sábado, 2 de septiembre de 2017

El cuento de la buena pipa


Para que los bastardos lleguen al poder el pueblo solo tiene que hacerse a un lado y callar.

Castlevania “Necrópolis”





El mundo está casi lleno de países democráticos (al menos oficialmente). Vivimos en la era de hegemonía de la democracia como paradigma político. Pese a ello uno ha de admitir que a lo largo del planeta es posible encontrar democracias muy raras.

   Y es que, normalmente, al pensar en el funcionamiento de un sistema democrático presuponemos un cierto grado de alternancia en la cúspide del poder. De lo contrario pasado un cierto punto las elecciones periódicas solo sirven para legitimar el control del Estado por parte de unas élites plutocráticas o tecnocráticas que, argumentando limitarse a ejecutar los deseos del pueblo, se dedican a transmitirse década tras década, de forma endogámica y en beneficio propio, el control del gobierno. 

Pues bien ese fue durante mucho tiempo el caso de México, donde un partido como el PRI acumuló durante el siglo pasado victoria tras victoria en las “elecciones” durante más de setenta años. Mientras tanto en la India el Partido del Congreso ha gobernado en 49 de los más o menos 70 años de historia de la India como país independiente. En Sudáfrica el Congreso Nacional Africano ha ganado todas las elecciones celebradas en el país desde 1994 y además en todas ha obtenido más del 60% de los votos pese a sus problemas de corrupción endémicos. Y los anteriores no son los únicos ejemplos que se pueden encontrar en el planeta de partidos políticos que se confunden con el propio aparato del Estado que controlan con mano férrea. Claro que algunos dirán que me estoy centrando en países poco desarrollados.  

No obstante incluso los países modernos y “presentables” muestran a veces funcionamientos un tanto extraños en lo tocante a su sistema político. En Italia, antes de implosionar por sus problemas de corrupción e incluso connivencia con la mafia, la Democrazia Cristiana fue el partido más votado durante casi cincuenta años, prácticamente desde su creación hasta su desaparición a principios de los años 90 del siglo pasado, momento este último en el que en cierta forma traspasó el testigo a un movimiento de "regeneración" de la vida política encabezado por… Silvio Berlusconi.

Pero hoy quiero que nos fijemos sobre todo en el caso de Japón. Allí el Partido Liberal Democrático (una traducción a términos occidentales de su nombre original Jiyuminshuto o su apelativo más coloquial Jiminto) ha ostentado el poder casi de forma ininterrumpida (salvo durante cuatro años) desde 1955 hasta hoy. Debido a ello podría incluso discutirse si realmente la sociedad japonesa entendió y aceptó alguna vez el concepto de democracia idealizado en Occidente, o bien en su momento se limitó a complacer a los vencedores de la IIª Guerra Mundial, especialmente a los EE.UU., implantando en su territorio un sistema político formalmente similar a una democracia, aunque luego en realidad en Japón el grueso de la población se limite a usar las elecciones para “elegir” disciplinada y periódicamente a las mismas élites de siempre (bueno, a las mismas no, más bien a sus hijos y nietos) de cara a ocupar los puestos de dirección a la cabeza de la colmena. 

   Esta incómoda y un tanto bizarra cuestión, lejos de limitarse a dar sentido a la paranoia o los exabruptos de un bloguero insignificante como yo, ha generado una cierta literatura entre politólogos y sociólogos.

De tal forma conviene detenerse en un libro, publicado a finales de los años 80 por el periodista holandés Karel Van Wolferen, titulado en castellano El Enigma del Poder Japonés.

Contextualicemos. Los años 80 eran la época en que todo el mundo pensaba que, ante el declive de la ya por entonces moribunda URSS, Japón sería la próxima gran potencia capaz de discutir la supremacía estadounidense en el mundo. Por ello abundaban las publicaciones analizando el “milagro” japonés así como las peculiaridades de su sistema socioeconómico e industrial (por ejemplo muy poco después se publicó El caballo de Troya japonés, de Barrie G. James, otro libro emblemático sobre esas cuestiones). Por supuesto, como todos sabemos, hoy tal moda ha sido sustituida por los debates y análisis sobre China, el vecino gigante de Japón. Pero esa es otra historia.

