jueves, 6 de julio de 2017

L´Art Pompier


Te prometo que en la exposición no habrá ninguna de esas espeluznantes mujeres desnudas de la Polinesia francesa que mostraron el año pasado. Estrictamente floreros con lirios y paisajes marinos o similares. Creo que los organizadores aprendieron una dura lección.

“The Knick”, episodio octavo.




En castellano el título de esta entrada podría traducirse en algo así como “Arte Bombero” en base a un juego de palabras dentro del idioma francés que en su origen aludía a las pinturas de Jean Louis David. La explicación es que en los cuadros de David aparecían frecuentemente soldados ataviados con cascos similares a los que por aquellos tiempos usaban los primitivos equipos de bomberos en el país galo, un hecho que no pasó desapercibido para los detractores de las obras de David y de sus imitadores o discípulos. Por todo ello con el tiempo el uso del término pompier en el campo de la crítica de arte derivó dentro de Francia en una forma de referirse despectivamente a los clichés que solían aparecer en las pinturas historicistas en general. Además en el idioma francés dicha palabra, cuando la usamos como adjetivo y no como sustantivo, significa ni más ni menos que "pomposo”. Y todo ello junto explica por qué ese apelativo degradante se popularizó, evidentemente gracias a sus críticos, de cara a denominar un tipo de pintura académica francesa decimonónica centrada en temas históricos y alegóricos. 

   A fin de cuentas las anteriores eran temáticas que empezaban a dejar de estar de moda en Francia por entonces (al contrario que en Inglaterra donde ese tipo de pintura continuó más tiempo vigente). Hay que tomar en consideración asimismo que a medida que el s. XIX avanzaba aproximándose a su final también la técnica empleada por los pintores pompiers comenzaba a ser considerada obsoleta entre sectores de la crítica de arte debido a la influencia tanto de los pintores realistas de aquel tiempo, centrados en temáticas sociales, como de algunas vanguardias, fundamentalmente los pintores impresionistas. De tal forma al mencionar el Art Pompier hablamos de un tipo de arte eminentemente académico, orientado hacia el consumo burgués y que ya en su momento era valorado como pretencioso o presuntuoso por buena parte de su público potencial.  

Sus principales exponentes fueron Alexandre Cabanel (1823-1889) y William Adolphe Bouguereau (1825-1905). Junto a ellos podríamos considerar también como integrantes de este grupo a otros pintores historicistas y academicistas franceses del período, sobre todo algunos interesados en la temática orientalista, caso de Gustave Boulanger (1824-1888) y sobre todo de Jean Leon Gerome (1824-1904). Con la particularidad de que varios de ellos eran a su vez discípulos de Paul Delaroche (1797-1856) un pintor muy interesante porque su obra en parte fue una síntesis de la pintura neoclásica y la romántica.

No obstante, de cara a entender la inquina que en paralelo a su éxito llegó a despertar la obra de estos autores, necesitamos saber algunas cosas sobre el llamado Salón de París, una exposición de arte organizada anualmente por la Academia de Bellas Artes de París a partir de 1725. Casi desde entonces y hasta finales del s. XIX el Salón de París fue el acontecimiento artístico más importante del mundo, el que marcaba las tendencias y consagraba o hundía carreras de pintores. Ahora bien, avanzado el s. XIX cada vez resultó más claro el conservadurismo de los artistas que resultaban premiados en el Salón y, por consiguiente, el propio conservadurismo de la Academia de Bellas Artes a la hora de escoger tanto a los artistas con derecho a exponer sus cuadros en el certamen como a los premiados al final del mismo.

Muy significativo resulta el año 1863 durante el cual el jurado del Salón (presionado por Cabanel y Bouguereau) rechazó un número inusualmente alto de obras y en especial todas las de Manet. Como resultado hubo protestas y se creó un Salon des Refusés (Salón de los Rechazados) cuya inauguración el 17 de mayo de 1863 marcó el nacimiento de las "vanguardias". A partir de ahí, durante la siguiente década, los pintores "impresionistas" empezaron a celebrar sus propias exposiciones públicas. De esta forma el malestar con la Academia y su control del Salón de París llevó a que en 1881 el Gobierno francés retirase el patrocinio oficial al Salón. Como respuesta se formó una Société des Artistes Français para que se hiciera cargo de recoger el testigo, si bien la mayor parte de sus integrantes eran pintores académicos bien relacionados, lo que por tanto no contribuyó a calmar el malestar de aquellas escuelas de pintura que se sentían excluidas o menospreciadas.

