jueves, 16 de noviembre de 2017

Puturrú de Fuá


La verdad es una mierda porque no va a ayudarte y si no te metes eso en la cabeza ahora mismo… a la mierda el resto de tu vida.

The night of, “Subtle Beast” 


                       


Hoy toca reaccionar de forma urgente a una noticia de actualidad. Ayer esta pintura de Leonardo da Vinci que podéis ver debajo de estas líneas se vendió por 382 millones de euros. Casi nada. 


Es muy bonita y desde luego hemos de tener en cuenta que se trata de un da Vinci, pintor emblemático del que apenas se conservan docena y media de obras, pero aún así el precio parece desorbitado. Según muchos expertos este cuadro en concreto es de mala calidad, en la medida en que ni es una de sus obras magnas ni la mayor parte de la pintura que se puede observar a simple vista es genuina ya que es producto de restauraciones modernas realizadas debido al fuerte deterioro acumulado por la obra al llegar el s. XX.  

En cualquier caso el cuadro pertenecía al magnate ruso Dmitry Rybovlev, dueño entre otras cosas del Mónaco Club de Fútbol. Rybovlev la compró hace cuatro años por 108 millones de euros y ahora la ha revendido casi por tres veces y media el ya desorbitado precio que pago entonces.

¿Cómo una obra ha podido revalorizarse tanto en tan poco tiempo? Simple, de cara a "colocar" su pintura el avispado Rybovlev exigió venderla al mejor postor en el transcurso de una subasta de arte “contemporáneo” y no rodeada de cuadros de su propia época porque, conocedor de lo que está pasando desde hace tiempo no ya en el mercado del arte en general sino en ese submercado concreto, Rybovlev prefirió ofertar su posesión en ese tipo de subasta más “loca” en el que cada vez está más claro que operan oscuros intereses.

                      

Yo también hace tiempo que vengo comentando que pasan cosas raras en ese submercado y en las subastas de arte en general. Desde luego las últimas tendencias indican que una vez deforestado el monte completo los tentáculos de los especuladores comienzan a moverse hacia otros estilos y géneros con la intención arañar las últimas ganancias antes de que un año de estos explote la burbuja. Aunque, quien sabe, quizás la tómbola seguirá funcionando mucho tiempo. Todo depende de la estupidez de la gente y todo en los últimos tiempos invita a pensar que esta es mucha más de la que incluso los más pesimistas creíamos. 

domingo, 22 de octubre de 2017

Mátalos suavemente


La reina de las ciudades. Los mármoles y los oros, el exceso de los templos y los palacios justo al lado del barro y la mugre. La más negra miseria junto al esplendor absoluto. Yo amé esa villa, con sus contrastes, sus malos olores y sus perfumes, los gritos y el trasiego incesante de las multitudes a través de calles sombrías. Yo saboreé los placeres de la inmensa ciudad a la que el mundo entero deseaba parecerse.

Isabelle Dethan, “Les ombres du Styx”




Muchos especialistas sobre el Imperio romano han puesto por escrito sus dudas acerca de que tal vez algo no marchaba del todo bien dentro de esa civilización. Y con lo anterior no me refiero exclusivamente a problemas sociales o políticos sino a que algunos investigadores han planteado asimismo cuestiones puramente médicas y químicas de cara a intentar explicar el declive del mundo romano a través de estudios científicos supuestamente objetivos.

En un primer momento ese tipo de teorías se centró en la alta presencia de plomo, un metal bastante tóxico, en la civilización romana. Eso es algo corroborado por diversos estudios realizados a restos inhumados en cementerios romanos, ya que tras analizar huesos de individuos del período se han llegado a encontrar niveles de plomo entre tres y cinco veces más altos que los presentes en un ciudadano de época actual. La explicación para dicha anomalía se basa en que los romanos utilizaron ese material a gran escala para fabricar tuberías y por tanto se ha propuesto como hipótesis que a través de las canalizaciones de agua gran parte de la población de las ciudades habría quedado expuesta un envenenamiento por plomo.

A lo anterior hay que unir el uso que los romanos daban al plomo también para la fabricación de pinturas y cosméticos. A lo que habría que añadir asimismo otra peculiaridad romana un tanto extraña. Y es que los antiguos griegos ya sabían que el agua como tal es muy peligrosa y en ocasiones llena de bacterias dañinas para nuestro organismo, razón por la cual la mezclaban con vino, algo que hoy puede parecernos absurdo pero que en realidad en unos tiempos donde no existían medidas de desinfección y potabilización del suministro público de agua tenía en realidad todo el sentido del mundo. El problema es que los romanos, en cierta forma herederos de los griegos y todavía más compulsivos en cuanto al consumo de vino, recurrieron a diversos sistemas para “endulzar” dicho licor mediante el plomo.

Debido a todo ello en su conjunto, y dado que las pinturas en las villas, el uso de cosméticos y sobre todo el elevado consumo de vino “endulzado” eran propios sobre todo de las clases altas, el crónico envenenamiento por plomo podría explicar por ejemplo la con el tiempo cada vez mayor presencia de problemas mentales, gota y esterilidad en las grandes familias patricias romanas de época imperial.

Por supuesto hay especialistas que no están de acuerdo con esta tesis y aducen argumentos en contra, en la línea de que los niveles de plomo que hoy detectamos en algunos estratos y restos asociados al mundo romano se deben a contaminación natural posterior y que asimismo las tuberías de plomo, aunque efectivamente dañinas, moderarían su carácter tóxico a medida que se calcificaban. Por ello en tiempos recientes ha aparecido otra teoría crítica.