Sigamos. Lo que más llama la atención del estudio de Wolferen es que no se centraba tanto en cuestiones puramente económicas o financieras como en analizar el caparazón político y cultural que envuelve a todo lo anterior. En concreto su análisis de las peculiaridades de esa maquinaria que es el sistema político japonés planteaba un conjunto de ideas inquietantes.

A ese respecto, siempre según la opinión de Wolferen, la parte visible, es decir la que se escenifica de cara a los ciudadanos a través de las discusiones públicas y las elecciones periódicas, constituiría en realidad apenas un decorado delante del que diversos grupos de burócratas y élites empresariales, los auténticos dirigentes del país, dirimen sus enfrentamientos a través de una serie de rituales y reglas más o menos preestablecidas. Reglas no escritas. Por tanto, de cara a comprender cómo funciona de verdad el “sistema” político y sus lazos con los grandes intereses económicos que lo mueven desde la sombra, todo análisis que se quede en la lectura de sus leyes o su Constitución apenas estaría tocando la superficie, como la cortina de un teatro detrás de la que se realiza la representación, la cual además no deja de ser sino eso, una representación pensada para entretener y distraer al público.

Además un aspecto particularmente interesante del trabajo de Wolferen es sin duda su opinión sobre el funcionamiento de la prensa japonesa y sus lazos con el poder político. A fin de cuentas el periodista holandés, de cara a sostener la veracidad de su teoría, se vio obligado a explicar una aparente incoherencia: si supuestamente el sistema político japonés se halla completamente corrompido y además los intereses que lo controlan también ejercen su influencia en los consejos directivos de todos los medios importantes de televisión y prensa… ¿cómo es que periódicamente en tales medios se publican informaciones revelando “escándalos” que a veces cuestan carreras políticas? Parece una incongruencia. ¿Verdad?  

De cara a comprender lo anterior hay que tener en cuenta que según Wolferen el conglomerado de intereses financieros y empresariales que mueven el “sistema”, así como el conjunto de políticos que viven de venderse a dichos intereses y encargarse de orientar el aparato estatal en la dirección más favorable a los mismos, no conforman una unidad perfecta. Como no podía ser de otra forma nadie en concreto maneja los hilos de la “conspiración”, ni hay un único jugador en la mesa. El poder en Japón no es ejercido por una familia, movimiento, secta o grupo concreto, sino que es el resultado de las luchas entre diversos actores pugnando en función de diversos intereses y estrategias particulares. 

De tal forma lo que el ciudadano medio aprecia a través de los mass media y más en concreto a través de la prensa, serían las consecuencias de las peleas intestinas entre la gente que importa de verdad. Peleas e intereses invisibles a los ojos del individuo común.

Es por ello que para Wolferen la prensa japonesa no tendría como misión informar realmente, ni generar auténticos debates dando cabida a ideas u opiniones que cuestionen de verdad un cierto consenso general. Al contrario. Todas las “voces autorizadas” en realidad hablarían siempre, en el fondo, como una sola voz, excepto en lo tocante a unas pocas “controversias” periódicas, siempre de menor calado, gracias a las cuales se escenificarían ante los futuros votantes las teóricas diferencias entre las opiniones políticas autorizadas.

Solo de cuando en cuando esa calma es rota por la revelación de grandes “escándalos”. Pero en realidad esos escándalos no son tales en tanto que, desde mucho antes de ser revelados ante la opinión pública, todo el espectro del poder, la prensa incluida, conocería la verdad. Simplemente de vez en cuando, como consecuencia de las disputas entre grupos de poder, o la caída en desgracia ante sus compañeros de alguna figura política, la prensa es “autorizada” a revelar lo que todo el mundo sabe, para así certificar el final de la vida política de tal o cual personaje que deja de ser poderoso o siquiera necesario.

Por esa razón cuando un escándalo estalla, durante los días y las semanas siguientes a ese momento, el público es sometido a una auténtica avalancha de información salida de golpe de no se sabe dónde, la cual posiblemente llevaba almacenada en dossieres mucho tiempo, años en algunos casos, esperando el visto bueno y la oportunidad para ser publicada.
  
Todo esto me interesa porque Wolferen plantea un modelo de “sociedad democrática avanzada” según el cual la prensa, e incluso se podría teorizar que también el aparato judicial, no funcionarían ni mucho menos como poderes independientes, sino que operarían en realidad como meros tentáculos de una maquinaria mucho más compleja al servicio de los grandes intereses que gestionan (bien o mal) el país. De esta forma la revelación de "escándalos" por parte de la prensa, o la persecución judicial de algunas corruptela dentro de la clase política y empresarial, no constituirían una prueba de la salud del sistema sino todo lo contrario. 

