domingo, 25 de junio de 2017

La crisis maya



Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.




   En contra de la imagen que puedan transmitir los libros de texto lo cierto es que no todos los períodos históricos o los estilos artísticos que se han sucedido a lo largo de la historia poseen verdadero interés. De hecho en el pasado humano también existen (incluso podría decirse que abundan) las etapas de decadencia, molicie y preponderancia de la vulgaridad y la falta de auténtica inspiración. 

Un ejemplo de lo dicho podría ser el período Biedermeier, caracterizado por la hegemonía de un estilo a medio camino entre el aristocrático Rococó dieciochesco y el moderno Art Nouveau de finales del s. XIX y principios del XX, todo ello a juego con una cierta forma de pensar rancia difundida entre las capas altas de la sociedad burguesa de Europa Central y Escandinavia, sobre todo en Austria, Alemania y Suecia, entre 1815 y 1848. 

De aquellos tiempos nosotros hoy conocemos sobre todo a los autores relacionados con el movimiento romántico, pero en su momento en los citados países mucha gente consideraba el Biedermeier como el gran arte del período. Eran los años de la Restauración europea, una época encajonada a caballo entre las grandes guerras napoleónicas que la precedieron y las explosiones revolucionarias que acabaron por implantar el liberalismo en muchos países y a la vez dar el pistoletazo de salida a otro tipo de ismos igual o más decisivos, caso del nacionalismo, el socialismo o el colonialismo decimonónico. Quizás por eso lo que define a ese momento intermedio a caballo entre 1815 y 1848 es que las clases pudientes de las potencias vencedoras del Congreso de Viena se dedicaron básicamente a intentar que no ocurriera nada importante, que nada decisivo cambiase, mientras la implacable rueda de la historia giraba y giraba promoviendo todo lo contrario. Y, en consonancia con lo anterior, durante esos años de prosperidad y de molicie abúlica las clases favorecidas que vivían bajo el paraguas de diversas monarquías asentadas en el continuismo se dedicaron a encargar y luego acumular retratos ostentosos de sí mismos y en general todo tipo de obras de arte, muebles y objetos bonitos, en línea con una visión del mundo aparentemente desideologizada pero en realidad bastante conservadora.

Florecieron así el interiorismo de cuño burgués y un cierto estilo de pintura recargado y ñoño a nuestros ojos pero perfectamente reconocible a través de diversos rasgos distintivos, como el interés por los paisajes, los retratos de familias felices posando en suntuosos interiores de viviendas urbanas y en general el tono despreocupado, autocomplaciente y optimista. 








A grandes rasgos esa es la historia abreviada de un arte alejado de las principales corrientes del período y que tras unas décadas desapareció sin dejar demasiado rastro (si bien durante la segunda mitad del siglo influyó someramente en algunos movimientos propios de la igualmente rancia y conservadora Inglaterra victoriana) dando así paso a otras modas más interesantes. 

Fuera del campo artístico, entrando ya en el terreno de la política, un pariente lejano del Biedermeir, al menos en cierta forma, fue la época del Sarmatismo, un término empleado para designar ciertos aspectos de la cultura barroca polaca al servicio de la alta nobleza terrateniente, la szlachta

Los siglos XVI y XVIII fueron los de mayor expansión política y militar de Polonia (que por entonces controlaba tierras hoy pertenecientes a los países bálticos, Ucrania o Bielorusia). La particularidad de ese “Imperio” polaco era que, a diferencia de lo ocurrido en Occidente o en Rusia, donde se estaban incubando en aquel entonces potentes monarquías autoritarias a expensas del poder de la nobleza, en Polonia el sentido del proceso histórico fue el contrario. Allí la nobleza ostentaba una inmensa autoridad en sus territorios, siempre a expensas del poder central, dando lugar a un régimen oligárquico donde diversos componentes del antiguo feudalismo sobrevivieron hasta fechas muy tardías. Consecuentemente los nobles, en cuyas manos estaba el control de buena parte del país, vivieron su época de mayor bonanza durante aquellos siglos, correspondientes a nuestra Edad Moderna, y no durante los siglos de la Edad Media, como ocurrió en Europa occidental.

Pues bien, de cara a justificar sus enormes privilegios en unos momentos en que en otros países más avanzados tales prebendas estaban empezando a verse cuestionadas, los nobles polacos desarrollaron una visión de la historia un tanto sorprendente (e imaginaria) basada en la creencia de que ellos en particular descendían de los antiguos Sármatas, un pueblo de jinetes de origen iranio del que existen algunas referencias en antiguos textos griegos y romanos. En adición a lo anterior se suponía que el resto de la sociedad polaca no podía enorgullecerse de tales ancestros ya que estaría compuesta por población de origen eslavo, nacida básicamente para obedecer y callar según la cosmovisión de los grupos de privilegiados de entonces.

Con el tiempo esta idea un tanto delirante se combinó con otras parecidas como que los polacos, siempre tan católicos ellos, serían descendientes de Noé (igual que los vascos) pero eso sí los miembros de la szlachta procederían del linaje de su hijo Jafet mientras que los simples campesinos descenderían de Cam. Incluso, para complementar todo lo anterior, algunos grandes nobles polacos no tenían reparos tampoco en remontar sus orígenes a Julio César o Alejandro Magno.

