos de sus vecinos fue inmensa. Pero, por mezquino que resulte pensarlo, ese fue precisamente el momento en el que Calvino rompió con su "amigo" Castellio y empezó a conspirar contra él a sus espaldas, al percibir la creciente influencia de Castellio entre sus conciudadanos y por consiguiente la amenaza –real o imaginaria- que eso suponía para su propia carrera política en ascenso.  

Así que cuando Castellio empezó a difundir la perniciosa idea de que la comunidad protestante de la ciudad debería abstenerse de perseguir a los que disentían de sus ideas Calvino organizó la expulsión de Ginebra de Castellio en base a la acusación de “socavar la autoridad del clero”. Castellio se quedó así en la calle, literalmente, obligado a mendigar de puerta en puerta por comida y cobijo hasta que su suerte mejoró y, tras encadenar algunos trabajos como tutor privado o en una imprenta, diez años después consiguió una posición de profesor en la Universidad de Basilea. 

Pero solo dos meses después de esto último Servet (al que Calvino odiaba desde que siete años antes se atreviese a enviarle una copia de uno de sus propios libros llena de anotaciones señalando posibles errores) fue ejecutado en Ginebra ante la indiferencia de la mayoría de los teólogos del mundo protestante. Por ejemplo Melanchthon, amigo y depositario del legado de Lutero, escribió a Calvino para felicitarlo.

Era necesario que alguien levantara la voz para decir lo que nadie quería pensar o se atrevía a decir. De tal forma al año siguiente Castellio se arrogó la ingrata tarea de oponerse públicamente a lo que estaba pasando dentro del mundo protestante y su progresiva deriva hacia una intolerancia semejante a la imperante en el mundo católico. De cara a ello Castellio publicó un pequeño ensayo pionero en favor de la libertad de pensamiento en el que se atrevía a usar algunas de las declaraciones sacadas de textos del propio Calvino en los tiempos en que había sido perseguido por la Iglesia católica.

Castellio incluso se permitiría más adelante abogar por la separación de la Iglesia y el Estado de cara a garantizar un mayor grado de libertad de pensamiento individual.

Por supuesto su alegato fue básicamente ignorado por sus coetáneos en un tiempo en que se estaban incubando terribles guerras de religión en Francia y Alemania. Faltaba más o menos un siglo para que en el mundo protestante empezasen a imponerse ideas de ese tipo, y ello por razones no siempre basadas en cuestiones puramente éticas sino de conveniencia política como respuesta a mutaciones sociales de base. Así que Castellio murió casi en el anonimato unos años después. 

Con el tiempo algunos de sus correligionarios, descontentos con sus ideas demasiado heterodoxas, desenterraron sus restos, los quemaron y esparcieron las cenizas, razón por la cual de él solo quedan copias de algunos de sus escritos. Una suerte muy diferente a la gozada por el legado de Calvino, quien murió un año después de Castellio, convertido en patriarca y mito, como Lutero.  

Por su parte Stefan Zweig, seis años después de escribir su libro recuperando la figura de Castellio, se suicidó junto a su mujer, deprimido y asqueado por la deriva del mundo que le había tocado en suerte vivir.  

Porque la evolución del pensamiento humano es un ciclo en el que cada idea nueva ha de abrirse paso con dolor, donde cada rebelde está condenado a fracasar, o bien, aún peor, a triunfar y ser presa del irrefrenable deseo de institucionalizar sus ideas, engendrando así a nuevos rebeldes abocados a combatir la tiranía de los antaño oprimidos. El anterior es un bucle sin fin que, si bien como especie nos impide desplazarnos en línea recta hacia el progreso, al menos por su propia naturaleza nos obliga a estar siempre avanzando sin descanso a lo largo de una interminable escalera en espiral. En ese contexto que al mirar hacia abajo veamos lo alto que hemos subido no debería hacernos olvidar la necesidad de levantar la cabeza de vez en cuando para comprobar lo lejos que previsiblemente aún se encuentra la salida del pozo y lo lento que estamos ascendiendo.  

Por gilipollas.


viernes, 19 de enero de 2018

La Peste


He aprendido muchas cosas pero no sé si soy más feliz.






La Peste la reciente serie creada por Alberto Rodríguez y producida por Movistar+ supone quizás el mayor y más afortunado esfuerzo llevado a cabo en España durante los últimos veinte años a la hora de llevar a las pantallas una recreación de época plausible. Debido a ello hoy voy a dedicar una entrada a comentar someramente algunas de las cuestiones que plantea la serie y a dar algo de información sobre qué aspectos históricos representados en pantalla son más fieles a la realidad y cuales no tanto.