Por todo ello en diciembre de 1890 el líder de dicha Société, William-Adolphe Bouguereau, se vio obligado a plantear la idea de que el Salón debía ser una exposición de artistas jóvenes, aún no premiados. Pero Ernest Meissonier, Auguste Rodin y otros rechazaron su propuesta, se escindieron y crearon a su vez la Société Nationale des Beaux-Arts (“Sociedad Nacional de Bellas Artes”) que desde 1899 organizó su propia exposición, llamada Salon de la Société Nationale des Beaux–Arts y, abreviadamente, Salon du Champs de Mars.

Posteriormente, a finales de octubre de 1903, un grupo de pintores y escultores liderados por Renoir y Auguste Rodin organizaron el Salón de Otoño (Salon d'Automne) contando asimismo con la colaboración de artistas como Matisse. Los primeros éxitos de la iniciativa fueron una exposición sobre Gauguin ese mismo año y otra que dio a conocer el Fauvismo en 1905, seguida de una exposición en torno a la obra de Cézanne en 1907, hasta culminar todo ello en la exposición de 1910 que sirvió para familiarizar al público con el Cubismo.

  En ese momento podemos considerar que se completó un proceso. La Academia de Bellas Artes y a través de ella el Salón de París habían estado controlados casi desde su fundación por unas élites intelectuales esencialente conservadoras, no solo en cuanto a su ideología política sino también respecto a su visión sobre el arte. Por ejemplo Alexandre Cabanel, que era uno de los artistas preferidos de los emperadores Napoleón III y Eugenia de Montijo y un enemigo jurado de Manet, fue en 17 ocasiones miembro del jurado del Salón de París del cual recibió la medalla de honor en tres ocasiones, en 1865, 1867 y 1878.

Pues bien, durante la segunda mitad del s. XIX dichas élites artísticas intentaron desde su posición de privilegio obstaculizar el ascenso de diversos creadores jóvenes (a los que se referían con desprecio usando el apelativo de barbouilleurs o "embadurnadores") los cuales hacían gala de un nuevo estilo de pintura y en general de una visión distinta de la pintura completamente alejada de los postulados académicos tradicionales. El mismo Cézanne cuando fue rechazado de la convocatoria anual de la Academia manifestó haber sido “excluido del Salón Bouguereau”.

Pero ese intento de frenar lo inevitable fracasó y con el tiempo esos nuevos movimientos artísticos crearon sus propios certámenes a través de los cuales exponer sus obras y así poco a poco lograron hacer calar sus ideas entre público y crítica.

En todo caso, a mí, estos últimos artistas, hoy más conocidos y respetados, ni me gustan ni me interesan. Así que en este caso concreto, y sin que sirva de precedente, voy a manifestar que mis simpatías se decantan por un montón de rancios machistas pretenciosos, clasistas y ultraconservadores que, pese a todo, pintaban cosas que a mí me gustan. Y como este es mi blog y con él hago lo que quiero pues os dejo con una selección de imágenes de algunos cuadros de esta gente. Estos “pomposos” perfectamente incrustados en el “sistema” que se dedicaban a pintar mujeres desnudas y escenas históricas grandilocuentes e impolutas completamente al margen de la realidad social o de los movimientos más modernos y de vanguardia de su tiempo. Cuadros en algunos casos especialmente del gusto de mafiosos rusos o dueños de burdeles extremeños, lo admito.



Pese a todo la obra de muchos de esos autores, en su tiempo reputados pero más adelante vituperados por la crítica de arte del s. XX, está recuperando hoy en día cierta valoración, a lo cual yo pretendo contribuir desde mi patética insignificancia. En relación con ello os dejo, bajo estas líneas, una pequeña selección de obras de Paul Delaroche, que es el precedente directo de muchos de esos autores que me interesan, así como algunas imágenes de obras de Bouguereau, Boulanger, Cabanel o Couture, y finalmente también algunos cuadros que todavía no os había enseñado de Jean Leon Gerome. A ese respecto diría que Ingres-Delaroche-Gerome son mi Santa Trinidad de la pintura francesa del XIX. Por eso en parte espero que os guste la galería de imágenes que he preparado.   