   Nuevamente el punto de partida nos coge desprevenidos al atacar otra idea preconcebida. En este caso la supuesta limpieza y gusto por la higiene de la civilización romana. Esto último se le ha atribuido al mundo romano debido a la importancia que tenía en su cultura el agua y, en paralelo a ello, la obsesión de los romanos por la construcción de termas públicas, por ejemplo. En  contra de lo anterior lo que se ha descubierto es que, más allá de la imagen idealizada que se pueda tener de ese tipo de edificios así como de la ingeniería romana en general, lo cierto es que muchas de las grandes termas públicas ubicadas en las grandes urbes del imperio carecían de canalizaciones de agua suficientemente grandes y eficientes para hacer fluir con celeridad el líquido, asegurando así la evacuación de las enormes cantidades de suciedad y bacterias acumuladas en el agua contenida en ellas. De tal forma no se producía una purificación adecuadamente rápida del "caldo" en el que se “lavaban” los bañistas.

Por esa razón las termas romanas lejos de constituir una efectiva medida pública para reducir la difusión de epidemias habrían contribuido en su momento, bien al contrario, a cronificar y globalizar a lo largo del mundo romano una serie de bacterias dañinas que eran compartidas a través del contacto social en las viciadas aguas de las termas.

Y llego a lo que me interesa. Si bien todo lo anterior ha sido materia de debate durante las últimas décadas ahora aparecen nuevas teorías basadas una vez más en datos arqueológicos que se salen de la normalidad, en este caso un análisis de un trozo de tubería hallado en Pompeya. Tras su estudio aparecieron elevados niveles de antimonio, un elemento químico aún más dañino que el plomo para la salud humana.

Algunos detractores de la nueva idea del envenenamiento por antimonio como gran problema romano aducen que las elevadas concentraciones descubiertas en la muestra se deben a la influencia del vecino Vesubio, ya que al parecer es posible encontrar ese elemento de forma natural en aguas subterráneas cerca de volcanes. De ser cierto no se debería generalizar la hipótesis de la contaminación por antimonio a todo el Imperio, si bien convendría replantearse en qué medida podía ser aceptable para la salud de los habitantes de ciudades como Pompeya o Herculano.

En cualquier caso una vez más se comprueba un paralelismo muy lógico pero inquietante; y es que cuanto mayor ha sido el grado de desarrollo urbano, demográfico y productivo de diversas civilizaciones incluyendo la nuestra, más mierda y alteraciones químicas extrañas encontramos a la hora de analizar su legado y su entorno. Como digo es de cajón, pero da en qué pensar. 

                       

lunes, 25 de septiembre de 2017

La Edad de Bronce


 No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Únicamente se les exigía un patriotismo primitivo que podía invocarse siempre que fuese necesario, bien para que aceptaran una jornada laboral más larga o bien una ración más corta. (…)

George Orwell, “1984”






Durante el s. XIX muchos países de Europa vivieron una evolución desde sociedades rurales de base agrícola a otras de base urbana e industrial. Por tanto, en paralelo a lo anterior, la mayor parte de la población europea experimentó un momentáneo empeoramiento en todo lo relativo a la alimentación y la condición física al generalizarse el trabajo sedentario en grandes ciudades, en las cuales el abastecimiento de alimentos variados y frescos, sobre todo de pescado, hortalizas, leche o frutas, resultaba complicado (al menos hasta la invención de los modernos sistemas frigoríficos y la mejora de las comunicaciones ya a finales de la centuria).

Obviamente ese empeoramiento afectó sobre todo a las clases bajas mientras que por contra provocó entre las clases altas un renovado interés por el ejercicio físico y el deporte bajo parámetros inspirados en la Grecia clásica. Es así como en colegios escandinavos y prestigiosos internados británicos se empezó a insistir en la práctica de gimnasia o deportes colectivos (no en vano muchos de los grandes deportes de masas contemporáneos se inventaron por entonces en Inglaterra) como un medio de tonificar a los vástagos de las clases pudientes para que también se diferenciasen de las famélicas y cada vez más escuchimizadas clases bajas mediante la apariencia física y no solo gracias a sus exquisitos modales o a la posesión de una “cultura” que les permitiese discutir sobre el arte o el teatro de la antigüedad.

Es bajo ese impulso elitista como nacieron los JJ.OO. modernos, publicitados sobre todo por un puñado de snobs clasistas y racistas como el barón De Coubertin. “Desgraciadamente” el invento pronto interesó a las masas y con ello rápidamente muchos individuos pertenecientes a sus estratos más bajos comenzaron a participar en ese tipo de actividades competitivas demostrando con frecuencia unas capacidades físicas o una determinación muy superiores a la de los integrantes de las clases altas para las que en principio estaba destinado el invento. De ahí por ejemplo la obsesión con el “amateurismo” del Comité Olímpico en sus primeros tiempos, es decir en obligar a que los atletas que participasen en las olimpiadas jamás hubiesen ganado dinero practicando deporte a cambio de una remuneración so pena de ser descalificados. Lo anterior no era sino un patético intento de que los “pobres”, es decir la gente necesitada de ganar dinero empleando sus habilidades, no pudiese “ensuciar” con su presencia un elevado homenaje a la cultura clásica como pretendía ser los Juegos.