De modo muy general puede decirse que la serie, ambientada en la Sevilla de finales del s. XVI (justo en las postrimerías del momento de máximo “esplendor” y poder tanto de la ciudad como de la monarquía de los Austrias) logra transmitir la pobreza brutal típica del período, con sus consecuencias como la delincuencia y la prostitución masivas, la práctica del infanticidio, o la presencia en las calles y los arrabales de la ciudad de muchos niños desamparados, obligados –en el mejor de los casos- a trabajar, cuando no a robar o cosas peores. 







De ahí por ejemplo los casos habituales, en aquellos años, de automutilación totalmente intencionada con la finalidad de mendigar. Todas esas cuestiones reflejadas en algunas escenas de la serie fueron algo real en tiempo de los Austrias y aún hoy resultan apreciables las huellas de dichas prácticas tanto en cuadros de la época como en textos literarios vinculados con el género de la novela picaresca.

Asimismo es exacta la imagen que se nos presenta de los principales edificios y la vida cotidiana en la ciudad de Sevilla en aquel período histórico. 





En ese sentido son igualmente veraces aspectos como la tremenda falta de higiene de las personas, sobre todo de baja extracción social, así como la suciedad de las vías de circulación. En la serie se recrea de forma asimismo correcta la presencia de idiomas extranjeros (aunque quizás con un formato no suficientemente arcaico) en las calles y el puerto de la ciudad, donde se podían escuchar lenguas como el holandés, el italiano o el inglés, en la medida en que Sevilla era por entonces un gran centro comercial abierto al exterior.






A ese respecto además de la recreación de la zona portuaria resultan muy afortunadas las reconstrucciones que se muestran en la serie de emplazamientos como la Cárcel Real de Sevilla, donde (casi) todo se podía comprar y llegó a estar encarcelado Cervantes.



También de ese mastodonte que es la catedral de Sevilla, con su Giraldillo/veleta elaborado unos treinta años antes del momento histórico que pretende reflejar la serie.



Igualmente son adecuadas las recreaciones de la fortaleza de San Jorge, sede de la Inquisición, o de la infame Mancebía de Sevilla, barrio donde se concentraba la prostitución en la ciudad.



Y resultan muy superiores a lo habitual en el cine o las series patrias los ropajes usados, no tanto por los actores principales como por los extras, así como el diseño de interiores, con un gran cuidado a la hora de recrear por ejemplo el mobiliario propio de la época.  





Por ejemplo aquí un “cofre de seguridad” usado por los notables de aquel tiempo a modo de “caja fuerte”. Fijaros en la estructura interior de hierros que convertía en muy complicado forzar este tipo de arcones. 


Así como extravagancias del tipo la "cámara de las maravillas" atesorada por Zúñiga. Colecciones heterodoxas muy típicas entre los grupos privilegiados del Antiguo Régimen. 


También resultan apropiados detalles mencionados en algunas escenas "de pasada" como el uso de nieve almacenada en pozos para conservar y refrigerar, el chocolate presentado como un alimento novedoso, la creencia de que los tomates eran venenosos (si nos sorprende este dato pensemos que en buena parte de Europa se receló hasta bien entrado el s. XVIII de otro alimento traído de América tan importante e inofensivo como la patata). Todo lo cual habla muy positivamente del proceso de documentación (no voy a entrar en la polémica sobre si la serie es un plagio de cierta novela o no).
  
No estás poseído por nada que no sea tu bilis negra. Tienes melancolía.

En cuanto a la medicina del momento, presentada sobre todo a través del personaje del “farmacéutico” Monardes, la serie da una buena idea de cuales eran tanto sus posibilidades como sus tremendas limitaciones, a la vez que se nos ofrecen detalles sobre el caos de los "hospitales" del período, las medidas en caso de epidemia y otras cuestiones más específicas. Respecto a esto último es cierto por ejemplo que se utilizaban primitivos preservativos reutilizables fabricados  con vejigas de animales (como el que se puede apreciar fugazmente en una de las primeras escenas del primer capítulo), aunque no eran de uso común, solo las élites los usaban. A su vez las sangrías como método médico sí eran cosa común, mientras que la tinta de los documentos realmente contenía plomo (se alude a ello cuando Mateo encuentra a un impresor enfermo).