 [Como siempre dando click en la imagen podéis observarla a mayor tamaño y si dais a guardar debería aparecer por defecto información sobre el autor de la obra y el título de la misma].






















 



 




 

 

domingo, 25 de junio de 2017

La crisis maya



Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.




   En contra de la imagen que puedan transmitir los libros de texto lo cierto es que no todos los períodos históricos o los estilos artísticos que se han sucedido a lo largo de la historia poseen verdadero interés. De hecho en el pasado humano también existen (incluso podría decirse que abundan) las etapas de decadencia, molicie y preponderancia de la vulgaridad y la falta de auténtica inspiración. 

Un ejemplo de lo dicho podría ser el período Biedermeier, caracterizado por la hegemonía de un estilo a medio camino entre el aristocrático Rococó dieciochesco y el moderno Art Nouveau de finales del s. XIX y principios del XX, todo ello a juego con una cierta forma de pensar rancia difundida entre las capas altas de la sociedad burguesa de Europa Central y Escandinavia, sobre todo en Austria, Alemania y Suecia, entre 1815 y 1848. 

De aquellos tiempos nosotros hoy conocemos sobre todo a los autores relacionados con el movimiento romántico, pero en su momento en los citados países mucha gente consideraba el Biedermeier como el gran arte del período. Eran los años de la Restauración europea, una época encajonada a caballo entre las grandes guerras napoleónicas que la precedieron y las explosiones revolucionarias que acabaron por implantar el liberalismo en muchos países y a la vez dar el pistoletazo de salida a otro tipo de ismos igual o más decisivos, caso del nacionalismo, el socialismo o el colonialismo decimonónico. Quizás por eso lo que define a ese momento intermedio a caballo entre 1815 y 1848 es que las clases pudientes de las potencias vencedoras del Congreso de Viena se dedicaron básicamente a intentar que no ocurriera nada importante, que nada decisivo cambiase, mientras la implacable rueda de la historia giraba y giraba promoviendo todo lo contrario. Y, en consonancia con lo anterior, durante esos años de prosperidad y de molicie abúlica las clases favorecidas que vivían bajo el paraguas de diversas monarquías asentadas en el continuismo se dedicaron a encargar y luego acumular retratos ostentosos de sí mismos y en general todo tipo de obras de arte, muebles y objetos bonitos, en línea con una visión del mundo aparentemente desideologizada pero en realidad bastante conservadora.

Florecieron así el interiorismo de cuño burgués y un cierto estilo de pintura recargado y ñoño a nuestros ojos pero perfectamente reconocible a través de diversos rasgos distintivos, como el interés por los paisajes, los retratos de familias felices posando en suntuosos interiores de viviendas urbanas y en general el tono despreocupado, autocomplaciente y optimista. 








A grandes rasgos esa es la historia abreviada de un arte alejado de las principales corrientes del período y que tras unas décadas desapareció sin dejar demasiado rastro (si bien durante la segunda mitad del siglo influyó someramente en algunos movimientos propios de la igualmente rancia y conservadora Inglaterra victoriana) dando así paso a otras modas más interesantes. 

Fuera del campo artístico, entrando ya en el terreno de la política, un pariente lejano del Biedermeir, al menos en cierta forma, fue la época del Sarmatismo, un término empleado para designar ciertos aspectos de la cultura barroca polaca al servicio de la alta nobleza terrateniente, la szlachta

Los siglos XVI y XVIII fueron los de mayor expansión política y militar de Polonia (que por entonces controlaba tierras hoy pertenecientes a los países bálticos, Ucrania o Bielorusia). La particularidad de ese “Imperio” polaco era que, a diferencia de lo ocurrido en Occidente o en Rusia, donde se estaban incubando en aquel entonces potentes monarquías autoritarias a expensas del poder de la nobleza, en Polonia el sentido del proceso histórico fue el contrario. Allí la nobleza ostentaba una inmensa autoridad en sus territorios, siempre a expensas del poder central, dando lugar a un régimen oligárquico donde diversos componentes del antiguo feudalismo sobrevivieron hasta fechas muy tardías. Consecuentemente los nobles, en cuyas manos estaba el control de buena parte del país, vivieron su época de mayor bonanza durante aquellos siglos, correspondientes a nuestra Edad Moderna, y no durante los siglos de la Edad Media, como ocurrió en Europa occidental.