   Es decir, la prensa y el aparato judicial no se dedicarían a jugar un papel de árbitros o de guardianes independientes del sistema, sino que en realidad (de forma consciente o no) funcionarían al servicio de las luchas de poderes e intereses en la cúspide del mismo, constituyendo por tanto meras herramientas o armas en las disputas entre unos grupos y otros. En determinados "sistemas democráticos" la opinión de periodistas, jueces y de los ciudadanos no constituye por tanto la esencia del mecanismo sino solo una pieza, a veces reemplazable, dentro de un engranaje muy complejo. A su vez el juego político se convierte así en la trama de una obra de teatro pensada para escenificar de cara al público cambios en las estructuras y las relaciones de poder entre grupos de burócratas, tecnócratas y hombres de negocios que, por otra parte, operan como auténticos clanes mafiosos, pero –y esto es muy importante de cara a las apariencias- sin recurrir a la violencia explícita, utilizando en cambio las reglas y mecanismos “del juego democrático” para eliminarse entre sí mientras el resto de la sociedad asiste al espectáculo, en silencio, ignorante del auténtico sentido de la obra de teatro que se desarrolla ante sus ojos, o bien impotente para hacer algo al respecto.

Y llegados aquí yo me pregunto. ¿Esto os suena?. ¿Se os ocurre algún país europeo donde como mínimo es posible pararse a pensar si algo similar podría estar ocurriendo, en este caso no en torno a un único partido dominante sino a un conglomerado de ellos? Porque a mí se me viene a la cabeza uno muy concreto. 

En cierta forma siento además que la historia política reciente de ese país en el que estoy pensando me recuerda los momentos de mi infancia en que mi padre me contaba el "cuento de la buena pipa". Veréis. Yo de pequeño adoraba a mi padre y nada me gustaba más que cuando al terminar el día me contaba algún cuento o alguna historia de su juventud, historias casi siempre inventadas o un poco exageradas. Me encantaban. Pero algunas noches, cuando yo me mostraba demasiado impaciente y él acaba de llegar de trabajar muy cansado y de mal humor, ocurría algo diferente. Él empezaba a preguntarme "¿quieres que te cuente el cuento de la buena pipa?". Yo respondía que sí, por supuesto. Y él solo volvía a preguntar: "...que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa". Y yo, un poco molesto, le decía que sí nuevamente. A lo que él respondía repitiendo exactamente la misma pregunta como si no me hubiese escuchado. Así hasta que me enfadaba y eventualmente, tras repetir el ciclo nueve o diez veces, me cansaba y me daba por vencido. 

En fin. Todo es opinable pero a título personal cada vez estoy más convencido de que nos tienen calados, amigos. No son solo los chinos, o los polacos, me temo que a estas alturas nos han cogido el truco en todas partes. También en Japón.

Puta vida.


miércoles, 16 de agosto de 2017

La lucidez


Hay una misión, un mandato, que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado pero yo espero que ustedes como maestros se la impongan a sí mismos: despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites. Sin piedad. Porque la lucidez es un don y es un castigo. Lúcido viene de Lucífero, que es asimismo el nombre del arcángel rebelde. El demonio. Pero también se llama así al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. El bien y el mal todo junto. El placer y el dolor. Por eso la lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer cuando se tiene, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez.

Federico Luppi, “La lucidez”





Karl von Ossietzky nació en Hamburgo en 1889, en el seno de una familia de clase media pese a lo que pueda sugerir el “von” del apellido. Aunque fue un mal estudiante desde muy joven empezó a trabajar como periodista, convirtiéndose pronto en una de las escasas voces que manifestaron una actitud pacifista y antimilitarista en Alemania en los años previos al estallido de la I Guerra Mundial. De hecho en 1913 se casó con una sufragista británica de buena familia.

Durante la Gran Guerra fue movilizado y las matanzas que presenció le sirvieron para afianzarse aún más en sus opiniones. Por ello en los años de la posterior República de Weimar fue ganando notoriedad como intelectual comprometido con el experimento democrático en la Alemania de entreguerras, todo ello en un momento en el que el país se desgarraba por los enfrentamientos entre los partidarios de modelos políticos más extremistas tanto por la izquierda como, sobre todo, por la derecha.