Quiero proponer un brindis. Por Dios, que está en todas partes. En las calles y en las plazas. En las tabernas. En esta mesa, y en este vino. En las encrucijadas de los caminos y en las puertas de las ciudades. En las joyas de las mujeres hermosas y en las blasfemias de los hombres. En los campanarios, en los claustros, en los sermones de los curas y en las oraciones de los niños. Y en las fiestas de los viejos, en los testamentos, en las sentencias de los jueces y en el miedo. Y en las manos de los artistas, en el nacimiento y el abandono de los niños, entre las sábanas de los moribundos, en las camas de los hospitales, y en el patíbulo de los ajusticiados, en las súplicas de los pobres y en la caridad de los ricos. Y en el silencio de la noche, y en el sonido de las campanas y de los órganos. Y en los pechos de los putas. En el pecho de todas las putas del mundo, esas honradas señoritas. Hombres y mujeres. Todo se hace en su nombre y por su voluntad. Nada de lo humano le es ajeno, nada de lo divino le es extraño. Todo es dios. Así que no habléis mal de él. Puede enterarse.  

También es correcto el dibujo que se hace en la serie de otro tipo de cuestiones más intangibles, como la falta de derechos de las mujeres, la necesidad de certificar la “limpieza de sangre” de cara a desempeñar un cargo público, así como la frecuente falsificación del trámite anterior, la presencia opresiva de la religión en todos los órdenes de la sociedad y por ello la moral imperante en torno a la homosexualidad (o más bien sodomía) vista como un terrible delito, el empleo de oraciones religiosas exageradamente pomposas y solemnes y también por ejemplo la prohibición de lo que hoy denominaríamos como autopsias. Pese a lo cual era práctica frecuente asimismo la venta de reliquias falsas, como la cabeza de Juan el Bautista a la que se alude en el primer episodio. Respecto a esto último, si bien el furor coleccionista medieval había empezado a desaparecer a lo largo del s. XVI (y la Reforma por ejemplo manifestó una fuerte oposición a dicha práctica), no está de más recordar que el propio Felipe II fue un ávido coleccionista de esas tonterías a las que dedicó un gran espacio en El Escorial.  

Y desde luego se insinúan de forma correcta contradicciones propias del período, como que pese a defender oficialmente una moralidad estricta y cerrada la Iglesia operase como dueña o cotitular de muchos prostíbulos de los que obtenía sustanciosos ingresos mientras pretendía colaborar así a mantener controlada y confinada en espacios específicos la lascivia. Parece increíble pero es rigurosamente cierto. 



Es real también la llamada Biblia del Oso, al final elemento clave en la resolución de la trama de la serie y quizás la primera traducción de la Biblia al castellano desde el hebreo y el griego, por tanto una interpretación de las Sagradas Escrituras quizás de superior calidad y fidelidad a las primeras traslaciones oficiales que se hicieron desde el latín. Aunque su creador no fue un personaje de ficción llamado Mateo, sino Casiodoro de Reina un religioso español convertido al protestantismo. Su fecha de publicación fue asimismo bastante anterior al marco cronológico y geográfico que se insinúa en la serie, en tanto que se publicó en Suiza en 1569 y no en Sevilla en torno a los años 90 de dicho siglo. Eso sí, al igual que el protagonista de la ficción televisiva, Casiodoro huyó de la ciudad perseguido por la Inquisición la cual tuvo que conformarse con quemar su imagen en un auto de fe.





Y sí, la Inquisición quemaba a gente en ese tipo de ceremonias públicas, como ocurrió en Sevilla en dicho siglo por ejemplo con los monjes heréticos de San Isidoro del Campo. Si bien los autos de fe finalizados en ejecuciones en la hoguera resultaban bastante esporádicos y para nada tan comunes como a veces la imaginación popular ha pretendido. Pero desde luego eso en parte se debió a que, aún espaciados en el tiempo, cumplían terriblemente bien su propósito “disuasorio” de cara al mantenimiento del “orden social”. 

En otro orden de cosas, algo interesante en la serie es el peculiar tratamiento de la fotografía e iluminación, ya que se intenta mediante diversos trucos reproducir “a lo Kubrick” la realidad de los interiores de la época iluminados solo por la luz natural (durante el día) o las velas (en la noche).


Desconozco si fue algo intencionado pero el tono de algunas escenas recuerda los cuadros de Georges de La Tour, un gran pintor barroco francés particularmente interesado por esa cuestión de los juegos de luces en espacios interiores en una época donde el tenebrismo imperaba en la pintura.