Pues bien, de cara a justificar sus enormes privilegios en unos momentos en que en otros países más avanzados tales prebendas estaban empezando a verse cuestionadas, los nobles polacos desarrollaron una visión de la historia un tanto sorprendente (e imaginaria) basada en la creencia de que ellos en particular descendían de los antiguos Sármatas, un pueblo de jinetes de origen iranio del que existen algunas referencias en antiguos textos griegos y romanos. En adición a lo anterior se suponía que el resto de la sociedad polaca no podía enorgullecerse de tales ancestros ya que estaría compuesta por población de origen eslavo, nacida básicamente para obedecer y callar según la cosmovisión de los grupos de privilegiados de entonces.

Con el tiempo esta idea un tanto delirante se combinó con otras parecidas como que los polacos, siempre tan católicos ellos, serían descendientes de Noé (igual que los vascos) pero eso sí los miembros de la szlachta procederían del linaje de su hijo Jafet mientras que los simples campesinos descenderían de Cam. Incluso, para complementar todo lo anterior, algunos grandes nobles polacos no tenían reparos tampoco en remontar sus orígenes a Julio César o Alejandro Magno.

En cualquier caso el período del Sarmatismo se caracterizó por dos cosas. En lo cultural el poder económico de la szlachta les permitió adoptar un estilo de vida distintivo y patrocinar digamos un arte propio que en este caso tuvo su reflejo sobre todo en el mundo de la moda así como también a través de composiciones poéticas y literarias. En lo político el poder de la nobleza dio lugar inicialmente a una serie de libertades de culto y de cortapisas al poder monárquico, muy modernas para la época, las cuales llenaron de orgullo a la szlachta convencida de las bondades de sus sistema y de ellos mismos como clase social y como líderes de todo el pueblo polaco. Pero con el tiempo la incapacidad para producir verdaderos estadistas que marcasen unas líneas de actuación a varios años vista, el nulo sentido de Estado de los miembros de la szlachta y, en último término, la enorme corrupción que se extendió entre sus rangos, desembocó en la total paralización del sistema político hasta la implosión del país a finales del s. XVIII. En ese momento Polonia fue absorbida completamente por sus poderosos vecinos, Austria, Prusia y Rusia, en parte gracias a la colaboración cómplice de varios linajes nobiliarios polacos que persiguieron hasta el final su provecho individual particular aunque fuese a costa de la destrucción de su propio Estado y del perjuicio del resto de sus conciudadanos.

Llegados aquí os preguntaréis, ¿a mí de qué me suena esta copla?. Quizás sea que los polacos nos conocen mucho mejor de lo que pensamos. A fin de cuentas los protagonistas de La vida es sueño de Calderón de la Barca, una de las obras clave de nuestro Siglo de Oro, en realidad no eran españoles sino polacos.  


Mientras pensaba en tal inquietante casualidad estos últimos días me he dado de bruces con varios textos aparecidos en medios españoles que inmediatamente han llamado mi atención. Para no dispersar vuestra atención destacaré solo dos. Por un lado ESTE y por otro ESTE. Quizá a vosotros no os parezcan raros pero tenéis que tener en cuenta que lo interesante de estos dos artículos no está en lo que cuentan, sino en el tono, la forma y sobre todo en el hecho de que no son especiales, solo son dos gotas más de agua en todo un océano de escritos e informaciones similares que machaconamente se repiten una y otra vez en prensa y televisión en España. En general se trata de variaciones en torno al mismo tema de fondo: el mito de la Transición, pilar central de la cultura progre que ha carcomido por completo a toda una generación española, para más gravedad la generación que desde hace muchos años controla con mano de hierro los resortes del panorama empresarial, político, académico, editorial, artístico y mediático en España.  