En 1927 se convirtió en editor jefe del periódico Die Wetbühne y dos años después publicó en dicho periódico un artículo explicando cómo el Ejército alemán estaba incumpliendo las limitaciones al rearme impuestas por el Tratado de Versalles (cambios en esa dirección empezaron a producirse en el seno de las Fuerzas Armadas teutonas mucho antes de la toma del poder por parte de Adolf Hitler). Debido a ello dos años más tarde Ossietzky, como director del periódico, y Walter Kreiser, el reportero que había firmado el artículo, fueron oficialmente procesados y condenados por “traición y espionaje”. Resulta interesante anotar que lo anterior ocurrió no porque lo que escribieron fuese mentira sino precisamente por todo lo contrario, es decir se les sancionó como consecuencia de contar la verdad sobre prácticas ilegales de su propio Gobierno.

Tras ello Kreiser logró escapar del país y moriría en el olvido en Brasil décadas más tarde. Pero Ossietzky no era de los que huían así que fue arrestado y enviado a prisión. Tras cumplir su primer año de condena, más o menos a finales de 1932, fue amnistiado debido a la presión internacional. Desgraciadamente pocas semanas después Adolf Hitler se convirtió en Canciller del país. Ossietzky fue en aquellos momentos clave una de las pocas figuras intelectuales que, pese a ello, criticó abiertamente en público la deriva totalitaria y antisemita del sistema político alemán. Como consecuencia, a finales de febrero, volvió a ser arrestado y enviado a uno de los primeros campos de internamiento donde los nazis por aquel tiempo empezaban a purgar a sus oponentes políticos.  

Allí sufrió todo tipo de privaciones y maltratos que deterioraron gravemente su salud aunque su situación no se convirtió en tema de debate hasta que en 1936 se le concedió el Premio Nobel de la Paz. Esto último a pesar de las tremendas presiones en contra llevadas a cabo por el Gobierno nazi.

De hecho me interesa señalar aquí un detalle. Una de las figuras de la época que se mostraron partidarias de no “molestar” a los nazis con la “afrenta” de premiar a Ossietzky fue precisamente el rey Haakon VII de Noruega. Lo comento porque vivimos en tiempos patéticos en los que abundan las series de televisión y las películas dedicadas a lavar la imagen de la monarquía en diversos países. Y resulta que hace no mucho pasó por las carteleras The kings choice un producto hagiográfico dedicado a glosar la talla como héroe nacional y estadista de dicho monarca.

Sigamos. La domesticada prensa alemana de la época ocultó a la opinión pública la concesión del galardón a Ossietzky, cuya salud se deterioraba a marchas forzadas producto de su cautiverio. Hasta que finalmente a comienzos de mayo de ese mismo año, 1936, murió en un hospital custodiado por la policía del Régimen a los 49 años de edad.

Pero su historia no acabó ahí. En 1992 descendientes y simpatizantes de su olvidada figura (de hecho la única película sobre su vida se rodó en la antigua RDA, es decir en la Alemania comunista) intentaron que el Gobierno alemán revocase la condena emitida por los tribunales alemanes contra él en 1931.

No lo consiguieron. A efectos prácticos aún en la actualidad se considera que el veredicto fue ajustado a Derecho. Y punto. 

Tres años antes de esto último en China se produjeron los sucesos de Tiananmen en cuyo final resultó clave un joven profesor de literatura de 33 años por entonces, quien, entre otras cosas, persuadió a cientos de estudiantes de abandonar la plaza antes de que se desatase la represión que costó la vida a un número, todavía hoy, indeterminado de personas.

Aquel profesor se llamaba Liu Xiaobo y el pago por su osadía consistió en ser expulsado de su trabajo en la Universidad, detenido, condenado por “propaganda contrarrevolucionaria e incitación a la revuelta” y finalmente ver como la publicación de sus libros quedaba prohibida en China.

Unos meses después fue liberado tras aceptar firmar un documento en el que se “arrepentía” de su comportamiento, sin embargo para entonces la que era en aquel tiempo su esposa, Tao Li, cansada de las privaciones y de vivir con miedo, le dejó llevándose a su hijo con ella a los EE.UU.