Es una mujer, las mujeres son seres mentalmente débiles, sus emociones nublan su escaso entendimiento, son de apetitos incontenibles, volubles, salvajes y poco fiables. Comprenda que si no son capaces de controlarse a sí mismas cómo vamos a dejar que gestionen un negocio. Su lugar está en su casa y sus virtudes son otras.

Y en relación con lo anterior llegamos a la cuestión de la situación de las mujeres y más en concreto la existencia de mujeres artistas, sobre todo pintoras.


Hoy sabemos que buena parte de la escena artística del Renacimiento estuvo ocupada por mujeres, sobre todo en Italia, caso de poetisas como Verónica Gambara, Vittoria Colonna, Tullia d´Aragona o Verónica Franco, músicas y compositoras como Laura Peverara o Tarquinia Molza y por supuesto pintoras. Solo en el s. XVI, época en que se ambienta la trama (en el s. XVII hay muchas más), encontramos que trabajaron Catharina van Hemessen, Lavinia Fontana, Clara Peeters, Fede Galizia o Esther Inglis. ¿Por qué estos nombres no nos resultan familiares y no suelen aparecer en los manuales de divulgación o los libros de arte? ¿quizás porque eran todas muy malas? No, simplemente por la misoginia propia no solo de la época sino de los primeros historiadores que sentaron las bases para analizar dichos períodos históricos, durante el s. XVIII o el XIX, y también debido a que muchas de esas mujeres se vieron obligadas en su momento a camuflarse bajo un pseudónimo masculino (como muy bien se nos muestra en la serie) lo que más adelante sirvió para perpetuar la confusión sobre su identidad y ocultarlas a los ojos de la historia del arte.

En ese sentido el personaje de Teresa Pinelo muestra interesantes similitudes con diversas pintoras del XVI y también del s. XVII (Josefa de Órbidos o Luisa Roldán), a destacar a mi juicio el caso de la italiana Sofonisba Anguissola,


famosa precisamente por crear un iconográfico retrato de Felipe II.


Será casualidad, además, pero muchas de esas mujeres pintoras del s. XVI y XVII dejaron para la posteridad cuadros basados en el mito de Judith (tal vez porque era un buen tema religioso que encajaba en la mentalidad del momento, pero que a la vez les permitía tratar una historia de su agrado como mujeres por todo lo que transmitía de empoderamiento representar una mujer valiente que asesina a un general enemigo con sus propias manos). Fijaros por tanto en estos dos cuadros pintados por Fede Galizia y Artemisia Gentileschi respectivamente. 



Y fijaros después en cual es la temática del primer cuadro que Teresa Pinelo firma con su propio nombre revelándose de esa forma ante el mundo como una mujer artista (y de paso autorretratándose de espaldas en el papel de la criada).






No obstante el punto que puede resultar más polémico es la imagen que da la serie de una ciudad, Sevilla, donde la población de criados y esclavos negros y musulmanes (sobre todo de origen morisco) era muy abundante en la época (más de 10.000 individuos de hecho).


Si bien hay que aclarar que la mayor parte de los esclavos utilizados en la Península eran empleados en el servicio doméstico como símbolo de prestigio y mecanismo de ostentación (el trabajo esclavo extenuante quedaba reservado para las plantaciones y haciendas del Nuevo Mundo las cuales se empezaron a multiplicar más adelante, sobre todo a partir de bien entrado el s. XVII, justo cuando la productividad de los yacimientos de oro y plata empezó a disminuir y hubo que buscar otras formas de sacar rentabilidad a las posesiones americanas a la vez que alimentar a la creciente población local del continente).



Pero eso no explica sin embargo la creencia generalizada, aún hoy, en un Imperio español no-esclavista por motivos religiosos cuando la verdad histórica es que resultó al contrario y el uso de la coerción a la hora de obtener mano de obra (a través de subterfugios en el caso de los indios americanos, ya que no se les podía esclavizar formalmente, o usando la esclavitud de facto en el caso de la población negra) resultó capital para la economía del Imperio de los Austrias casi en la medida en que lo fue para los romanos. Esto es un hecho, como lo fue en el caso portugués, y no deberían oscurecer el análisis de esta cuestión las valoraciones sobre si los ingleses o los franceses u otros hacían lo mismo o peor. Porque esa no es la cuestión. Sevilla fue, además de muchas otras cosas, un mercado de esclavos y no pasa nada por admitirlo. Lo contrario es intentar “blanquear” la historia cuando no nos gusta la imagen que proyecta sobre nuestros antepasados. 