Por supuesto, como todos sabemos, tal propósito fracasó y con el tiempo no solo los JJ. OO. sino también la mayor parte de los deportes inventados o recuperados en los colegios y las universidades anglosajonas del s. XIX se consolidaron y popularizaron hasta convertirse a día de hoy en espectáculos de masas donde atletas de toda condición y de múltiples razas, tanto hombres como (¡horror¡) mujeres, compiten por gloria y sobre todo dinero y contratos publicitarios frente a una audiencia global proporcionada por los modernos mass media

Hay que tener en cuenta sin embargo que lo anterior ha sido el resultado de los imprevistos producidos por los cambios sociales que se han desarrollado a lo largo del s. XX, sobre todo durante su segunda mitad. En lo tocante a las competiciones deportivas eso ha tenido consecuencias positivas, como la mencionada democratización del deporte (antaño patrimonio casi en exclusiva de las clases pudientes), pero también otras profundamente negativas, como por ejemplo el haberse logrado a costa de exacerbar el nacionalismo, el consumismo y otra serie de -ismos contemporáneos. En definitiva a donde quiero llegar es que el deporte como fenómeno de masas tiene unos orígenes bastante sucios de los cuales preferimos olvidarnos.  

La paradoja

Voy a detenerme ahora en otro tipo de paradoja relacionada en este caso con España. Luego, una vez que la explique y la ponga en relación con lo que acabo de contar, veréis dónde quiero ir a parar.

En su Teogonía el poeta heleno Hesíodo planteó por primera vez el mito de “las edades del hombre” según la cual el mundo de los humanos ha pasado por una serie de edades sucesivas, cada una más decadente que la anterior, simbolizadas progresivamente por metales de menor valor. Pues bien, ese mito, recogido por el romano Ovidio, ha dado lugar a una imagen mental que se ha aplicado con variados propósitos a múltiples campos, entre ellos a la periodización de la cultura hispana en distintas etapas. 

A ese respecto casi todo el mundo ha escuchado hablar de la Edad de Oro de la cultura española, un período nunca totalmente acotado con precisión pero que abarcaría más o menos los siglos siglos XVI y XVII de nuestra historia.

Esa denominación y lo que implica están llenos de paradojas internas, empezando por el hecho de que fue popularizada en el ámbito académico por un norteamericano, el hispanista George Ticknor, que la recogió en una “Historia de la literatura española” escrita en el s. XIX. Pero lo que más debería llamarnos la atención en cambio es que sea particularmente el s. XVII, definido por la penuria económica, el declive militar y la crisis política generalizada dentro de la monarquía de los Austrias, el momento cumbre de la literatura, el teatro o la pintura en castellano.

A fin de cuentas la sociedad peninsular estaba inmersa por entonces en un proceso de repliegue sobre sí misma y de radicalización religiosa tras las sucesivas expulsiones de judíos y moriscos de la Península Ibérica. Hablamos así de una sociedad empobrecida y xenófoba obsesionada con algo tan rancio como la “limpieza de sangre”. Todo ello en consonancia con una época caracterizada por el cierre de las universidades peninsulares a toda influencia externa (con la intención de evitar el “contagio” del protestantismo) lo cual implicó a su vez el estancamiento de las ciencias experimentales en España justo cuando buena parte de Europa occidental se preparaba para vivir la eclosión de una auténtica revolución científica.

Por tanto podría argumentarse (y yo lo voy a hacer) que la habitualmente celebrada Edad de Oro de la cultura española fue en definitiva el resultado de varios hechos nada positivos. La cultura de la Edad de Oro destaca en primer lugar por su singularidad, debida entre otras cosas precisamente a ese repliegue sobre sí misma de la sociedad en general y de los artistas e intelectuales españoles en particular. Es así como en el campo de la cultura se dio vida a un arte sin demasiadas influencias europeas, casi genuinamente español y por tanto pintoresco. El problema es que ese aislamiento del que hablo a la larga resultó tremendamente negativo para otros campos más relacionados con la vida cotidiana, como la innovación económica, tecnológica o educativa. Es así como en la Península casi todas las disciplinas prácticas del saber quedaron estancadas, como conservadas en formol, debido al aislamiento y al peso opresivo de la religión o de los intereses nobiliarios, lo que a la larga desembocó en al atraso productivo de la sociedad ibérica y el consiguiente fracaso de la misma cuando intentó acceder a la revolución industrial siglos después.

De esa forma la cultura española de la Edad de Oro resulta inseparable de la sociedad empobrecida, exhausta y en crisis a la cual retrató. En concreto dentro de lo puramente literario la parálisis económica, social e intelectual, en conjunción con la decadencia política, fueron el caldo de cultivo para una serie de géneros propios y de obras destacadas que debieron su éxito y su originalidad absoluta a ese ambiente de podredumbre que plasmaban. Me refiero en particular a la “novela picaresca” que alcanzó su cumbre con “El Lazarillo de Tormes” o “Guzmán de Alfarache”. Pero también podemos considerar hijo de todo lo anterior al propio “Don Quijote”, obra cumbre de la literatura en español (o eso dicen) a la vez que un producto indisociable de una sociedad decadente sin remedio, la cual es precisamente lo que le da su (pretendido) sentido metafórico a la obra.

En otras palabras, no deberíamos olvidar a la hora de sacar pecho que la Edad de Oro de la cultura española nació del absoluto fracaso social, económico y político de una sociedad pobre e injusta en tanto que profundamente desigual, así como intolerante, militarista y reaccionaria en su conjunto. Por todo ello la Edad de Oro, con sus novelas sobre delincuentes y sus barrocos cuadros llenos de santos, mendigos, y nobles rodeados de boato, no deja de ser la plasmación estética hoy alabada de lo que fue un enorme fracaso colectivo.