En cualquier caso el período del Sarmatismo se caracterizó por dos cosas. En lo cultural el poder económico de la szlachta les permitió adoptar un estilo de vida distintivo y patrocinar digamos un arte propio que en este caso tuvo su reflejo sobre todo en el mundo de la moda así como también a través de composiciones poéticas y literarias. En lo político el poder de la nobleza dio lugar inicialmente a una serie de libertades de culto y de cortapisas al poder monárquico, muy modernas para la época, las cuales llenaron de orgullo a la szlachta convencida de las bondades de sus sistema y de ellos mismos como clase social y como líderes de todo el pueblo polaco. Pero con el tiempo la incapacidad para producir verdaderos estadistas que marcasen unas líneas de actuación a varios años vista, el nulo sentido de Estado de los miembros de la szlachta y, en último término, la enorme corrupción que se extendió entre sus rangos, desembocó en la total paralización del sistema político hasta la implosión del país a finales del s. XVIII. En ese momento Polonia fue absorbida completamente por sus poderosos vecinos, Austria, Prusia y Rusia, en parte gracias a la colaboración cómplice de varios linajes nobiliarios polacos que persiguieron hasta el final su provecho individual particular aunque fuese a costa de la destrucción de su propio Estado y del perjuicio del resto de sus conciudadanos.

Llegados aquí os preguntaréis, ¿a mí de qué me suena esta copla?. Quizás sea que los polacos nos conocen mucho mejor de lo que pensamos. A fin de cuentas los protagonistas de La vida es sueño de Calderón de la Barca, una de las obras clave de nuestro Siglo de Oro, en realidad no eran españoles sino polacos.  


Mientras pensaba en tal inquietante casualidad estos últimos días me he dado de bruces con varios textos aparecidos en medios españoles que inmediatamente han llamado mi atención. Para no dispersar vuestra atención destacaré solo dos. Por un lado ESTE y por otro ESTE. Quizá a vosotros no os parezcan raros pero tenéis que tener en cuenta que lo interesante de estos dos artículos no está en lo que cuentan, sino en el tono, la forma y sobre todo en el hecho de que no son especiales, solo son dos gotas más de agua en todo un océano de escritos e informaciones similares que machaconamente se repiten una y otra vez en prensa y televisión en España. En general se trata de variaciones en torno al mismo tema de fondo: el mito de la Transición, pilar central de la cultura progre que ha carcomido por completo a toda una generación española, para más gravedad la generación que desde hace muchos años controla con mano de hierro los resortes del panorama empresarial, político, académico, editorial, artístico y mediático en España.  

La generación que, con la excusa de que ellos ayudaron a modernizar hace muchos años todos esos aspectos, llevan décadas asegurándose de mantener el país en la podredumbre y, lo que es peor, en un absoluto inmovilismo que impide cualquier solución a tal problema. Una generación que vive instalada en una cómoda huida hacia delante a través de la negación sistemática de la realidad. Una generación que no tiene ganas ni valor para mirar de frente a su nauseabundo presente porque eso les obligaría a su vez a buscar las causas del mismo revisitando su propio pasado.

   Porque la realidad de los problemas y del presente de España no se explica solo en función de la crisis financiera iniciada en los EE.UU. hace casi diez años. Tampoco en relación con la burbuja del ladrillo propia o de los problemas de la zona euro. En realidad la "crisis" de España es una "crisis maya", una crisis cíclica, sempiterna, salpicada de algunos momentos de bonanza que sirven para justificar la persistencia en un error. Es una "crisis" producto de un conglomerado altamente complejo de factores muy numerosos, la mayor parte de ellos endógenos, los cuales con el tiempo han visto potenciado su poder destructor debido a la incapacidad o la falta de voluntad entre los grupos de nobles y sacerdotes que dirigen la sociedad de cara a realizar un diagnóstico correcto de las causas de los problemas para tomar medidas en consecuencia. 

   Tales causas son, en primer lugar, un modelo socioecónomico endeble y mal construido, basado en el sector servicios y el turismo y por tanto muy dependiente de que la coyuntura resulte propicia, pero incapaz de proporcionar empleo de calidad y seguir funcionando de forma satisfactoria en contextos internacionales adversos. Algo que condena al sistema productivo hispano a continuas recesiones más o menos cada diez o quince años y a un funcionamiento por debajo de su óptimo (siempre por ejemplo con tasas de paro y temporalidad anormalmente altas) el resto del tiempo. 

    En segundo lugar hay que tener en cuenta también la existencia de fondo de una crisis política producto de una estructura de base errónea y mal parida. Pero el contexto de crisis extiende asimismo sus tentáculos al plano educativo, al mundillo intelectual y artístico y en general a todos los ámbitos de la sociedad. Y por ello no es una crisis que se pueda resumir de forma sencilla en la confrontación de los de "arriba" contra los de "abajo". Porque el problema en España es que no solo están corrompidas la mayor parte de sus élites, la cuestión preocupante es que por debajo de las mismas casi cada gran empresa, cada sindicato, cada municipio, cada universidad, cada productora de televisión, cada cofradía, cada patronato, está secuestrado por algún pequeño grupo de amiguetes que se nutre de ello y ve perfectamente normal que "los demás", los que no son de familia o de su "cuerda" simplemente "se jodan". 

   Hablamos de la corrupción moral extendida a todos los órdenes de la sociedad, desde los grandes banqueros al tipo que trabaja "en negro" para seguir cobrando el paro, pasando por el señor que defrauda al fisco con las cuentas de su pequeño negocio, pero solo un poco, o el que trabaja en un juzgado y de cuando en cuando acepta "traspapelar" expedientes a cambio de "mordidas", hasta llegar al que sostiene su nivel de vida gracias a alguna estafa en una subvención europea, o aprobó sus oposiciones gracias al amigo de un familiar dejando en la cuneta a veinte aspirantes mejor preparados que él. Al final, como sumando y sumando el resultado de la cuenta son millones de personas implicadas en esas pequeñas corruptelas cotidianas eso elimina cualquier posibilidad de que el "sistema" imperante funcione de forma meritocrática, eficiente y redistributiva garantizando una adecuada movilidad social. 