Como digo la documentación sobre estas cuestiones es abrumadora a través de cuadros (de hecho Velázquez o Murillo usaron esclavos en sus talleres), testamentos (el de Américo Vespuccio refleja que poseía cinco esclavos en el momento de su muerte), obras literarias (de Lope de Rueda, Diego Sánchez de Badajoz o textos del propio Quevedo), testimonios de fuentes externas (como el caso del famoso indio norteamericano Squanto, clave en el éxito de los primeros asentamientos anglosajones en Massachusetts y que en su juventud llegó a Málaga para ser vendido como esclavo), etc. Hoy todos los especialistas aceptan esto (aunque resulta muy informativo que este conocimiento no se haya trasladado con demasiada celeridad o claridad a los libros de texto escolares, los cuales tienen como misión fundamental, no nos engañemos, fomentar el orgullo nacional a través de la narración de hechos pretéritos, no el darnos a conocer el pasado tal y como fue en casos donde eso puede interferir en la labor de aumentar el sentido de pertenencia grupal). Y yo en su día ya dediqué buena parte de una extensa entrada a ofrecer datos relacionados con este tema de la esclavitud de negros en el Imperio español y su papel notable en la gestación del mismo. 

Pero si alguien no se muestra convencido que nos explique, por ejemplo, la presencia en Sevilla de la Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo o Cofradía de los Negritos, también mencionada de pasada en la serie. 


Habla de usted del oro como si de eso dependiera el buen gobierno de una ciudad. Es todo lo contrario, somos gobernantes, no prestamistas o especuladores, nuestros intereses deben ser otros.

En lo tocante a los aspectos menos acertados en la serie (al margen de un guión un tanto endeble al servicio de la reconstrucción de época y las conocidas dificultades con la dicción del, por demás, voluntarioso Paco León), apenas mencionaría un par de detalles. Por ejemplo, aunque la plata tiene una gran importancia en la resolución del misterio que plantea la trama, en general no se transmite bien la idea de que el principal metal que llegaba de América y en el cual se basaba toda la economía del Imperio no era el oro sino la plata (que hasta dio nombre a regiones como Argentina pese a que allí no se encontró en cantidades importantes). En ese sentido en aquel tiempo el oro fluía sobre todo de la parte portuguesa del Imperio, tanto en África como en Brasil. 

En cuanto a la manufactura de añil que aparece en la serie, desconozco si está basada en alguna factoría que existió realmente pero desde luego nunca hubo en la Península Ibérica un núcleo de producción importante de dicho tinte, controlado por Francia sobre todo.


Sí es acertada en cambio la frase de uno de los personajes de la serie cuando dice cínicamente que “debe ser de las pocas fábricas sevillanas que exporta algo”. No es muy correcto usar la palabra “fábrica” para la época, pero la idea es certera. 

Porque más allá de todo lo narrado quizás lo más interesante de esta serie es algo que probablemente no pretendieron sus propios creadores. Me refiero a su potencial de cara a desmitificar en el espectador la imagen que puede tener en su cabeza acerca del momento álgido del Imperio de los Austrias.

Funciona entre el ciudadano español medio la idea de un siglo XVI brillante, bajo el mando de grandes gobernantes, seguido de un s. XVII de decadencia donde estarían la base de los problemas que más adelante afectaron a España como país. Nada más falso. Lo cierto es que hay que empezar a entender la gestación del Imperio “español” en base a sus peculiaridades, presentes desde el principio. Ninguna más significativa que el hecho de que fue una potencia militar y geopolítica construida, a diferencia de lo normal en otros grandes imperios de la historia, en torno a una economía profundamente endeble y subdesarrollada y, por tanto, los ciudadanos de uno de los Imperios más poderosos del momento vivían… mal, muy mal, abrumados asimismo por la omnipresencia de una ideología cohesionadora opresiva incluso para los estándares de la época. En ese sentido podría decirse que el Imperio español tuvo más parecidos con la extinta URSS que con la Inglaterra victoriana, de cara a formarse una imagen mental del mismo.