Lo anterior no es algo totalmente extraño. De hecho las crisis socioeconómicas y políticas casi siempre han resultado tan estimulantes para un determinado tipo de artes como contraproducentes resultan para todo lo demás. Así ocurre con la novela rusa del s. XIX o el revival que Alemania experimentó en pleno caos de la República de Weimar cuando, en medio de una gran crisis económica y política, Berlín se convirtió en una ciudad bulliente de ideas y de movimientos pictóricos y musicales. En suma, las crisis no son buenas para el ciudadano de a pie, ni para el progreso técnico o social, pero pueden ser excelentes para las artes contemplativas o para la actividad intelectual.

Esto último lo sabemos bien en España porque con posterioridad al final de su Edad de Oro, tras siglos de anónima decadencia, España experimentó una Edad de Plata de la cultura precisamente en otro momento de insoslayable declive y pobreza que coincidió con el fin definitivo de su Imperio. Me refiero a los años del período de la Restauración que van de 1898 a 1931 los cuales alumbraron a tres de las generaciones de artistas y pensadores más importantes de la historia de España. La del 98 (integrada por novelistas y dramaturgos como Baroja, Azorín, Unamuno, Valle-Inclán, Maeztu o Jacinto Benavente, el filólogo Ramón Menéndez Pidal, el superventas Vicente Blasco Ibáñez, el inclasificable arquitecto modernista Antonio Gaudí, músicos como Isaac Albéniz, Enrique Granados o Manuel de Falla y pintores como Ramón Casas, Sorolla y Zuloaga), la del 14 (de la que forman parte Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Marañón, Ramón Gómez de la Serna, o Eugenio d´Ors, además de pintores como Juan Gris o Picasso y feministas como Clara Campoamor o Victoria Kent) y finalmente la del 27, la cual alcanzaría su culmen durante el desmoronamiento de la República, la posterior Guerra Civil y los primeros años del nauseabundo Franquismo (generación integrada por Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Max Aub, Enrique Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Tono, cineastas como Luis Buñuel  o Edgar Neville y pintores como Miró y Salvador Dalí).

España nunca fue más pobre, más corrupta, más caótica, más deprimente, más dictatorial y más llena de analfabetos que en esos años finales de la Restauración, con la posterior Guerra Civil y la gestación del Franquismo, y sin embargo -quizás debido a ello- nunca más ha vuelto a producir tantos genios y figuras de renombre universal.

Da en qué pensar.

El país de Manolo Lama

Bueno, en realidad ese “nunca más” que he escrito unas líneas más arriba es relativo porque en torno a 1992 comenzó la que voy a bautizar como la Edad de Bronce española, cuyo apogeo hemos vivido en los últimos años y que se caracteriza por ser un período donde no es la cultura al uso la que se ha desarrollado sino un sector que no existía en el s. XVII o a comienzos del s. XIX pero que en gran medida hoy ha sustituido al mundo del pensamiento en el engranaje colectivo de la sociedad española: me refiero al deporte mercantilizado.

Alguien dijo que las primeras páginas de los periódicos suelen estar ocupadas por los fracasos del ser humano, que para enterarse de los éxitos había que ir a las páginas de deportes. Pues bien eso es exactamente lo que pasa en la España del Régimen de la Transición.

España vive hoy una crisis en cierta forma semejante a las que se vivieron durante la decadencia de los Austrias o durante el Gobierno de la Restauración, con la cual posee tantos parecidos la época actual empezando por la extensión de una corrupción sistémica a todos los ámbitos de la economía y la política. Y el caso es que pese a todo España es en la actualidad una potencia mundial en deportes de difusión global como el motociclismo, el tenis, el ciclismo o el baloncesto. Asimismo diversos equipos o deportistas españoles a título individual tienen presencia destacada en espectáculos deportivos de impacto mundial como el París-Dakar, o la F1. España incluso es un país de referencia también en diversos deportes minoritarios como el fútbol sala, el hockey sobre patines o el balonmano y asimismo es cuna de grandes figuras en deportes no demasiado conocidos como el bádminton, triatlón, windsurf, montañismo, trial, pesca submarina o la petanca (con la multicampeona Yolanda Matarranz). Y por supuesto está el fútbol, claro. Cómo olvidar el fútbol.

Lo curioso es que (y ya es hora de decirlo) esa exuberancia competitiva se explica en parte gracias a las miserias de la sociedad de la que se alimenta igual que ocurrió con las edades de Oro y de Plata.

Para empezar, digamos que la España actual no es una sociedad entregada al deporte como práctica saludable sino al deporte como calmante y a la vez antidepresivo, el deporte como opiáceo que produce una sensación generalizada de orgullo e integración étnica. Porque el deporte cumple en la España actual un papel de pegamento político y de relajante social. En un país en el que nada va bien los éxitos deportivos mantienen al espectador abotargado frente al televisor comiendo nachos mientras contempla las gestas de Rafa Nadal o Alberto Contador.

Un Estado que no funciona camufla así sus miserias en forma de patriotismo y a la vez una sociedad destruida por la corrupción y el paro olvida por unos momentos frente al televisor sus fracasos personales, como si el deporte televisado fuese una droga colectiva barata.