   Pese a todo ello alguien podría argumentar que la sociedad española es una sociedad que más o menos sigue adelante. Como la italiana o la argentina. No obstante el precio es que sean los más "listos" o los mejor emparentados o los más canallas y no los más productivos y capacitados los que se llevan la mejor tajada, los que ascienden en el trabajo, los que resultan elegidos para puestos de responsabilidad, los que obtienen la contrata más lucrativa o las mejores ayudas públicas. Es decir, a pesar de los problemas el "sistema" continúa milagrosamente funcionando, e incluso en algunos períodos se ofrece la ilusión de que las cosas van bien, pero a costa de que todo funcione de manera injusta y en general más lento de lo que debería o podría en un país relativamente rico, bien situado y lleno de gente joven muy capacitada.      

Sin embargo este análisis tan pesimista, acertado o no, en España no existe siquiera como posibilidad en el gran debate público. Oficialmente en España para los grandes medios, para los grandes intelectuales, para los grandes artistas, para los grandes escritores y columnistas, para los académicos de postín, está claro que hay problemas, sobre todo problemas venidos de fuera. Problemas relacionados con Alemania, con los EE.UU., con Gran Bretaña, con el euro, con el cambio climático, con la inmigración, con el terrorismo islámico, quizás sí con un poco de corrupción propia, pero es implanteable un juicio en que se impugne al "sistema" vigente en España en su totalidad, es decir el Régimen de la Transición y sus pilares: empezando por la Casa Real y sus miserias, así como ese cajón de sastre que es la Constitución, hasta llegar a la chapuza improvisada sobre la marcha que es el sistema autonómico, la UE (no es siquiera planteable que pueda existir vida fuera de tal institución), o al comienzo de todo. Y con esto último me refiero, cómo no, al silencio nauseabundo sobre el pecado original de todo lo anterior. 

   A saber, el sistema político actual en España (y dado que de una forma u otra los tentáculos de la clase política se extienden a múltiples ámbitos, desde los periódicos a las empresas eléctricas, pasando por los bancos o las universidades, podemos decir que la sociedad española actual en su conjunto) nació de que los representantes de la "nación" y depositarios autoproclamados de su soberanía aceptasen en nombre del pueblo un pacto con las élites de un régimen dictatorial (del cual provenían esos mismos representantes) mediante el cual tales élites no solo se llevaron la parte del león (en tanto que impusieron la mayor parte de sus condiciones y mantuvieron sus prebendas intactas asegurándose inmunidad perpetua para todos sus delitos previos) sino que además también obtuvieron los medios para colocar a sus hijos en posiciones de privilegio dentro del nuevo "sistema" que sustituyó al anterior. O más bien que lo actualizó.  

   Pero todo eso en España no se puede discutir. Por supuesto puedes decirlo, nadie va a venir a tu casa a matarte, pero tampoco nadie te va a escuchar. Nadie te va a dar un premio por ello ni va a entrevistarte, o repetir tus palabras, mucho menos gastar dinero en publicarlas y ayudarte a difundirlas. A fin de cuentas en España la generación de reflexiones y pensamiento de "vanguardia" sobre nuestro propio sistema no deja de estar en manos de la Fundación Juan March, la Fundación Ramón Areces, el Centro Botín, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, la FAES, la Fundación Sistema, o la ya cerrada Fundación IDEAS, etc. Lean ustedes quien pone el dinero y decide las agendas de esos lugares y entenderán muchas cosas sobre el carácter acomodaticio de nuestra esfera académica e intelectual. 

   En cuanto al resto de la población, cualquiera que tenga pensamientos "radicales" o "impropios" tiene permitido patalear en un rincón mientras no moleste, aunque de un tiempo a esta parte hasta eso está en cuestión. Gracias a lo cual el grueso del país sigue instalado en la mentira de que en España existen algunos "problemillas" pero no son tan graves, son pasajeros y en general hay muchos otros países que están igual y la solución depende de los "mercados financieros internacionales" o algo así. Los pilares del edificio son robustos, solo hay que cerrar los ojos y resistir algo más de tiempo. Esperar hasta que el dolor en el pecho pase y luego seguir como si nada hasta que vuelva a aparecer nuevamente y entonces agacharse y aguantar. Y así una y otra vez. Pero todo va bien. Todo está correcto. Lo que necesita el país es más "estabilidad".

   Porque en definitiva cuestionar frontalmente el actual sistema político y socioeconómico en España es cuestionar la obra de su vida para la generación que aún lo controla. Por ello les resulta imposible renegar del tinglado que ellos mismos construyeron, o en todo caso el que no se atrevieron a modificar de verdad cuando tuvieron una pequeña oportunidad, limitándose en cambio a hacer un Gatopardo (cambiarlo todo para que nada cambie) y luego pasarse el resto de su vida, con el pecho henchido de orgullo, contando a todo el que se prestase a escucharles unas fantásticas historias sobre lo arrojados, listos y valientes que habían sido y lo bueno y bonito que era todo lo que hicieron en sus años mozos, desde aquella orgía hortera de drogas y alcohol que llamaron La Movida, hasta las hermosas fábulas sobre lo supuestamente ocurrido cierto día de Febrero del año 81. Eso sin entrar en la forma servil y acrítica en la que esa gente votó en masa para integrar al país en la OTAN o el sistema euro y apoyó con cada una de sus pequeñas decisiones la generalización de un determinado modelo de economía basado en el ladrillo y las tumbonas de playa.