La dinastía imperial de los Austrias abrumada por su conservadurismo, su miopía política y su constante necesidad de financiación a corto plazo, aunque fuese a costa de grandes quebrantos a medio y largo plazo, priorizó desde el principio a la Iglesia y la nobleza en detrimento de la burguesía, consolidó la acumulación de la propiedad en unas pocas manos en lugar de estimular un reparto más equitativo de la tierra en torno a una clase de pequeños agricultores propietarios, y en último término favoreció la agricultura extensiva y la ganadería ovina en lugar de la agricultura comercial intensiva o la artesanía. Todo eso –sumado al desaforado gasto militar- desembocó con el tiempo en el estancamiento productivo y, en consonancia con lo anterior, desembocó en la gestación de una sociedad pobre y profundamente desigual y un sistema político y administrativo de tinte “federal” que en aras de mantener los privilegios de determinadas regiones y grupos sociales nunca fue capaz de implementar un sistema fiscal justo y eficiente. Eso, a su vez, dio lugar a un aparato del Estado sin recursos, siempre al borde de la bancarrota y dependiente de la financiación externa. Así como un orden social construido, a falta de un crecimiento económico, una mejora generalizada de las condiciones de vida, o un Estado eficiente que luchase contra la corrupción y garantizase una justicia equitativa, en torno a una ideología retrógrada basada en la “limpieza de sangre” y la represión de toda disidencia hasta unos niveles destacables incluso para lo habitual en la mentalidad de la época. 

En ese sentido hay que señalar que pese a que el antisemitismo o el esclavismo eran ideas generalizadas en el período, en pocos lugares de Europa occidental se llevaron tan el extremo diversas prácticas relacionadas por ejemplo con el mantenimiento de la teología católica a cualquier costo. Eso desembocó en que durante los siglos siguientes en otros países sociedades cada vez más prósperas, urbanas y enfocadas a la producción de bienes, despegaron hasta llegar a la revolución industrial (asentada en una previa revolución científica), la cual en España no fue posible por muchas razones: desde el hecho de que la mayor parte de la riqueza estaba concentrada en grupos sociales totalmente desinteresados por la mejora de sus propias posesiones o en la innovación de cualquier tipo (ya que su riqueza, que era mucha, provenía desde hacía generaciones de la guerra o la depredación de los más débiles y no de la buena gestión del patrimonio), hasta la presión sobre hombres de ciencias y universidades ejercida por la Iglesia y la Inquisición. Lo que desembocó en el s. XIX en una sociedad atrasada socioeconómica, política, tecnológica y culturalmente, de la que parten algunos desequilibrios y problemas que ese país sufre aún en el presente.

Pero, insisto, no debemos olvidar que en el fondo todo comenzó en gran medida en el s. XVI con las decisiones tomadas en ese momento capital de la historia hispánica cuando, pese a la llegada desde América de miles de toneladas de oro y plata, los dos reyes más “brillantes” de nuestra historia se las arreglaron para quebrar la Hacienda regia en tres ocasiones. Poca gente tiene en cuenta, cegados como están muchos historiadores por sus triunfos militares, que cuando Carlos I renunció al trono la mitad de la recaudación de impuestos en Castilla tenía que dedicarse íntegramente al pago de los intereses de lo que hoy llamaríamos como Deuda Pública. Y Felipe II lo que consiguió a su vez durante su extenso y “exitoso” reinado fue multiplicar por catorce (si, has leído bien, por catorce) la deuda ya de por sí monstruosa que le había dejado su padre. Todo un prodigio de buena gestión económica (concepto que nunca importó lo más mínimo a estos monarcas).

En vista de lo anterior uno no puede sino sentir cierta lástima por los descendientes de esos dos soberanos tan sobrevalorados pese a que arruinaron y despoblaron por completo uno de los reinos más ricos de Europa a finales del s. XV (Castilla) y desaprovecharon una auténtica lluvia de plata (con todas sus posibilidades de cara a financiar transformaciones e infraestructuras útiles) en aras de un proyecto de dominio europeo totalmente incoherente e irrealizable que se derrumbó solo unas décadas después.

Repito, cuando penséis en el Imperio español en su época gloriosa del s. XVI pensad en la URSS de Stalin. Una gran potencia política con los pies de barro y donde la gran mayoría de los ciudadanos vivían en la pobreza debido a que el Estado dedicaba la mayor parte de sus recursos al gasto militar, situación que se sostenía básicamente por los niveles de alienación imperantes. Sé que ahora os resulta difícil imaginarlo de ese modo, pero gracias a series de la calidad de La peste, quizás en el futuro vais a entender que las condiciones de vida en la etapa álgida del Imperio eran espantosas y empezaréis a replantearos ese período de la historia bajo unas premisas críticas y no patrióticas.