Dentro de un sistema político en el que casi todo intento de generar símbolos de identificación nacional ha fallado el espectáculo de ver ganar algo a un atleta español, o a la Selección patria de alguna disciplina, ha sustituido con éxito lo que en otros países se logra mediante banderas, himnos y conmemoraciones colectivas, las cuales en España no suscitan el mismo consenso que las figuras de Gasol o Iniesta. Podría decirse que los grandes deportistas españoles son hoy en día casi el único símbolo de identificación más o menos común que funciona en el marco de la mayoría del territorio del Estado. Triste pero cierto. Lo que a su vez explica otra de las miserias que envuelven y a la vez explican los extraños éxitos de un sistema deportivo que no puede vanagloriarse de contar con excelentes infraestructuras en los colegios, ni nutrirse de una población particularmente atlética o interesada por la práctica deportiva. Me refiero obviamente a la permisividad oficial con el doping.



De hecho el ascenso y eclosión del deporte español a partir esencialmente de los años 90 resulta indisociable por completo de dos fenómenos.

Por un lado la irrupción en paralelo a lo anterior de una serie de médicos de turbio bagaje como Eufemiano Fuentes, Sabino Padilla o Nicolás Terrados, por las consultas de los cuales han pasado prácticamente todos los grandes deportistas españoles de éxito de las últimas décadas.

Por otro lado en esos años la zona de la costa española que va de Lérida a Alicante se llenó de segundas residencias de atletas extranjeros que acudían a España oficialmente a beneficiarse del buen tiempo para completar su preparación mientras que, extraoficialmente, procedían a aprovisionarse de sustancias dopantes gracias a la impunidad y la abundancia con que se podían conseguir en la zona. Es así como en paralelo a la “Ruta del Bakalao” la costa levantina se convirtió en la meca de otro tipo de ruta igual de lucrativa pero en este caso dedicada a aprovisionar a deportistas de élite de sustancias no muy habituales. No deberíamos olvidar por ejemplo que Lance Armstrong en sus años de gloria mantenía una casa en Girona y contactos con diversos galenos patrios.

Debido a esas cosas, en la actualidad y al margen del caso ruso, si hablamos de una suerte de “dopaje de Estado” España es, quizás junto con Jamaica y China, uno de los países que mejor encajan en ese epíteto pero que se benefician de diversas circunstancias azarosas para evitar las sanciones que sí afectan a los deportistas rusos. En esencia que somos demasiado simpáticos e insignificantes como para despertar el mismo interés de los grandes organismos, los cuales en muchos casos se mueven por intereses geopolíticos y diplomáticos. 

Gracias a ello, sumado a la vista gorda casi sistemática de las autoridades patrias, en España resulta prácticamente imposible ser detenido y posteriormente encarcelado por delitos relacionados con el dopaje o el tráfico de este tipo de sustancias, no digamos ya si eres un deportista de élite. De hecho buena parte de ese tipo de personalidades se benefician de la protección de los grandes partidos políticos del sistema. Así, dopados como Marta Domínguez o Alberto Contador han gozado del amparo y refrendo público por parte de presidentes del Gobierno, mientras un personaje tan sospechoso como Abel Antón (la eclosión de los famosos “maratonianos” españoles de finales de los 90 no tuvo casi nada que envidiar a la de las famosas fondistas chinas de la “sopa de tortuga”) ha sido elevado al cargo de Senador, como lo fue en su día la propia Marta Domínguez. Todo ello a la vez que muchos de sus compañeros de fatigas han sido promovidos a puestos secundarios en gobiernos municipales, gracias a lo cual disfrutan de un retiro dorado y de una cierta protección ante la ley a cambio de poner su aura de popularidad al servicio de sus patronos.

Como digo esta impunidad en la práctica que se vivió y se vive aún en España respecto al fraude deportivo es indisociable del hecho de que el deporte en España tiene, como tenía en la extinta RDA o en la también casi extinta cuba castrista, una importancia política que excede su ámbito propio al ser, como digo, el deporte el pegamento que contribuye a camuflar someramente los tremebundos problemas de cohesión que experimenta el fallido Estado “de las Autonomías”, a la vez que funciona como el “opio del pueblo” que permite mantener relativamente en calma a una sociedad empobrecida por la crisis, por el gigantesco paro estructural y por la monstruosa corrupción rampante entre el mundo empresarial y político que gobierna el país. Por todo poner trabas a los nuevos ídolos de la sociedad podría ser como quitar de golpe la tapa a una olla express a punto de estallar. Así que mejor no hacer demasiadas preguntas y mirar hacia otro lado. El deporte en España es una cuestión de Estado, igual que las jeringuillas que le permiten seguir proporcionando éxitos y con ello cumpliendo su función. 

Es así como la Edad de Bronce, al igual que en su día la Edad de Oro y la Edad de Plata, resulta indisociable del fracaso productivo y político que afecta a todos los demás órdenes de la sociedad. El problema es que la Edad de Bronce española posee unas peculiaridades que acentúan todavía más el carácter negativo de su naturaleza y su carácter de símbolo de un tiempo.