A fin de cuentas en España es la generación que protagonizó la Transición, o bien la que renunció a protagonizarla, pero luego de una forma u otra se benefició de ella incluso bastante por encima de sus méritos o su talento objetivo, la que desde entonces controla buena parte de los resortes del poder o los grandes altavoces públicos y la que en última instancia, debido a todo lo anterior, ha resultado clave en la toma de todas las decisiones políticas estratégicas que se han sucedido en ese país desde entonces.

Y llegados a este punto yo casi los entiendo. Todos esos señores que ahora son prestigiosos escritores y periodistas, dueños de una pequeña empresa, directores de algo, de un instituto o para el caso de unas galerías de arte, catedráticos universitarios, abogados o sindicalistas de postín, senadores, alcaldes y políticos de todo pelaje, o simples cuñados de bar, no quieren ponerse a repensar sus decisiones de entonces y plantarse frente a la incómoda posibilidad de que tal vez se equivocaron. De que sus recuerdos están distorsionados por las ansias de parecer más guapos, más listos y mucho más íntegros de lo que en realidad alguna vez fueron. De que tal vez la fastidiaron. De que a cambio de tener ellos una buena vida nos jodieron la nuestra y la de los nietos de los vecinos. De que tal vez, aunque no aceptarán jamás reconocerlo, muy muy en el fondo de su alma siempre fueron conscientes de que ese era el precio y nunca les importó.

Se da el caso de que a lo largo de los próximos diez o quince años casi toda esa gente se va a morir. Y nadie quiere recorrer esa parte de la vida que se termina conviviendo con una sensación desagradable y replanteándose cosas sobre su propia existencia. Además, a fin de cuentas ellos son los escasos ciudadanos del país que no tienen serios problemas de dinero con el que sostener algo parecido a la ficción de una vida digna, con lo cual desde esa atalaya atisbar las grietas en el suelo puede ser difícil. A una cierta edad la vista comienza a fallar. Así que no van a hacer nada diferente a aferrarse a su mentira hasta el final, como un loco que intuye su locura pero asustado ante esa triste verdad se niega a mirarla de frente y admitir sus implicaciones.


Por tanto nada se puede hacer mientras ellos sigan vivos, siendo mayoría y controlando los medios para reproducir a través del sistema educativo, editorial y mediático “su” verdad. Para los que vinimos inmediatamente detrás y ahora tenemos treinta y pico o cuarenta años la suerte ya está echada, ya es tarde. Pero los que venís a continuación de nosotros quizás vais a tener una oportunidad de cambiar las cosas y derribar el edificio en ruinas que es la España actual con la esperanza de poder luego construir algo que realmente merezca la pena sobre un solar despejado. 

Cuando llegue ese momento por favor no enterréis vuestra vida en la perpetuación voluntaria de una gran mentira colectiva nacida de un pacto que la Historia con el tiempo condenará como indefendible y, si llegáis a tener la oportunidad, prendedle fuego al Régimen de la Transición. Pensad que tarde o temprano alguien va a tener que hacerlo, así que dad un paso al frente y quizás de esa forma algún día, cuando llegue el momento de contarle batallitas a vuestros nietos, tendréis una historia real y auténticamente digna que narrar y ellos a su vez un futuro que no implique agachar la cabeza y seguir tragando con que ganen los malos. Que encima ni siquiera son unos malos carismáticos y competentes sino una manada de mediocres egoístas que en algunos casos hasta se han creído sus propias mentiras.  


martes, 6 de junio de 2017

Garrapatas y dragones


Así es cómo se las arreglan para controlarnos. Seguro que lo sabes. Eres demasiado listo como para no saberlo. Llenan el mundo de sombras y les dicen a los demás que no se alejen de la luz. Su luz. Sus causas. Sus opiniones. Nos cuentan que en la oscuridad hay dragones. Pero no es verdad. Podemos demostrar que no es verdad. En la oscuridad hay hallazgos, hay posibilidades... en la oscuridad hay libertad cuando alguien la alumbra.

El Capitán Flint en el último episodio de esa pequeña joya que es “Black Sails”.




  

Al pasear por los bosques cercanos a mi actual residencia hay que tener mucho cuidado con un animal especialmente. No es un oso, ni es un lobo sino un pequeño insecto. Se trata concretamente de una variedad de garrapata que puede llegar a causar la muerte. No de forma inmediata, por supuesto. Su peligro se basa en que tras morder la carne y pegarse a algún recóndito rincón del cuerpo segrega un veneno que genera infecciones y además, de forma simultánea, libera una sustancia analgésica que enmascara el dolor de la picadura, la cual resulta así indetectable para el sistema nervioso. De esa forma pueden pasar días o semanas hasta que el huésped humano descubre al parásito. El problema es que para entonces el daño suele ser ya irreversible.

En España no hay garrapatas como esas, pero lo anterior no impide que existan problemas en parte similares. A ver si soy capaz de explicaros uno que tengo en la cabeza, porque es más grave de lo que parece pese a lo cual la mayor parte de la población española ni siquiera es consciente del asunto. Como si de la picadura de una gigantesca y maligna garrapata se tratara.

En teoría en las sociedades libres y democráticas existen varias cortapisas a la corrupción y en última instancia al abuso por parte de los poderosos. A saber, la cacareada división de poderes, también por supuesto el imperio de la ley, así como la atenta vigilancia de que todo lo anterior se cumple llevada a cabo por los medios de comunicación en general. Esto último es muy importante porque dentro de un sistema democrático regido por elecciones periódicas es necesario que la población disponga de información veraz a la hora de tomar la decisión de a quién o qué votar.