En 1995 fue detenido nuevamente y mantenido en arresto domiciliario nueve meses. Tras ser fugazmente liberado, al año siguiente, fue enviado a un campo de trabajo durante tres años por “alterar el orden público” con sus escritos. Allí se casó con la pintora y poeta Liu Xia. 

A finales de 2008, poco después de los JJ.OO. de Beijing que tan buena imagen de China proyectaron al mundo (demostrando una vez más que vivimos en una era donde lo que importa fundamente es la imagen pública proyectada antes que la realidad profunda de los hechos) Liu Xiaobo impulsó la redacción de Charter 08, un manifiesto de intelectuales abogando por una mayor libertad de expresión y mayor respeto por los derechos humanos en el gigante asiático. Liu intentó asimismo difundir dicho manifiesto a través de Internet lo que fue rápidamente detectado por las agencias de seguridad del gobierno Chino. Como consecuencia Liu fue nuevamente detenido dos días después, mantenido en paradero desconocido durante medio año y finalmente condenado por “aprovechar Internet para calumniar al Gobierno e incitar a la subversión”.

Tras todo esto su situación despertó la atención internacional por lo que se le concedió el premio Nobel de la Paz en 2010. Lo que no evitó que el día 13 del mes pasado Liu muriese bajo custodia policial por culpa de un cáncer de hígado desarrollado quizás como consecuencia de una hepatitis mal curada durante su encarcelamiento.

Desde entonces su mujer, Liu Xia, permanece confinada en su domicilio sin recibir visitas no autorizadas ni acceso a Internet o a la televisión, pese a que no ha cometido delito alguno.

Hoy como ayer. 

    Es el precio de la lucidez. 

sábado, 22 de julio de 2017

Horteras... pero magníficos


Ser hermosa es estar casi muerta, ¿no es así?. La laxitud de la mujer perfecta, la comodidad lánguida, la reverencia, de espíritu vacío, anémica, pálida como el marfil y débil como un gatito.

“Penny Dreadful”, capítulo séptimo de la primera temporada.


No solo forma parte del amplio grupo de mujeres con las que me acostaría sino que también está entre el mucho más reducido grupo de aquellas sobre las que me gustaría masturbarme.

“Taboo”, episodio quinto de la primera temporada.






Los prerrafaelitas fueron un movimiento pictórico creado en Inglaterra en 1848 y que sobrevivió oficialmente apenas unos cinco años. Nacieron como grupo artístico en torno a la idea de imitar las maneras de la pintura renacentista previa a la irrupción de Raffaello Sanzio (1483-1520) y de ahí el nombre que adoptaron sus integrantes. En relación con lo anterior su objetivo era inspirarse en la estética de la pintura del Quattrocento italiano e incluso de la pintura gótica y a partir de ello dedicar sus esfuerzos prioritariamente no a la plasmación de temas religiosos, como había sido habitual en aquellas épocas artísticas, sino a la ilustración de temas mitológicos relacionados con la antigüedad clásica y a dotar de vida composiciones de acusado romanticismo ambientadas sobre todo en una fantasmagórica Edad Media recreada en función de esquemas procedentes del pensamiento romántico contemporáneo.

De cara a todo lo anterior los prerrafaelitas se nutrieron en muchos casos de material literario a la hora de extraer inspiración para su pintura, por ejemplo del Hamlet de Shakespeare y particularmente el personaje de Ofelia. Asimismo los prerrafaelitas también reflejaron en sus cuadros diversas leyendas griegas (sobre todo las relativas a sirenas, ninfas y lamias, aunque dibujándolas con formas mucho más sexualizadas de las que les atribuía la mitología antigua) y sobre todo prestaron una gran atención al ciclo artúrico (muy en especial a la versión del mismo recopilada por Thomas Malory en el s. XV) y a la poesía romántica inglesa de principios del s. XIX (Keats, Coleridge) a destacar The Lady of Shalott de Alfred Tennyson (1809-1892), obra que unía todo lo anterior al girar en torno al mito de una mujer que muere producto de su amor no correspondido por sir Lancelot.