Para empezar el que durante la Edad de Bronce la figura del ídolo deportivo se haya convertido en el faro que destaca sobre el resto del estercolero social implica que la figura de referencia deja de serlo en base a su capacidad para articular un discurso complejo. Mal que bien, por mucho que sus obras fuesen en ocasiones de una ideología muy conservadora, o su alcance se circunscribiese a un escaso porcentaje de la población, los artistas y literatos de la Edad de Oro y de la Edad de Plata pensaban y en ocasiones (durante la Edad de Plata) incluso se posicionaban políticamente, mientras que los héroes de la Edad de Bronce se caracterizan precisamente por lo contrario. Los elegidos hoy lo son por sus capacidades físicas y sus valores estéticos, no por su producción de pensamiento en sentido alguno. No tienen capacidad para ello, pero tampoco interés, habida cuenta de que sus asesores por seguro les han recalcado que una sociedad donde el márketing lo es todo y el objetivo consiste esencialmente en ganar dinero, la vía para no incomodar a nadie, y así llegar al máximo número de consumidores, consiste en no tomar partido de forma tajante sobre nada importante o que pueda suscitar controversia.

La figura del deportista de éxito actual deviene así amiga de la clase política con la que vive en simbiosis porque es un héroe adecuadamente controlable y acrítico.

Además, si las élites españolas destacan por algo respecto a las élites parasitarias de otros países, como Inglaterra, Francia o Italia, es precisamente por su incultura y, derivada de ella, la inquina que profesan por el intelectual como figura. A fin de cuentas gran parte de las élites políticas y empresariales de la España actual son directas herederas del Franquismo, el cual antes que intentar domesticar a los artistas e intelectuales se dedicó a su pura y simple exterminación física.

En consonancia con lo anterior la España de la Edad de Bronce se ha construido sobre un páramo del pensamiento en medio del cual a veces se atisba algún bosquecillo creciendo aislado sin que su presencia pueda paliar por sí sola los efectos visibles aún hoy en día del gran incendio que fue el Franquismo. Y en medio de esa llanura deforestada reina un tipo de espécimen particularmente apropiado para adaptarse al nuevo ecosistema: me refiero al deportista de élite español, normalmente un bruto totalmente desconectado de la realidad al que solo le interesa su próximo contrato, aumentar sus seguidores en las redes sociales (y con ello sus ingresos por publicidad), así como no tener problemas con las agencias antidopaje o con el fisco.

De tal forma el deporte de élite por pura lógica, y salvo honrosas excepciones completamente marginales, es un reducto al servicio del mantenimiento del status quo cuando no al servicio de oscuros intereses ideológicos, desde el más rancio nacionalismo español hasta los igualmente rancios nacionalismos catalán y vasco pasando por toda una variada amalgama de paranoias diversas.

Por ejemplo, 55 de los 306 deportistas españoles que acudieron a los últimos Juegos Olímpicos de Río, y en concreto once de los que ganaron medallas (entre ellos Mireia Belmonte, Ruth Beitia, Saúl Craviotto y Lidia Valentín) han estudiado y/o prestan su imagen publicitaria a una institución tan nociva como la Universidad Católica San Antonio de Murcia ligada al movimiento neocatecumenal y conocida por numerosas sospechas de mercadear con títulos universitarios que prácticamente regala mientras salpica sus programas de estudios (independientemente de la carrera en cuestión) de asignaturas tan interesantes como Teología o Doctrina Social de la Iglesia.

Tenemos así un país donde los becarios de investigación  universitarios o las nuevas empresas tecnológicas malviven prácticamente abandonados a su suerte mientras en cada ciclo olímpico se reparten unos 500 millones de euros como becas para la preparación de los proyectos de medallista

Un país donde un deportista de élite, medallista olímpico becado, por ejemplo un nadador o un gimnasta,  puede embolsarse 50.000-100.000 euros por su medalla además de acceder a las consiguientes becas deportivas para el período hasta las siguientes olimpiadas a razón de unos 20.000 o 30.000 euros al año cada uno de esos cuatro años. Por no hablar de contratos publicitarios y otras golosas prebendas de diverso tipo.

Mientras tanto no existe un solo becario de investigación en España que se aproxime a esas remuneraciones. Y eso que en las líneas anteriores me refería a la situación de profesionales de deportes minoritarios (remo, piragüismo, halterofilia, etc.) que viven fundamentalmente de ayudas públicas, ya que la única utilidad de su esfuerzo es la búsqueda de medallas olímpicas que proporcionen “gloria” al país. 

   Si además introducimos en la ecuación a los profesionales de los deportes mayoritarios la comparación deviene un tanto demagógica pero sin duda ilustrativa sobre las prioridades de la sociedad española actual.

               

Así se explica un presente en el que podemos vanagloriarnos de vivir en la Edad de Bronce de nuestra cultura. Una etapa definida precisamente por la práctica irrelevancia de la cultura en cuanto a captar la atención o generar ideología entre el grueso de la población. Sin duda el giro final adecuado para una insuperable obra dramática

sábado, 2 de septiembre de 2017

El cuento de la buena pipa


Para que los bastardos lleguen al poder el pueblo solo tiene que hacerse a un lado y callar.

Castlevania “Necrópolis”





El mundo está casi lleno de países democráticos (al menos oficialmente). Vivimos en la era de hegemonía de la democracia como paradigma político. Pese a ello uno ha de admitir que a lo largo del planeta es posible encontrar democracias muy raras.

   Y es que, normalmente, al pensar en el funcionamiento de un sistema democrático presuponemos un cierto grado de alternancia en la cúspide del poder. De lo contrario pasado un cierto punto las elecciones periódicas solo sirven para legitimar el control del Estado por parte de unas élites plutocráticas o tecnocráticas que, argumentando limitarse a ejecutar los deseos del pueblo, se dedican a transmitirse década tras década, de forma endogámica y en beneficio propio, el control del gobierno. 