  Ahora bien. Cuando hablamos de que la población ha de poseer una información fiable a la hora de tomar decisiones colectivas de gran calado tenemos tendencia a centrarnos en el corto plazo y pensar que los intermediarios en ese proceso han de ser los periodistas profesionales en exclusiva. Sin embargo lo cierto es que resulta imposible que una sociedad sepa interpretar la información pública y tomar luego decisiones racionales a partir de ella si no se dispone previamente de un buen sistema educativo que fabrique ciudadanos cultos, honrados y capaces, lo que deposita gran responsabilidad en los maestros que pilotan dicho sistema. Con frecuencia olvidamos que una sociedad con buenos periodistas pero pésimos educadores no puede funcionar. 

Asimismo es importante no perder la perspectiva del “tiempo largo”. La información que importa no siempre es la relativa al suceso y a lo inmediato sino que en ocasiones la información verdaderamente relevante tiene relación con el pasado lejano y sus procesos. Y ese campo no es competencia de los periodistas, ni de los profesores propiamente dichos, sino de los historiadores.  

Yendo al grano. En todos los países el aparato estatal de gobierno produce regularmente ingentes cantidades de información. Algunos fragmentos de la misma resultan especialmente relevantes ya que detallan los motivos, inconfesables a veces, secretos en la mayoría de los casos, que en su momento llevaron a adoptar tal o cual camino a los dirigentes de turno. Pero incluso las piezas de información que no parecen importantes de por sí, puestas en conjunto e interpretada por profesionales en el análisis del pasado, pueden servir a veces para articular y ofrecer a la población un discurso alternativo al relato oficial de los acontecimientos.

Por supuesto las montañas de papeles confidenciales que las burocracias de los Estados producen a diario no pueden ser consultadas de inmediato por personal ajeno a la propia Administración y por tanto esos documentos atraviesan un período de varias décadas durante las cuales son considerados material clasificado de acceso muy restringido. Pero en los países normales, de forma automática, pasados 20 o 30 años desde su fecha de emisión ese tipo de expedientes en manos del Estado pasan a ser de acceso público. En países normales ningún documento, por importante que sea, puede permanecer secreto indefinidamente. Claro está toda traza de los hechos realmente inconfesables suele ser eliminada en su momento, pero lo importante es que el resto, la documentación que pueda quedar, fluye de las oficinas gubernamentales a los archivos y de ahí al público a través de los historiadores de forma más o menos automática, reglada y periódica. Y a veces entre esa documentación quedan rastros de eventos que el poder de antaño quiso ocultar o borrar de la memoria colectiva.

Por poner un ejemplo. En EE.UU. la rutina es que los documentos clasificados pasen a ser públicos a los 25 años de haber sido redactados. Si el papel en cuestión contiene una información juzgada como demasiado sensible o que puede poner en peligro la seguridad nacional entonces el secreto dura 50 años, momento a partir del cual es desclasificado por sistema. Por su parte en el Reino Unido el plazo standard para que un documento pase a ser automáticamente de libre consulta son 30 años y se debate ahora reducirlos sensiblemente. Plazos similares a los que operan en los países escandinavos o Alemania por ejemplo.

En Francia en cambio son un poco más restrictivos. Pero en general en casi todos los países de nuestro entorno existe el consenso de que pasados 50 años un documento oficial se ha convertido en un documento histórico y por tanto ya no lo ampara tal cosa como el “secreto de Estado”.

En España sin embargo NO sucede eso. 

En lo que hoy nos concierne una de las muchas cosas que impiden a España ser un país normal es que, por mucho que todo el mundo insista en silenciarlo o ignorarlo, resulta que parte de la legislación emitida por una odiosa dictadura militar de tinte fascista sigue en vigor. Peculiaridades de nuestra “Transición”. 

Por ello entre otras cosas en ese país la piedra angular sobre la que se sustenta el sistema de archivos, y en general del acceso público a los registros internos que documentan la actividad del Gobierno, es una increíblemente arcaica y restrictiva ley emitida en 1968, la cual en su momento poseía toda la lógica, justo es reconocerlo, ya que a fin de cuentas el propósito de la misma consistía en proteger al aparato represivo de una dictadura (el Régimen franquista en el poder por entonces), blindando el acceso del público a cualquier material sensible sobre los altos niveles de la Administración, el servicio diplomático y, por supuesto, el aparato policial y de seguridad, así como todo lo relativo a los servicios de inteligencia del Régimen.

En cambio llama la atención y dice mucho de la auténtica naturaleza de nuestra “Transición” el que la esencia de dicha ley siga siendo respetada aún hoy pese a las modificaciones efectuadas por la Ley reguladora de Secretos Oficiales de 1978 la cual, por cierto, pese al clima de “apertura” que supuestamente impregnó aquellos años en el fondo lo que hizo fue añadir a la Ley del 68 todavía más compartimentos estanco, es decir designar nuevos ámbitos protegidos de todo posible escrutinio. De esa forma se consagró por entonces como principio en el engranaje jurídico del Régimen de la "Transición" que la potestad de calificar una información como secreta en España sea una competencia reservada en exclusiva al Consejo de Ministros y a la Junta de Jefes de Estado Mayor.