La generación que, con la excusa de que ellos ayudaron a modernizar hace muchos años todos esos aspectos, llevan décadas asegurándose de mantener el país en la podredumbre y, lo que es peor, en un absoluto inmovilismo que impide cualquier solución a tal problema. Una generación que vive instalada en una cómoda huida hacia delante a través de la negación sistemática de la realidad. Una generación que no tiene ganas ni valor para mirar de frente a su nauseabundo presente porque eso les obligaría a su vez a buscar las causas del mismo revisitando su propio pasado.

   Porque la realidad de los problemas y del presente de España no se explica solo en función de la crisis financiera iniciada en los EE.UU. hace casi diez años. Tampoco en relación con la burbuja del ladrillo propia o de los problemas de la zona euro. En realidad la "crisis" de España es una "crisis maya", una crisis cíclica, sempiterna, salpicada de algunos momentos de bonanza que sirven para justificar la persistencia en un error. Es una "crisis" producto de un conglomerado altamente complejo de factores muy numerosos, la mayor parte de ellos endógenos, los cuales con el tiempo han visto potenciado su poder destructor debido a la incapacidad o la falta de voluntad entre los grupos de nobles y sacerdotes que dirigen la sociedad de cara a realizar un diagnóstico correcto de las causas de los problemas para tomar medidas en consecuencia. 

   Tales causas son, en primer lugar, un modelo socioecónomico endeble y mal construido, basado en el sector servicios y el turismo y por tanto muy dependiente de que la coyuntura resulte propicia, pero incapaz de proporcionar empleo de calidad y seguir funcionando de forma satisfactoria en contextos internacionales adversos. Algo que condena al sistema productivo hispano a continuas recesiones más o menos cada diez o quince años y a un funcionamiento por debajo de su óptimo (siempre por ejemplo con tasas de paro y temporalidad anormalmente altas) el resto del tiempo. 

    En segundo lugar hay que tener en cuenta también la existencia de fondo de una crisis política producto de una estructura de base errónea y mal parida. Pero el contexto de crisis extiende asimismo sus tentáculos al plano educativo, al mundillo intelectual y artístico y en general a todos los ámbitos de la sociedad. Y por ello no es una crisis que se pueda resumir de forma sencilla en la confrontación de los de "arriba" contra los de "abajo". Porque el problema en España es que no solo están corrompidas la mayor parte de sus élites, la cuestión preocupante es que por debajo de las mismas casi cada gran empresa, cada sindicato, cada municipio, cada universidad, cada productora de televisión, cada cofradía, cada patronato, está secuestrado por algún pequeño grupo de amiguetes que se nutre de ello y ve perfectamente normal que "los demás", los que no son de familia o de su "cuerda" simplemente "se jodan". 

   Hablamos de la corrupción moral extendida a todos los órdenes de la sociedad, desde los grandes banqueros al tipo que trabaja "en negro" para seguir cobrando el paro, pasando por el señor que defrauda al fisco con las cuentas de su pequeño negocio, pero solo un poco, o el que trabaja en un juzgado y de cuando en cuando acepta "traspapelar" expedientes a cambio de "mordidas", hasta llegar al que sostiene su nivel de vida gracias a alguna estafa en una subvención europea, o aprobó sus oposiciones gracias al amigo de un familiar dejando en la cuneta a veinte aspirantes mejor preparados que él. Al final, como sumando y sumando el resultado de la cuenta son millones de personas implicadas en esas pequeñas corruptelas cotidianas eso elimina cualquier posibilidad de que el "sistema" imperante funcione de forma meritocrática, eficiente y redistributiva garantizando una adecuada movilidad social. 

   Pese a todo ello alguien podría argumentar que la sociedad española es una sociedad que más o menos sigue adelante. Como la italiana o la argentina. No obstante el precio es que sean los más "listos" o los mejor emparentados o los más canallas y no los más productivos y capacitados los que se llevan la mejor tajada, los que ascienden en el trabajo, los que resultan elegidos para puestos de responsabilidad, los que obtienen la contrata más lucrativa o las mejores ayudas públicas. Es decir, a pesar de los problemas el "sistema" continúa milagrosamente funcionando, e incluso en algunos períodos se ofrece la ilusión de que las cosas van bien, pero a costa de que todo funcione de manera injusta y en general más lento de lo que debería o podría en un país relativamente rico, bien situado y lleno de gente joven muy capacitada.      