Pues bien ese fue durante mucho tiempo el caso de México, donde un partido como el PRI acumuló durante el siglo pasado victoria tras victoria en las “elecciones” durante más de setenta años. Mientras tanto en la India el Partido del Congreso ha gobernado en 49 de los más o menos 70 años de historia de la India como país independiente. En Sudáfrica el Congreso Nacional Africano ha ganado todas las elecciones celebradas en el país desde 1994 y además en todas ha obtenido más del 60% de los votos pese a sus problemas de corrupción endémicos. Y los anteriores no son los únicos ejemplos que se pueden encontrar en el planeta de partidos políticos que se confunden con el propio aparato del Estado que controlan con mano férrea. Claro que algunos dirán que me estoy centrando en países poco desarrollados.  

No obstante incluso los países modernos y “presentables” muestran a veces funcionamientos un tanto extraños en lo tocante a su sistema político. En Singapur el People´s Action Party ha resultado el ganador en todas las elecciones generales celebradas en el último medio siglo. Mientras tanto en Italia, antes de implosionar por sus problemas de corrupción e incluso connivencia con la mafia, la Democrazia Cristiana fue el partido más votado durante casi cincuenta años, prácticamente desde su creación hasta su desaparición a principios de los años 90 del siglo pasado, momento este último en el que en cierta forma traspasó el testigo a un movimiento de "regeneración" de la vida política encabezado por… Silvio Berlusconi.

Pero hoy quiero que nos fijemos sobre todo en el caso de Japón. Allí el Partido Liberal Democrático (una traducción a términos occidentales de su nombre original Jiyuminshuto o su apelativo más coloquial Jiminto) ha ostentado el poder casi de forma ininterrumpida (salvo durante cuatro años) desde 1955 hasta hoy. Debido a ello podría incluso discutirse si realmente la sociedad japonesa entendió y aceptó alguna vez el concepto de democracia idealizado en Occidente, o bien en su momento se limitó a complacer a los vencedores de la IIª Guerra Mundial, especialmente a los EE.UU., implantando en su territorio un sistema político formalmente similar a una democracia, aunque luego en realidad en Japón el grueso de la población se limite a usar las elecciones para “elegir” disciplinada y periódicamente a las mismas élites de siempre (bueno, a las mismas no, más bien a sus hijos y nietos) de cara a ocupar los puestos de dirección a la cabeza de la colmena. 

   Esta incómoda y un tanto bizarra cuestión, lejos de limitarse a dar sentido a la paranoia o los exabruptos de un bloguero insignificante como yo, ha generado una cierta literatura entre politólogos y sociólogos.

De tal forma conviene detenerse en un libro, publicado a finales de los años 80 por el periodista holandés Karel Van Wolferen, titulado en castellano El Enigma del Poder Japonés.

Contextualicemos. Los años 80 eran la época en que todo el mundo pensaba que, ante el declive de la ya por entonces moribunda URSS, Japón sería la próxima gran potencia capaz de discutir la supremacía estadounidense en el mundo. Por ello abundaban las publicaciones analizando el “milagro” japonés así como las peculiaridades de su sistema socioeconómico e industrial (por ejemplo muy poco después se publicó El caballo de Troya japonés, de Barrie G. James, otro libro emblemático sobre esas cuestiones). Por supuesto, como todos sabemos, hoy tal moda ha sido sustituida por los debates y análisis sobre China, el vecino gigante de Japón. Pero esa es otra historia.

Sigamos. Lo que más llama la atención del estudio de Wolferen es que no se centraba tanto en cuestiones puramente económicas o financieras como en analizar el caparazón político y cultural que envuelve a todo lo anterior. En concreto su análisis de las peculiaridades de esa maquinaria que es el sistema político japonés planteaba un conjunto de ideas inquietantes.

A ese respecto, siempre según la opinión de Wolferen, la parte visible, es decir la que se escenifica de cara a los ciudadanos a través de las discusiones públicas y las elecciones periódicas, constituiría en realidad apenas un decorado delante del que diversos grupos de burócratas y élites empresariales, los auténticos dirigentes del país, dirimen sus enfrentamientos a través de una serie de rituales y reglas más o menos preestablecidas. Reglas no escritas. Por tanto, de cara a comprender cómo funciona de verdad el “sistema” político y sus lazos con los grandes intereses económicos que lo mueven desde la sombra, todo análisis que se quede en la lectura de sus leyes o su Constitución apenas estaría tocando la superficie, como la cortina de un teatro detrás de la que se realiza la representación, la cual además no deja de ser sino eso, una representación pensada para entretener y distraer al público.

Además un aspecto particularmente interesante del trabajo de Wolferen es sin duda su opinión sobre el funcionamiento de la prensa japonesa y sus lazos con el poder político. A fin de cuentas el periodista holandés, de cara a sostener la veracidad de su teoría, se vio obligado a explicar una aparente incoherencia: si supuestamente el sistema político japonés se halla completamente corrompido y además los intereses que lo controlan también ejercen su influencia en los consejos directivos de todos los medios importantes de televisión y prensa… ¿cómo es que periódicamente en tales medios se publican informaciones revelando “escándalos” que a veces cuestan carreras políticas? Parece una incongruencia. ¿Verdad?  