Esto que al ciudadano corriente no le importa lo más mínimo y en todo caso puede parecerle inocuo tiene sus consecuencias porque implica varias cosas inquietantes. Entre ellas que en España en realidad no hay un plazo, por largo que sea, a partir del cual la información interna que han manejado los sucesivos Gobiernos, así como el registro de sus actividades diarias o del proceso de toma de decisiones, se desclasifica de forma automática. Y esto a su vez supone que haya cosas que jamás podrán formar parte del debate público en base a algo más que la pura especulación porque no es posible conocerlas a ciencia cierta. Pero sigamos. 

El caso es que en 2013 se publicó a bombo y platillo una Ley de Transparencia. Todo lo que rodea a la misma es otro perfecto ejemplo de cómo funcionan los entramados legales tejidos por el Régimen de la “Transición”. En primer lugar por su incoherencia manifiesta.

Para que entendáis de qué hablo pensad por ejemplo en la Constitución, ese texto sacrosanto obra magna de unas mentes preclaras a juzgar por el relato que documentales y libros de texto hacen de su génesis. En su conglomerado de artículos se implementa una figura en teoría innovadora y justiciera como la del Defensor del Pueblo, la cual luego resulta que no tiene definidas claramente unas atribuciones lo que la convierte en la práctica en un puesto decorativo donde cobrar un buen sueldo (a costa del erario público) y hacer currículum. Asimismo se establece como principio básico la igualdad de sexos pero a la vez se mantiene la sucesión por vía masculina en el ámbito de la Corona. Se atribuye al Senado un papel de representación territorial que en realidad no ejerce, ya que de hecho carece casi por completo de competencias propias al margen del Congreso. En otros artículos se habla de la separación de poderes mientras se consagra un sistema donde son los partidos los que proponen a los miembros del Tribunal Constitucional e influyen también en el Consejo General del Poder Judicial (el órgano de gobierno de los jueces). España en el fondo se define por ese tipo de cosas. Por la acumulación de incongruencias a medio camino entre lo espontáneamente chapucero y lo astutamente conveniente. 

Conveniente para algunos. Claro.

No debe extrañarnos por tanto descubrir que la Ley de Transparencia del 2013 y la Ley de Secretos Oficiales de 1968 chocan entre ellas y se da la situación rocambolesca de que la que tiene primacía es la implementada por la Dictadura, tal y como reconoce el articulado de la propia Ley de Transparencia que, por tanto, nunca pretendió serlo. En su artículo 12 dicha Ley cacarea que “todas las personas tienen derecho a acceder a la información pública”, pero dos artículos después el texto detalla montones de excepciones debido a las cuales… ya NO tienen derecho a ello.

Así que en la práctica lo que ocurre en España es lo siguiente. Los materiales más sensibles archivados por el Ejército, los servicios de inteligencia, las cancillerías diplomáticas en el exterior o la cúspide del Gobierno jamás se desclasifican. Da igual que pasen 30, 40, 50, 60, 70 años… los que sean. Siguen siendo secretos y por tanto esos papeles no son habilitados para la consulta pública. De esa forma pasan su vida almacenados en los sótanos de edificios pertenecientes a diversas instituciones hasta que los legajos en cuestión tienen a bien pudrirse y desaparecer al fin para que así nadie pueda meter las narices en ellos.

Existen canales para intentar acceder a dicha documentación. Faltaría más. Pero en general de cara a lograrlo resulta necesario en primer lugar saber que dicha información existe, o al menos intuirlo, y luego elevar una petición expresa para la desclasificación de tal o cual documento a los organismos competentes, algo que en última instancia deja la decisión en manos de los burócratas y políticos de turno. Llegados a ese punto en el mejor de los casos la autorización solo va a llegar en caso de buena voluntad, porque como digo el aparato estatal tiene la potestad de interrumpir sine die la desclasificación de documentos comprometedores. 

Y en el peor de los casos (que es el que se da más frecuentemente) el razonamiento suele ser tal que así: intuyo que tal o cual papel deja mal a una figura señera del partido en el Gobierno, o de nuestros amigos de la oposición, o al abuelo del rey, o al tío de mi jefe, así que no lo desclasifico y punto.  

Debido a todo lo anterior España es un país con un vacío archivístico muy extraño. Y dicho agujero documental, el período del que los historiadores apenas disponen de información o la que disponen es con cuentagotas, mire usted qué casualidad, comienza más o menos en 1936 (parece que la información sobre períodos anteriores da un poco igual, no me explico la razón). Desde entonces hasta la actualidad está prácticamente todo clasificado como materia reservada o confidencial. Casi todo lo importante al menos, pese a que en países normales el grueso de los documentos generados por los Gobiernos del pasado hasta más o menos bien entrados los años 60 es de dominio público desde hace tiempo, incluso cuando hablamos de papeles comprometedores relativos a la participación en golpes de Estado en el extranjero y otra serie de cuestiones no muy decorosas.  

Pero aquí no. Por eso, si uno se fija, la mayor parte de obras historiográficamente relevantes que se han publicado en las últimas décadas sobre la Guerra Civil española o el Franquismo al final resulta que tienen como fuentes las entrevistas orales a antiguos combatientes, documentos desclasificados por archivos rusos después de 1991, documentos desclasificados por los Servicios secretos británicos o estadounidenses, documentación de archivos alemanes, o bien bibliografía escrita por historiadores alemanes e hispanistas ingleses. Es todo muy extraño porque documentación en español, consultada en España, y que aporte algo nuevo o diferente, hay bastante menos de la que debería haber por analogía con otros casos. Esto explica en parte además la relativa insignificancia de los historiadores españoles tanto en su propio país como fuera de él en comparación con las “bombas” que de vez en cuando desvelan sus colegas alemanes, ingleses o franceses. En España los investigadores especializados en Historia contemporánea en el fondo a lo más que pueden aspirar es a discutir sobre la fallida industrialización en el s. XIX, realizar biografías por encargo o debatir sin fin una y otra vez los mismos temas sobre la Guerra Civil, para más humillación basándose sobre todo en lo que van publicando autores extranjeros. Es lo que hay. Las revelaciones importantes las hacen periodistas de vez en cuando y a través de entrevistas directas y contactos personales. Los historiadores del mundo "actual" (es decir los dedicados a fechas alejadas solo algunas décadas del presente), condenados por su dependencia del papel, en España cuentan poco y aportan menos.