De tal forma los prerrafaelitas resultan muy reconocibles no tanto por su técnica (que varió de unos integrantes del movimiento a otros) como por las peculiares temáticas de sus cuadros, por su clarísima deuda con la literatura, especialmente la poesía, y en última instancia debido al singular modelo de mujer que casi siempre aparece en sus pinturas. A este último respecto los prerrafaelitas se mostraron obsesionados con plasmar un ideal de belleza un tanto contradictorio, no en lo físico (de forma invariable optaron por representar pálidas y delgadas jóvenes de larga cabellera), pero si en lo psicológico, al mezclar ninfas casi anoréxicas y sumisas damas medievales con orgullosas sacerdotisas y poderosas y amenazantes criaturas mitológicas de sexo femenino. Todo un conjunto de obsesiones e incongruencias que ofrecen un festín para el análisis en clave freudiana. 


A mi modo de ver se trata de un movimiento pictórico muy interesante por considerarse a sí mismos una vanguardia antiacadémica y actuar como tal, pero hacerlo en una línea (proclive a la pintura figurativa e historicista) opuesta a la que seguirían poco después otra serie de vanguardias en Francia las cuales marcarían el tránsito hacia la pintura del s. XX caracterizada por el triunfo de la abstracción.

Por otro lado los prerrafaelitas, aunque se disolvieron pronto, al menos en Inglaterra llegaron a poseer gran influencia hasta entrado el s. XX, gracias a lo cual son un movimiento bastante a tener en cuenta debido a la ascendencia que lograron sobre un variopinto cúmulo de grandes pintores y escultores británicos previos a la Primera Guerra Mundial.

A veces denostados e ignorados, parte de su producción hoy es valorada como un tanto kitsch, (admitámoslo, al igual que los pompiers franceses, pintaron algunos cuadros que parecen especialmente pensados para decorar palacios sevillanos)


Aún así, poseen pese a todo un cierto trasfondo hípster que a mi modo de ver los convierte en muy recuperables en la actualidad. De hecho de vez en cuando se reconocen ecos de su obra en productos audiovisuales del presente. Por ejemplo en películas con temática de época donde se intuye que los directores de fotografía o de vestuario se han inspirado parcialmente en cuadros de autores pertenecientes a esta corriente, caso de la reciente Maraviglioso Boccaccio de los hermanos Taviani. 


    Por si fuera poco a título personal siento una gran conexión con este movimiento debido a razones íntimas que exceden el marco de lo puramente estético. A fin de cuentas a mediados del s. XIX Inglaterra se encontraba en plena expansión económica y política. Allí, como en la mayor parte de países de su entorno, la sociedad burguesa e industrial triunfante, convencida de la idea de progreso, comenzaba a mirar al futuro segura de sus fuerzas. En paralelo a lo anterior los artistas buscaban nuevas formas de expresión cada vez más desvinculadas del arte pretérito (e incluso del arte occidental en general, sorprendidos como se encontraban por las formas del arte japonés o el africano los cuales empezaban a conocerse en Europa por entonces). Y de repente en el seno de la Inglaterra fabril surgió una camada de inadaptados que no estaban interesados en el supuestamente luminoso futuro por llegar y rechazaban asimismo el mundo urbano e industrial en el que vivían, el cual consideraban deslucido e insípido. Por el contrario ese grupo de incomprendidos volvieron su mirada hacia el pasado. Un pasado que además no se atrevían a mirar de frente, dejándose en cambio seducir por ensoñaciones y fantasías acerca de valientes caballeros, lúbricas ninfas y hermosas y castas damas envueltas en vestidos vaporosos, todo ello en aras de una infantil y desesperada huida de la realidad en última instancia condenada al fracaso.  

   Y yo, de habitual un tipo frío y partidario de usar la lógica, me siento extrañamente identificado con ello. Porque, en el fondo, lo que yo realmente deseo es ser un excéntrico y tener un wombat de mascota. Por esa razón hoy pienso dedicar una galería a mostraros una pequeña selección de las principales obras prerrafaelitas, sobre todo aquellas más reconocibles entre las pintadas por los creadores de la hermandad: Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), John Everett Millais (1829-1896) y William Holman Hunt (1827-1910). Asimismo añadiré a tal recopilación unos pocos cuadros procedentes de algunos de mis autores favoritos entre los muchos que manifestaron vínculos o influencias prerrafaleitas en su producción, especialmente Frederic Leighton (1830-1896) y John William Waterhouse (1849-1917). 

   [Como siempre dando click en la imagen podéis observarla a mayor tamaño y si dais a guardar debería aparecer por defecto información sobre el autor de la obra y el título de la misma].




