Sin embargo este análisis tan pesimista, acertado o no, en España no existe siquiera como posibilidad en el gran debate público. Oficialmente en España para los grandes medios, para los grandes intelectuales, para los grandes artistas, para los grandes escritores y columnistas, para los académicos de postín, está claro que hay problemas, sobre todo problemas venidos de fuera. Problemas relacionados con Alemania, con los EE.UU., con Gran Bretaña, con el euro, con el cambio climático, con la inmigración, con el terrorismo islámico, quizás sí con un poco de corrupción propia, pero es implanteable un juicio en que se impugne al "sistema" vigente en España en su totalidad, es decir el Régimen de la Transición y sus pilares: empezando por la Casa Real y sus miserias, así como ese cajón de sastre que es la Constitución, hasta llegar a la chapuza improvisada sobre la marcha que es el sistema autonómico, la UE (no es siquiera planteable que pueda existir vida fuera de tal institución), o al comienzo de todo. Y con esto último me refiero, cómo no, al silencio nauseabundo sobre el pecado original de todo lo anterior. 

   A saber, el sistema político actual en España (y dado que de una forma u otra los tentáculos de la clase política se extienden a múltiples ámbitos, desde los periódicos a las empresas eléctricas, pasando por los bancos o las universidades, podemos decir que la sociedad española actual en su conjunto) nació de que los representantes de la "nación" y depositarios autoproclamados de su soberanía aceptasen en nombre del pueblo un pacto con las élites de un régimen dictatorial (del cual provenían esos mismos representantes) mediante el cual tales élites no solo se llevaron la parte del león (en tanto que impusieron la mayor parte de sus condiciones y mantuvieron sus prebendas intactas asegurándose inmunidad perpetua para todos sus delitos previos) sino que además también obtuvieron los medios para colocar a sus hijos en posiciones de privilegio dentro del nuevo "sistema" que sustituyó al anterior. O más bien que lo actualizó.  

   Pero todo eso en España no se puede discutir. Por supuesto puedes decirlo, nadie va a venir a tu casa a matarte, pero tampoco nadie te va a escuchar. Nadie te va a dar un premio por ello ni va a entrevistarte, o repetir tus palabras, mucho menos gastar dinero en publicarlas y ayudarte a difundirlas. A fin de cuentas en España la generación de reflexiones y pensamiento de "vanguardia" sobre nuestro propio sistema no deja de estar en manos de la Fundación Juan March, la Fundación Ramón Areces, el Centro Botín, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, la FAES, la Fundación Sistema, o la ya cerrada Fundación IDEAS, etc. Lean ustedes quien pone el dinero y decide las agendas de esos lugares y entenderán muchas cosas sobre el carácter acomodaticio de nuestra esfera académica e intelectual. 

   En cuanto al resto de la población, cualquiera que tenga pensamientos "radicales" o "impropios" tiene permitido patalear en un rincón mientras no moleste, aunque de un tiempo a esta parte hasta eso está en cuestión. Gracias a lo cual el grueso del país sigue instalado en la mentira de que en España existen algunos "problemillas" pero no son tan graves, son pasajeros y en general hay muchos otros países que están igual y la solución depende de los "mercados financieros internacionales" o algo así. Los pilares del edificio son robustos, solo hay que cerrar los ojos y resistir algo más de tiempo. Esperar hasta que el dolor en el pecho pase y luego seguir como si nada hasta que vuelva a aparecer nuevamente y entonces agacharse y aguantar. Y así una y otra vez. Pero todo va bien. Todo está correcto. Lo que necesita el país es más "estabilidad".