La Historia reciente de España según el relato oficial.
No es de extrañar. A este ritmo todo lo relativo a las decisiones adoptadas tomadas por el Franquismo en sus años duros, las charlas en los Consejos de Ministros durante los momentos clave en que se decidieron condenas a muerte o represiones de huelgas, la documentación referida a la peculiar Restauración de la familia Borbón a la cabeza del Estado, así como todo lo relacionado con las simpáticas decisiones clave tomadas en aquel paraíso de bondad y progresismo que fue la “Transición”, jamás saldrán a la luz pública. Es muy simple, como he intentado explicar a diferencia de otros países más normales en España no hay un plazo claramente definido cumplido el cual se abre la posibilidad de consultar una información determinada. Para el caso la archivada por los servicios secretos en los momentos previos al 23 de Febrero de 1981, por decir una fecha totalmente al azar. 

Según la legislación actual dentro de cien años dicha documentación, en caso de continuar existiendo, podrá seguir siendo hurtada del escrutinio público por los altos poderes del Estado, los cuales hasta el día de hoy han mantenido al respecto de estos temas de forma sistemática una política de absoluto secretismo independientemente del partido en el poder. A fin de cuentas el peculiar ordenamiento legal que blinda el Régimen de la Transición así lo respalda. ¿Pero si todo lo que rodeó la instauración del mismo fue tan glorioso y limpio como cuentan nuestros actuales manuales de historia, por qué esa obstinación en proteger del escrutinio de los profesionales de la historia gran parte de lo ocurrido entre bambalinas en aquellos momentos?

Siendo malpensados uno puede relacionar el celo con preservar al menos los secretos del Régimen Franquista con el Partido Popular, pero por ejemplo en octubre de 2010 el gobierno socialista de Zapatero blindó aún más todos los informes en posesión del Ministerio de Exteriores. Así en general. No se puede consultar prácticamente NADA de lo sucedido en una cancillería española en el exterior en los últimos ochenta años. Nada de lo relevante, claro, las facturas del catering y esas cosas sí. Faltaría más. Que somos un país libre. 

Resumiendo, en España no solo no hay un plazo definido a partir del cual se tiene derecho a consultar documentos clave en poder del Gobierno sobre múltiples cuestiones relevantes en el pasado de este país, sino que ni siquiera existe un órgano independiente para decidir qué se puede desclasificar y qué no. Es el poder político el que guarda celosamente dicha prerrogativa entre sus manos. 

Uno puede esperar que pasen estas cosas en Venezuela. Pero dentro de la supuestamente moderna y liberal UE lo cuentas y suena como raro.

Por si fuera poco a lo anterior se suman otros problemas. En España, debido al peculiar sistema de taifas que subyace bajo el "modelo autonómico", la documentación se encuentra atomizada, repartida en una confusa maraña de depósitos dependientes a su vez de diversos organismos y administraciones. Y luego hay excepciones que no suponen un alivio. Porque existen conjuntos documentales en manos de instituciones privadas que se reservan la potestad de autorizar la consulta de la documentación en sus manos solo a personas afines a su ideología. Un caso sangrante es el de la Fundación Francisco Franco, entidad que recibe cuantiosas subvenciones estatales (en suma, procedentes del dinero de todos) con la finalidad de pagar el mantenimiento los materiales que alberga, pero que solo autoriza la consulta de forma discrecional a historiadores de un determinado perfil ideológico.

¿Os imagináis que en Alemania parte de los documentos redactados por Adolf Hitler estuviesen en manos de sus descendientes y admiradores y estos a su vez tuviesen el derecho de elegir qué tipo de personas pueden leerlos? Quizás se sostendría aún la idea de que fue un señor muy amable con tendencias ecologistas. ¿O que en EE.UU. ningún documento relativo a sus servicios de inteligencia pudiese consultarse… nunca? Bueno, pues esto último es lo que ocurre en España con la documentación del CNI. Y así con muchos otros temas. Desde las actuaciones de la Brigada Político-Social o los datos concretos sobre el número de represaliados durante los años 40 que fueron utilizados por empresas en trabajos forzados, hasta las posibles presiones y contactos mantenidos por el Gobierno en torno al acceso a la OTAN, la documentación de los Consejos de Ministros o de la embajada en Marruecos durante los años de confrontación por el control del Sáhara occidental, así como las conversaciones con el Gobierno francés en torno a ETA… Todo eso y muchas otras cosas son oficialmente secretas sin fecha prevista para que dejen de serlo. Quizás se pueda consultar un día algún documento al respecto, si es que nadie lo ha quemado o tirado antes (algo que, por supuesto, en España no tiene prácticamente consecuencias judiciales por lo que podemos suponer que es práctica corriente en según qué organismos) pero la posible publicación solo se producirá si alguien de algún Gobierno del futuro tiene a bien dar el visto bueno, aunque en este momento estamos muy ocupados y no tenemos tiempo de analizar esa petición. Vuelva usted mañana. Su tabaco. Gracias.

Todo muy normal. ¿Verdad?   