 

jueves, 6 de julio de 2017

L´Art Pompier


Te prometo que en la exposición no habrá ninguna de esas espeluznantes mujeres desnudas de la Polinesia francesa que mostraron el año pasado. Estrictamente floreros con lirios y paisajes marinos o similares. Creo que los organizadores aprendieron una dura lección.

“The Knick”, episodio octavo.




En castellano el título de esta entrada podría traducirse en algo así como “Arte Bombero” en base a un juego de palabras dentro del idioma francés que en su origen aludía a las pinturas de Jean Louis David. La explicación es que en los cuadros de David aparecían frecuentemente soldados ataviados con cascos similares a los que por aquellos tiempos usaban los primitivos equipos de bomberos en el país galo, un hecho que no pasó desapercibido para los detractores de las obras de David y de sus imitadores o discípulos. Por todo ello con el tiempo el uso del término pompier en el campo de la crítica de arte derivó dentro de Francia en una forma de referirse despectivamente a los clichés que solían aparecer en las pinturas historicistas en general. Además en el idioma francés dicha palabra, cuando la usamos como adjetivo y no como sustantivo, significa ni más ni menos que "pomposo”. Y todo ello junto explica por qué ese apelativo degradante se popularizó, evidentemente gracias a sus críticos, de cara a denominar un tipo de pintura académica francesa decimonónica centrada en temas históricos y alegóricos. 

   A fin de cuentas las anteriores eran temáticas que empezaban a dejar de estar de moda en Francia por entonces (al contrario que en Inglaterra donde ese tipo de pintura continuó más tiempo vigente). Hay que tomar en consideración asimismo que a medida que el s. XIX avanzaba aproximándose a su final también la técnica empleada por los pintores pompiers comenzaba a ser considerada obsoleta entre sectores de la crítica de arte debido a la influencia tanto de los pintores realistas de aquel tiempo, centrados en temáticas sociales, como de algunas vanguardias, fundamentalmente los pintores impresionistas. De tal forma al mencionar el Art Pompier hablamos de un tipo de arte eminentemente académico, orientado hacia el consumo burgués y que ya en su momento era valorado como pretencioso o presuntuoso por buena parte de su público potencial.  

Sus principales exponentes fueron Alexandre Cabanel (1823-1889) y William Adolphe Bouguereau (1825-1905). Junto a ellos podríamos considerar también como integrantes de este grupo a otros pintores historicistas y academicistas franceses del período, sobre todo algunos interesados en la temática orientalista, caso de Gustave Boulanger (1824-1888) y sobre todo de Jean Leon Gerome (1824-1904). Con la particularidad de que varios de ellos eran a su vez discípulos de Paul Delaroche (1797-1856) un pintor muy interesante porque su obra en parte fue una síntesis de la pintura neoclásica y la romántica.

No obstante, de cara a entender la inquina que en paralelo a su éxito llegó a despertar la obra de estos autores, necesitamos saber algunas cosas sobre el llamado Salón de París, una exposición de arte organizada anualmente por la Academia de Bellas Artes de París a partir de 1725. Casi desde entonces y hasta finales del s. XIX el Salón de París fue el acontecimiento artístico más importante del mundo, el que marcaba las tendencias y consagraba o hundía carreras de pintores. Ahora bien, avanzado el s. XIX cada vez resultó más claro el conservadurismo de los artistas que resultaban premiados en el Salón y, por consiguiente, el propio conservadurismo de la Academia de Bellas Artes a la hora de escoger tanto a los artistas con derecho a exponer sus cuadros en el certamen como a los premiados al final del mismo.

Muy significativo resulta el año 1863 durante el cual el jurado del Salón (presionado por Cabanel y Bouguereau) rechazó un número inusualmente alto de obras y en especial todas las de Manet. Como resultado hubo protestas y se creó un Salon des Refusés (Salón de los Rechazados) cuya inauguración el 17 de mayo de 1863 marcó el nacimiento de las "vanguardias". A partir de ahí, durante la siguiente década, los pintores "impresionistas" empezaron a celebrar sus propias exposiciones públicas. De esta forma el malestar con la Academia y su control del Salón de París llevó a que en 1881 el Gobierno francés retirase el patrocinio oficial al Salón. Como respuesta se formó una Société des Artistes Français para que se hiciera cargo de recoger el testigo, si bien la mayor parte de sus integrantes eran pintores académicos bien relacionados, lo que por tanto no contribuyó a calmar el malestar de aquellas escuelas de pintura que se sentían excluidas o menospreciadas.