   Porque en definitiva cuestionar frontalmente el actual sistema político y socioeconómico en España es cuestionar la obra de su vida para la generación que aún lo controla. Por ello les resulta imposible renegar del tinglado que ellos mismos construyeron, o en todo caso el que no se atrevieron a modificar de verdad cuando tuvieron una pequeña oportunidad, limitándose en cambio a hacer un Gatopardo (cambiarlo todo para que nada cambie) y luego pasarse el resto de su vida, con el pecho henchido de orgullo, contando a todo el que se prestase a escucharles unas fantásticas historias sobre lo arrojados, listos y valientes que habían sido y lo bueno y bonito que era todo lo que hicieron en sus años mozos, desde aquella orgía hortera de drogas y alcohol que llamaron La Movida, hasta las hermosas fábulas sobre lo supuestamente ocurrido cierto día de Febrero del año 81. Eso sin entrar en la forma servil y acrítica en la que esa gente votó en masa para integrar al país en la OTAN o el sistema euro y apoyó con cada una de sus pequeñas decisiones la generalización de un determinado modelo de economía basado en el ladrillo y las tumbonas de playa.


A fin de cuentas en España es la generación que protagonizó la Transición, o bien la que renunció a protagonizarla, pero luego de una forma u otra se benefició de ella incluso bastante por encima de sus méritos o su talento objetivo, la que desde entonces controla buena parte de los resortes del poder o los grandes altavoces públicos y la que en última instancia, debido a todo lo anterior, ha resultado clave en la toma de todas las decisiones políticas estratégicas que se han sucedido en ese país desde entonces.

Y llegados a este punto yo casi los entiendo. Todos esos señores que ahora son prestigiosos escritores y periodistas, dueños de una pequeña empresa, directores de algo, de un instituto o para el caso de unas galerías de arte, catedráticos universitarios, abogados o sindicalistas de postín, senadores, alcaldes y políticos de todo pelaje, o simples cuñados de bar, no quieren ponerse a repensar sus decisiones de entonces y plantarse frente a la incómoda posibilidad de que tal vez se equivocaron. De que sus recuerdos están distorsionados por las ansias de parecer más guapos, más listos y mucho más íntegros de lo que en realidad alguna vez fueron. De que tal vez la fastidiaron. De que a cambio de tener ellos una buena vida nos jodieron la nuestra y la de los nietos de los vecinos. De que tal vez, aunque no aceptarán jamás reconocerlo, muy muy en el fondo de su alma siempre fueron conscientes de que ese era el precio y nunca les importó.

Se da el caso de que a lo largo de los próximos diez o quince años casi toda esa gente se va a morir. Y nadie quiere recorrer esa parte de la vida que se termina conviviendo con una sensación desagradable y replanteándose cosas sobre su propia existencia. Además, a fin de cuentas ellos son los escasos ciudadanos del país que no tienen serios problemas de dinero con el que sostener algo parecido a la ficción de una vida digna, con lo cual desde esa atalaya atisbar las grietas en el suelo puede ser difícil. A una cierta edad la vista comienza a fallar. Así que no van a hacer nada diferente a aferrarse a su mentira hasta el final, como un loco que intuye su locura pero asustado ante esa triste verdad se niega a mirarla de frente y admitir sus implicaciones.


Por tanto nada se puede hacer mientras ellos sigan vivos, siendo mayoría y controlando los medios para reproducir a través del sistema educativo, editorial y mediático “su” verdad. Para los que vinimos inmediatamente detrás y ahora tenemos treinta y pico o cuarenta años la suerte ya está echada, ya es tarde. Pero los que venís a continuación de nosotros quizás vais a tener una oportunidad de cambiar las cosas y derribar el edificio en ruinas que es la España actual con la esperanza de poder luego construir algo que realmente merezca la pena sobre un solar despejado. 

Cuando llegue ese momento por favor no enterréis vuestra vida en la perpetuación voluntaria de una gran mentira colectiva nacida de un pacto que la Historia con el tiempo condenará como indefendible y, si llegáis a tener la oportunidad, prendedle fuego al Régimen de la Transición. Pensad que tarde o temprano alguien va a tener que hacerlo, así que dad un paso al frente y quizás de esa forma algún día, cuando llegue el momento de contarle batallitas a vuestros nietos, tendréis una historia real y auténticamente digna que narrar y ellos a su vez un futuro que no implique agachar la cabeza y seguir tragando con que ganen los malos. Que encima ni siquiera son unos malos carismáticos y competentes sino una manada de mediocres egoístas que en algunos casos hasta se han creído sus propias mentiras.