Asimismo las partidas presupuestarias dedicadas a sufragar la clasificación de dicha documentación, o para pagar el trabajo de los archiveros encargados de gestionarla y controlar el acceso a la poca que puede ser consultada, son siempre muy exiguas. Por lo cual los tiempos de espera resultan larguísimos, el extravío de documentos en el proceso y otros problemas similares son muy abundantes, y en definitiva la suma de factores, aunque sea de forma inintencionada y chapucera, reafirma aún más el carácter casi inviolable de los secretos del Estado español. Quién lo diría. En investigación no somos tan buenos.

Esto además contribuye a generar una cultura de opacidad y descuido respecto a la conservación de la información relevante de cara a una eventual desclasificación futura (que en el aparato de la administración nadie desea ni a nadie importa). Lo preocupante es que además esa cultura se ha extendido a muchas otras instituciones españolas. Desde las antiguas empresas que formaron parte del INI hasta las Cajas de Ahorros pasando por las Universidades públicas, las cuales apenas guardan o publican información relativa por ejemplo a los procesos electorales internos o los antiguos concursos “públicos” para contratar docentes. Algo que, a su vez, favorece el clima de corrupción imperante en tales organismos.

Recuerdo cuando hace años vi por primera vez esa magnífica película que es La vida de los otros. No me cabe duda de que en su momento el guionista y director quería hablar sin segundas intenciones del totalitarismo y, más en concreto, de las miserias del comunismo en la Alemania del Este. Con el tiempo sin embargo no se me escapa que, por pura casualidad, dicha película sirve también para hablar de muchas de las cosas que vinieron después de la caída de dichos regímenes. A fin de cuentas nosotros vivimos en un mundo que en determinados aspectos no se diferencia tanto de aquel como cree la mayor parte de la gente. Los Gobiernos de las democracias liberales del presente también nos bombardean con propaganda, también nos manipulan, también espían de forma masiva a sus ciudadanos. De hecho ya ni siquiera se esfuerzan en negarlo. Solo que todo eso que he mencionado lo hacen de formas mucho más complejas, elegantes y menos invasivas o violentas que las empleadas en el pasado por los rudos regímenes totalitarios. Al final es una cuestión de tecnología, buenas relaciones públicas, supermercados bien abastecidos, Twitter, videoconsolas y teléfonos móviles de diseño a precios accesibles lo que puede marcar la diferencia. Parece que casi todo el mundo tiene un precio y los sistemas liberales capitalistas pueden pagarlo. 

   Tal es así que el nuestro es un mundo mucho más opulento pero también más injusto, menos violento, pero más hipócrita, abarrotado de información y sin embargo no mucho más transparente. Llegado un determinado momento histórico casi todos los habitantes de los antiguos regímenes comunistas sabían perfectamente que su Gobierno estaba completamente corrupto y que, entre otras muchas cosas, se dedicaba a espiarlos y a mentir y ocultar la información por sistema. Los historiadores comunistas jugaban su papel en aquella mala obra de teatro. Sus análisis resultaban tanto más acendrados cuanto más se alejaban de su propia realidad. El materialismo histórico solo parecía servir para analizar sociedades no comunistas porque a fin de cuentas no había nada que analizar en la sociedad propia, dechado de virtudes como supuestamente era.

Hoy en día en cambio dentro de nuestro paraíso todo va bien. Y sin embargo podría argumentarse que los niveles de espionaje, manipulación, propaganda y secretismo en el seno de nuestras sociedades “abiertas” no tienen casi nada que envidiar a los sostenidos por regímenes represivos del pasado. De hecho los mecanismos de control social actuales son más peligrosos en tanto que se encuentran en un estadio de evolución mucho más avanzado. Y los historiadores como siempre, en este caso no por miedo sino por conveniencia, siguen mirando para otro lado mientras aseguran hacer lo contrario. Pero lo más preocupante de todo es que en el mundo en el que vivimos la manipulación y el secuestro de la información por parte del poder ha alcanzado mecanismos tan sofisticados que nos resulta imperceptible, incluso lucrativa en algunos casos y, por tanto, aceptable.

No obstante no voy a pontificar mucho más. Para el que no lo vea así, o no esté interesado en problemáticas de escala tan enorme, hoy me he centrado en una cuestión muy concreta y particular que se da en España y se refiere a la falta de transparencia del Gobierno español a la hora de desclasificar información sobre el pasado reciente. Es un tema poco conocido, aparentemente inocuo, que en realidad representa una rareza (una más) legada por una dictadura y en consecuencia algo totalmente anormal, si bien no parece que muchos españoles sean conscientes de ello. Esa rareza, pese a que inicialmente solo afecta a unos oscuros historiadores, a la larga extiende sus consecuencias a toda la sociedad al dificultar el acceso a la información no solo sobre la actualidad (lo cual en determinados casos posee lógica y ocurre en todos los países) sino también sobre el pasado reciente (algo menos habitual y menos justificable en aras de la "seguridad nacional"). Un tipo de información, esta última, imprescindible para iluminar y hacer públicos aspectos importantes de nuestro modelo social desde hace décadas los cuales bien analizados pueden servir para explicar las causas profundas de los problemas del presente. 

Por lo que sea a la mayor parte de la población española esta cuestión no le preocupa en demasía, pese a lo cual yo confío en que algún día se impondrá la lógica. No obstante, hasta que eso ocurra, al volver a casa después de cada paseo campestre nos tocará palparnos en busca de molestas garrapatas que puedan haberse adherido de forma inadvertida a zonas recónditas del cuerpo. 

Con el tiempo hasta le coges el gusto.