De cara a comprender lo anterior hay que tener en cuenta que según Wolferen el conglomerado de intereses financieros y empresariales que mueven el “sistema”, así como el conjunto de políticos que viven de venderse a dichos intereses y encargarse de orientar el aparato estatal en la dirección más favorable a los mismos, no conforman una unidad perfecta. Como no podía ser de otra forma nadie en concreto maneja los hilos de la “conspiración”, ni hay un único jugador en la mesa. El poder en Japón no es ejercido por una familia, movimiento, secta o grupo concreto, sino que es el resultado de las luchas entre diversos actores pugnando en función de diversos intereses y estrategias particulares. 

De tal forma lo que el ciudadano medio aprecia a través de los mass media y más en concreto a través de la prensa, serían las consecuencias de las peleas intestinas entre la gente que importa de verdad. Peleas e intereses invisibles a los ojos del individuo común.

Es por ello que para Wolferen la prensa japonesa no tendría como misión informar realmente, ni generar auténticos debates dando cabida a ideas u opiniones que cuestionen de verdad un cierto consenso general. Al contrario. Todas las “voces autorizadas” en realidad hablarían siempre, en el fondo, como una sola voz, excepto en lo tocante a unas pocas “controversias” periódicas, siempre de menor calado, gracias a las cuales se escenificarían ante los futuros votantes las teóricas diferencias entre las opiniones políticas autorizadas.

Solo de cuando en cuando esa calma es rota por la revelación de grandes “escándalos”. Pero en realidad esos escándalos no son tales en tanto que, desde mucho antes de ser revelados ante la opinión pública, todo el espectro del poder, la prensa incluida, conocería la verdad. Simplemente de vez en cuando, como consecuencia de las disputas entre grupos de poder, o la caída en desgracia ante sus compañeros de alguna figura política, la prensa es “autorizada” a revelar lo que todo el mundo sabe, para así certificar el final de la vida política de tal o cual personaje que deja de ser poderoso o siquiera necesario.

Por esa razón cuando un escándalo estalla, durante los días y las semanas siguientes a ese momento, el público es sometido a una auténtica avalancha de información salida de golpe de no se sabe dónde, la cual posiblemente llevaba almacenada en dossieres mucho tiempo, años en algunos casos, esperando el visto bueno y la oportunidad para ser publicada.
  
Todo esto me interesa porque Wolferen plantea un modelo de “sociedad democrática avanzada” según el cual la prensa, e incluso se podría teorizar que también el aparato judicial, no funcionarían ni mucho menos como poderes independientes, sino que operarían en realidad como meros tentáculos de una maquinaria mucho más compleja al servicio de los grandes intereses que gestionan (bien o mal) el país. De esta forma la revelación de "escándalos" por parte de la prensa, o la persecución judicial de algunas corruptela dentro de la clase política y empresarial, no constituirían una prueba de la salud del sistema sino todo lo contrario. 

   Es decir, la prensa y el aparato judicial no se dedicarían a jugar un papel de árbitros o de guardianes independientes del sistema, sino que en realidad (de forma consciente o no) funcionarían al servicio de las luchas de poderes e intereses en la cúspide del mismo, constituyendo por tanto meras herramientas o armas en las disputas entre unos grupos y otros. En determinados "sistemas democráticos" la opinión de periodistas, jueces y de los ciudadanos no constituye por tanto la esencia del mecanismo sino solo una pieza, a veces reemplazable, dentro de un engranaje muy complejo. A su vez el juego político se convierte así en la trama de una obra de teatro pensada para escenificar de cara al público cambios en las estructuras y las relaciones de poder entre grupos de burócratas, tecnócratas y hombres de negocios que, por otra parte, operan como auténticos clanes mafiosos, pero –y esto es muy importante de cara a las apariencias- sin recurrir a la violencia explícita, utilizando en cambio las reglas y mecanismos “del juego democrático” para eliminarse entre sí mientras el resto de la sociedad asiste al espectáculo, en silencio, ignorante del auténtico sentido de la obra de teatro que se desarrolla ante sus ojos, o bien impotente para hacer algo al respecto.

Y llegados aquí yo me pregunto. ¿Esto os suena?. ¿Se os ocurre algún país europeo donde como mínimo es posible pararse a pensar si algo similar podría estar ocurriendo, en este caso no en torno a un único partido dominante sino a un conglomerado de ellos? Porque a mí se me viene a la cabeza uno muy concreto. 

En cierta forma siento además que la historia política reciente de ese país en el que estoy pensando me recuerda los momentos de mi infancia en que mi padre me contaba el "cuento de la buena pipa". Veréis. Yo de pequeño adoraba a mi padre y nada me gustaba más que cuando al terminar el día me contaba algún cuento o alguna historia de su juventud, historias casi siempre inventadas o un poco exageradas. Me encantaban. Pero algunas noches, cuando yo me mostraba demasiado impaciente y él acaba de llegar de trabajar muy cansado y de mal humor, ocurría algo diferente. Él empezaba a preguntarme "¿quieres que te cuente el cuento de la buena pipa?". Yo respondía que sí, por supuesto. Y él solo volvía a preguntar: "...que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa". Y yo, un poco molesto, le decía que sí nuevamente. A lo que él respondía repitiendo exactamente la misma pregunta como si no me hubiese escuchado. Así hasta que me enfadaba y eventualmente, tras repetir el ciclo nueve o diez veces, me cansaba y me daba por vencido. 

En fin. Todo es opinable pero a título personal cada vez estoy más convencido de que nos tienen calados, amigos. No son solo los chinos, o los polacos, me temo que a estas alturas nos han cogido el truco en todas partes. También en Japón.

Puta vida.