Por todo ello en diciembre de 1890 el líder de dicha Société, William-Adolphe Bouguereau, se vio obligado a plantear la idea de que el Salón debía ser una exposición de artistas jóvenes, aún no premiados. Pero Ernest Meissonier, Auguste Rodin y otros rechazaron su propuesta, se escindieron y crearon a su vez la Société Nationale des Beaux-Arts (“Sociedad Nacional de Bellas Artes”) que desde 1899 organizó su propia exposición, llamada Salon de la Société Nationale des Beaux–Arts y, abreviadamente, Salon du Champs de Mars.

Posteriormente, a finales de octubre de 1903, un grupo de pintores y escultores liderados por Renoir y Auguste Rodin organizaron el Salón de Otoño (Salon d'Automne) contando asimismo con la colaboración de artistas como Matisse. Los primeros éxitos de la iniciativa fueron una exposición sobre Gauguin ese mismo año y otra que dio a conocer el Fauvismo en 1905, seguida de una exposición en torno a la obra de Cézanne en 1907, hasta culminar todo ello en la exposición de 1910 que sirvió para familiarizar al público con el Cubismo.

  En ese momento podemos considerar que se completó un proceso. La Academia de Bellas Artes y a través de ella el Salón de París habían estado controlados casi desde su fundación por unas élites intelectuales esencialente conservadoras, no solo en cuanto a su ideología política sino también respecto a su visión sobre el arte. Por ejemplo Alexandre Cabanel, que era uno de los artistas preferidos de los emperadores Napoleón III y Eugenia de Montijo y un enemigo jurado de Manet, fue en 17 ocasiones miembro del jurado del Salón de París del cual recibió la medalla de honor en tres ocasiones, en 1865, 1867 y 1878.

Pues bien, durante la segunda mitad del s. XIX dichas élites artísticas intentaron desde su posición de privilegio obstaculizar el ascenso de diversos creadores jóvenes (a los que se referían con desprecio usando el apelativo de barbouilleurs o "embadurnadores") los cuales hacían gala de un nuevo estilo de pintura y en general de una visión distinta de la pintura completamente alejada de los postulados académicos tradicionales. El mismo Cézanne cuando fue rechazado de la convocatoria anual de la Academia manifestó haber sido “excluido del Salón Bouguereau”.

Pero ese intento de frenar lo inevitable fracasó y con el tiempo esos nuevos movimientos artísticos crearon sus propios certámenes a través de los cuales exponer sus obras y así poco a poco lograron hacer calar sus ideas entre público y crítica.

En todo caso, a mí, estos últimos artistas, hoy más conocidos y respetados, ni me gustan ni me interesan. Así que en este caso concreto, y sin que sirva de precedente, voy a manifestar que mis simpatías se decantan por un montón de rancios machistas pretenciosos, clasistas y ultraconservadores que, pese a todo, pintaban cosas que a mí me gustan. Y como este es mi blog y con él hago lo que quiero pues os dejo con una selección de imágenes de algunos cuadros de esta gente. Estos “pomposos” perfectamente incrustados en el “sistema” que se dedicaban a pintar mujeres desnudas y escenas históricas grandilocuentes e impolutas completamente al margen de la realidad social o de los movimientos más modernos y de vanguardia de su tiempo. Cuadros en algunos casos especialmente del gusto de mafiosos rusos o dueños de burdeles extremeños, lo admito.



Pese a todo la obra de muchos de esos autores, en su tiempo reputados pero más adelante vituperados por la crítica de arte del s. XX, está recuperando hoy en día cierta valoración, a lo cual yo pretendo contribuir desde mi patética insignificancia. En relación con ello os dejo, bajo estas líneas, una pequeña selección de obras de Paul Delaroche, que es el precedente directo de muchos de esos autores que me interesan, así como algunas imágenes de obras de Bouguereau, Boulanger, Cabanel o Couture, y finalmente también algunos cuadros que todavía no os había enseñado de Jean Leon Gerome. A ese respecto diría que Ingres-Delaroche-Gerome son mi Santa Trinidad de la pintura francesa del XIX. Por eso en parte espero que os guste la galería de imágenes que he preparado.   

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